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viernes, 11 de julio de 2014

Jóvenes, ¿qué van a hacer con su vida?

“Para que los que viven no vivan ya para sí, sino para el que murió por ellos.” (2 CORINTIOS 5:15.)

‘¡GRACIAS! ¡Les debo la vida!’ Eso han dicho a sus rescatadores personas a quienes se ha salvado de un incendio, o de ahogarse. E igualmente se han expresado respecto a sus padres los jóvenes cristianos que aprecian a sus progenitores. Al hacer esto, no se han referido simplemente a la vida física que han recibido de sus padres, sino en especial al cuidado y la instrucción amorosos que han puesto a los jóvenes en vías de recibir “la cosa prometida que él mismo nos prometió: la vida eterna”. (1 Juan 2:25.)

Fue el amor lo que impulsó a Jehová Dios a dar a cada uno de nosotros la oportunidad de adquirir la vida, “la vida que realmente lo es”. “Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio propiciatorio por nuestros pecados.” (1 Timoteo 6:19; 1 Juan 4:10.) ¡Pensemos, además, en el amor que mostró su Hijo Jesús al someterse a una muerte dolorosa para que podamos obtener la vida eterna! (Juan 15:13.) A la luz de lo que hemos considerado, joven lector, ¿qué harás con tu vida?

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Agosto de 1987

A los jóvenes frecuentemente les hacen esta pregunta —en una forma u otra— los consejeros escolares u otras personas que se interesan en su futuro. ¿Qué determinará la respuesta que tú des? ¿La determinará sencillamente tu preferencia personal? ¿Será el factor decisivo el consejo de los que desean que alcances un puesto seguro en el mundo seglar, o habrá factores superiores que regirán lo que hagas con tu vida?

El recordatorio inspirado dice: “Murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí, sino para el que murió por ellos y fue levantado”. (2 Corintios 5:15.) Sí, ¡qué bueno es que usemos la vida de modo que refleje gratitud por lo que Jesucristo y su Padre celestial han hecho por nosotros!

Modelos populares

Sin embargo, ¿quiénes son las figuras más populares de hoy, adoptadas por lo general como modelo por los jóvenes? ¿No son los ricos y famosos del mundo, sin importar las normas morales que sigan? Cuando miras en las habitaciones de muchos jóvenes, ¿de quiénes son los cuadros que ves en las paredes? Con frecuencia son fotografías de músicos, estrellas del cine y atletas. Lo común es que los jóvenes sueñen con alcanzar algún día un éxito mundano como el de esas personas, o quizás casarse con alguien que se parezca físicamente a ellas. ¿Qué hay de ti? ¿Qué quieres de la vida?

Si lograras el éxito mundano de las celebridades que admiras, ¿serías realmente feliz, y quedarías satisfecho? Una de las actrices más prósperas de Hollywood dijo: “Yo sé lo que es la riqueza y tener todas las cosas materiales. No significan nada. Por cada piscina que hay aquí se puede contar un siquiatra, sin mencionar los divorcios y a los hijos que odian a sus padres”. (Eclesiastés 5:10; 1 Timoteo 6:10.)

Una estudiante que fue atleta sobresaliente —ganadora de la división femenina de una importante carrera de diez kilómetros en Nueva York en 1981— se sumió en una desilusión tan grande que intentó suicidarse. “En los últimos meses he aprendido muchas verdades acerca de la vida —escribió después—. Una es que no se llega al contentamiento verdadero por los métodos que muchísimas personas siguen para alcanzar la perfección y el éxito. No me dio contentamiento el tener las calificaciones más altas como estudiante, ni el haber sido campeona del estado como corredora, ni el poseer una figura atractiva.”

Sí, la gente debe aprender que el contentamiento verdadero viene solo de tener una relación personal con Dios, el único que puede suministrar paz y felicidad verdaderas. (Salmo 23:1, 6; 16:11.)

Está claro que no debe ser tu deseo imitar a los que simplemente luchan por adquirir prominencia y riquezas. Hasta los escritores seglares señalan que el éxito mundano no trae verdadera satisfacción. El columnista Bill Reel escribió: “Te gradúas de la universidad soñando con el futuro. Aunque duela decirlo, la mayoría de tus aspiraciones terminarán en nada.

No quiero desanimarte, pero mejor es que oigas la verdad: Cuando adquieras las posesiones que tanto deseas —si las adquieres—, y cuando logres los éxitos que buscas —si los logras—, no te satisfarán. En vez de eso, precisamente cuando esperes deleitarte con el triunfo te sentirás vacío, no satisfecho; deprimido, no gozoso; agitado, no tranquilo”. (New York Daily News, 26 de mayo de 1983.)

Pero para los que nos mantenemos al tanto del significado de los sucesos mundiales a la luz de la profecía bíblica hay razones mucho más apremiantes para no poner en primer lugar en la vida una carrera mundana. (Mateo 24:3-14.) Pudiéramos compararnos con una persona que ve en un edificio el rótulo: “Advertencia: Esta compañía pronto se retirará de los negocios”. ¿Buscaríamos empleo allí? ¡Por supuesto que no! Y si ya trabajáramos para tal compañía, lo sabio sería que estuviéramos buscando empleo en otro lugar.

Pues bien, por todas partes se nota en las instituciones de este mundo el rótulo que dice: “Pronto fuera de actividad... ¡El fin se acerca!”. Sí, la Biblia nos asegura que “el mundo va pasando”. (1 Juan 2:17.) Por eso, lo sabio es no adoptar como modelos a los que están muy envueltos en él.

El consejo que debemos seguir
Entre las influencias que moldean tu vida suelen estar, no solo personas a quienes estimas, sino también parientes y amigos que quizás digan que ‘te desean lo mejor’. ‘Tienes que ganarte la vida’, puede que te digan. Por eso, tal vez te aconsejen que adquieras una educación universitaria que te prepare para una profesión bien pagada.

Puede que te digan que ‘Lucas, uno de los escritores de la Biblia, era médico, y el apóstol Pablo fue instruido por Gamaliel, un maestro de la Ley’. (Colosenses 4:14; Hechos 5:34; 22:3.) Sin embargo, examina cuidadosamente ese consejo.

El médico Lucas nunca estimuló a los cristianos a seguir el ejemplo de su carrera anterior y hacerse médicos; más bien, Lucas presentó para imitación la vida de Jesús y Sus apóstoles. Evidentemente Lucas había llegado a ser médico antes de adquirir conocimiento acerca de Cristo, pero después puso en primer lugar en la vida el ministerio cristiano.

Algo similar sucedió en el caso de Pablo. En vez de estimular a otros a imitarlo a él como él había imitado a Gamaliel, Pablo escribió: “Háganse imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo”. Pablo estimó tanto el conocimiento de Cristo que dijo que, en comparación con esto, consideraba “como un montón de basura” las cosas que antes buscaba. (1 Corintios 11:1; Filipenses 3:8.)

Recuerda: Llevadas por los sentimientos, hasta personas que te aman pudieran darte mal consejo. Por ejemplo, cuando Jesús mencionó lo que le esperaba durante su ministerio en Jerusalén, el apóstol Pedro respondió: “Sé bondadoso contigo mismo, Señor; tú absolutamente no tendrás este destino”. Pedro amaba a Jesús y no quería que sufriera. Pero Jesús reprendió a Pedro, porque comprendía que para cumplir la voluntad de Dios tenía que sufrir y morir por obra de los opositores. (Mateo 16:21-23.)

Así, puede que tus padres o amigos te aconsejen contra un proceder de abnegación. Por sentimientos mal guiados, quizás vacilen en cuanto a animarte a aceptar una asignación en el ministerio de precursor de tiempo completo, o para servir como misionero, o efectuar trabajo de voluntario en una sucursal de los testigos de Jehová.

Puede que digan: ‘¿No sería mejor que te casaras y vivieras cerca de nosotros?’, o: ‘Mira, en Betel el trabajo es fuerte. Quizás sería mejor que te quedaras aquí con nosotros’. En otras palabras, como Pedro lo expresó: “Sé bondadoso contigo mismo”.

A veces hasta los siervos de Jehová tienen que reajustar su modo de pensar. Pedro tuvo que hacer eso, y, reajustado ya su punto de vista, escribió: “De hecho, ustedes fueron llamados a este curso, porque hasta Cristo sufrió por ustedes, dejándoles dechado para que sigan sus pasos con sumo cuidado y atención”. (1 Pedro 2:21.)

El vivir una vida verdaderamente cristiana implica abnegación, sí, hasta sufrimiento. No es un proceder fácil, pero es el curso al que se nos ha llamado como cristianos. El aceptarlo implica ‘no vivir ya para nosotros mismos, sino para aquel que murió por nosotros’. (2 Corintios 5:15.) El seguir guiándonos por buenos modelos de conducta nos ayudará a utilizar la vida de esta manera abnegada.

Modelos que queremos tener presentes
El modelo que particularmente debes tener presente es el que suministró Jesús. Puesto que era perfecto, él pudo haber sido el más grande atleta, músico, médico o abogado que el mundo jamás conociera. Pero enfocó su atención en agradar a su Padre celestial, hasta cuando era jovencito. (Lucas 2:42-49.) Después, dijo: “Tengo que declarar las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado”. (Lucas 4:43.)

Es verdad que no es fácil predicar de casa en casa. Exige estudio diligente el entender las buenas nuevas del Reino, y mucho trabajo el preparar presentaciones significativas. Además, este servicio requiere valor, puesto que a la mayoría de los amos de casa no les interesa el mensaje, y algunos hasta se oponen a él.

Sin embargo, el ministerio de casa en casa de ustedes los jóvenes tiene un efecto maravilloso. ¡De seguro ustedes los jóvenes que aceptan a Cristo como modelo merecen encomio! Más de 12.000 jóvenes de 25 años y menos participan en la obra de precursor en los Estados Unidos, y otras decenas de miles son precursores en otros países. (Salmo 110:3.) ¡Pueden estar seguros de que no pudieran estar efectuando un trabajo más importante que ese!

Puesto que las personas a quienes admiras tendrán gran influencia en lo que hagas con tu vida, cultiva admiración también por el modelo que suministró el joven Timoteo. Como hombre joven, Timoteo, quien había nacido poco antes de la muerte de Jesús, dejó a su familia y se unió al apóstol Pablo en el segundo viaje misional de este. Unos meses después una chusma hizo que Pablo y Silas huyeran de Tesalónica, pero no antes de que hubieran hecho algunos discípulos. (Hechos 16:1-3; 17:1-10, 13-15.)

Poco después, Pablo envió a Timoteo a aquel peligroso territorio para consolar a aquellos discípulos en sus pruebas. (1 Tesalonicenses 3:1-3.) Es posible que para entonces Timoteo todavía estuviera en la adolescencia, puesto que de 12 a 14 años después Pablo todavía hablaba de la “juventud” de Timoteo. (1 Timoteo 4:12.) ¿No admiras tú a un joven valeroso y abnegado como ese?

Cinco años después de la asignación de Timoteo para fortalecer a los hermanos de Tesalónica, Pablo escribió a los corintios desde Éfeso: “Háganse imitadores de mí. Por eso les envío a Timoteo, [...] y él les recordará mis métodos relacionados con Cristo Jesús, así como yo estoy enseñando en todas partes en toda congregación”. (1 Corintios 4:16, 17.)

El joven Timoteo, que ya había trabajado por cinco años con Pablo, estaba bien familiarizado con los métodos de enseñanza de Pablo. Sabía cómo Pablo había presentado el mensaje a los efesios, incluso que les había enseñado “públicamente y de casa en casa”. (Hechos 20:20, 21.) Puesto que había recibido buen entrenamiento en aquellos métodos de predicar, ¡qué excelente ayuda podía ser Timoteo para las congregaciones!

Pasan otros cinco o seis años, y Pablo está en prisión en Roma. Timoteo, él mismo recientemente puesto en libertad de la prisión, está con él. (Hebreos 13:23.) Imagínate la escena: Posiblemente utilizando a Timoteo como secretario, Pablo dicta una carta a los filipenses.

Expresándose deliberadamente, Pablo dice: “Espero en el Señor Jesús enviarles dentro de poco a Timoteo [...] Porque no tengo a ningún otro de disposición como la de él, que genuinamente cuide de las cosas que tienen que ver con ustedes [...] Ustedes saben la prueba que él dio de sí mismo, que, cual hijo con su padre, sirvió como esclavo conmigo en el adelanto de las buenas nuevas”. (Filipenses 1:1; 2:19-22.)

¡No hay duda de que el joven Timoteo es un ejemplo admirable! Fue un compañero confiable y fiel de Pablo, uno que se adhirió a él en toda clase de circunstancias, que lo apoyó en su obra de predicar y estuvo dispuesto a servir dondequiera que se le envió. Sacrificó lo que pudiera llamarse una vida normal en su casa o país, pero ¡qué contentamiento y satisfacción puso en su vida el servicio de Dios! Ciertamente Timoteo ‘ya no vivía para sí mismo, sino para Cristo, quien había muerto para él’. (2 Corintios 5:15.) ¿Te sientes impulsado a imitar su ejemplo?

Vive para el nuevo mundo de Dios
En realidad, Timoteo vivía para el nuevo mundo de Dios. No pensaba simplemente en vivir la vida del momento, sino en usar la vida con el fin de producir beneficios duraderos. (Mateo 6:19-21.) Puesto que el padre de Timoteo era griego, y aparentemente no era creyente, puede que haya instado a Timoteo a conseguir una educación superior y una carrera mundana.

Pero como resultado de la instrucción piadosa de su madre y su abuela, Timoteo vivió envuelto en las actividades de la congregación cristiana. Los intereses de su vida eran espirituales, aparentemente permaneció soltero por lo menos por algún tiempo, y calificó para servir con el apóstol Pablo. (2 Timoteo 1:5.)

¿Qué hay de ti? ¿Usarás tu juventud como lo hizo Timoteo? El folleto La escuela y los testigos de Jehová se refería a un derrotero de vida como ese cuando explicó lo siguiente sobre los jóvenes que son Testigos: “Su meta principal en la vida es servir eficazmente como ministros de Dios, y aprecian la educación escolar como algo que contribuye a ese fin.

Por eso, por lo general escogen cursos que les presentan oportunidades de ganarse el sustento en el mundo moderno. Así, muchos de ellos quizá tomen cursos vocacionales o asistan a una escuela de artes y oficios. Lo que desean hacer, una vez que terminan sus estudios escolares, es obtener trabajo que les permita concentrarse en su vocación principal, el ministerio cristiano”.

Para ustedes los que realmente aprecian lo que Jehová y Su hijo han hecho por ustedes, no debe ser difícil contestar la pregunta: “¿Qué haré con mi vida?”. En vez de vivir para ti mismo y para el placer personal, usarás tu vida para hacer la voluntad de Dios. Vivirás, como lo hizo Timoteo, como persona de mentalidad espiritual.


Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Agosto de 1987. Para ampliar el tema lea "Testimonio cabal del reino de Dios". También disponible en audio libro. Ambos editados por los testigos de Jehová.

jueves, 10 de julio de 2014

Las oraciones requieren obras

“Jehová está muy lejos de los inicuos, pero oye la oración de los justos.” (PROVERBIOS 15:29.)

TODOS los requisitos de Jehová son sabios, justos y amorosos. De ninguna manera son gravosos. (1 Juan 5:3.) Eso incluye sus requisitos acerca de la oración, uno de los cuales es que nuestra vida debe armonizar con nuestras oraciones. Nuestro derrotero en la vida debe agradar a Jehová Dios. De otro modo, ¿cómo podemos esperar que considere con favor nuestras peticiones y súplicas?

La mayoría de las personas de la cristiandad pasan por alto este aspecto de la oración, tal como lo pasaban por alto los israelitas apóstatas de los días de Isaías. Por eso Jehová, por su profeta, se representó diciendo: “Aunque hagan muchas oraciones, no escucho [...] Lávense; límpiense; quiten la maldad de sus tratos de enfrente de mis ojos; cesen de hacer lo malo. Aprendan a hacer lo bueno”. (Isaías 1:15-17.)

Sí, si aquellos israelitas deseaban el favor de Dios, tenían que actuar de manera que le agradaran. Como bien se ha dicho: “Si quieres que Dios te oiga cuando oras, tienes que oírlo a Él cuando habla”.

De hecho, vez tras vez Jehová Dios tuvo que recordar estas verdades a su pueblo Israel. Por eso leemos: “El que está apartando su oído de oír la ley... hasta su oración es cosa detestable” a Dios. “Jehová está muy lejos de los inicuos, pero oye la oración de los justos.” (Proverbios 28:9; 15:29.) Esta situación hizo que Jeremías se lamentara de este modo: “[Jehová,] has obstruido el acceso a ti mismo con una masa de nubes, para que no pase la oración”. (Lamentaciones 3:44.)

En verdad se cumplió la advertencia que Miqueas hizo por inspiración: “Clamarán a Jehová por socorro, pero él no les responderá. Y él ocultará de ellos su rostro en aquel tiempo, según como cometieron maldad en sus tratos”. (Miqueas 3:4; Proverbios 1:28-32.)

Como se ve, es necesario que vivamos en armonía con nuestras oraciones. ¿Es esencial dar énfasis a ese hecho hoy? Sí; no solo por la situación que existe en la cristiandad, sino también por la situación en que se encuentran algunos del pueblo dedicado de Jehová. El año pasado, de los más de 3.000.000 de publicadores de las buenas nuevas, más de 37.000 fueron expulsados de la congregación por conducta impropia para un cristiano. Eso quiere decir casi uno de cada 80.

Probablemente la mayoría de estas personas oraban, por lo menos a veces. Pero ¿estaban actuando en armonía con sus oraciones? ¡De ninguna manera! Hasta algunos ancianos que habían estado en el servicio de tiempo completo por decenios estuvieron entre los que fueron disciplinados de un modo u otro. ¡Qué lamentable! En verdad, “el que piensa que está de pie, cuide para que no caiga”, para que no actúe de tal manera que sus oraciones se hagan inaceptables a su Hacedor. (1 Corintios 10:12.)

Por qué requieren obras las oraciones
Para que Jehová Dios oiga nuestras oraciones, no solo tenemos que estar limpios moral y espiritualmente, sino también probar la sinceridad de nuestras oraciones trabajando en lo que pedimos en oración. La oración sola no puede tomar el lugar del esfuerzo honrado e inteligente. Jehová no va a hacer para nosotros lo que podemos hacer nosotros mismos al aplicar sinceramente el consejo de su Palabra y seguir la guía de su espíritu santo.

A este respecto, debemos estar dispuestos a hacer cuanto podamos para que él tenga base para contestar nuestras oraciones. Así, pues, ‘lo que pidamos no debe ser mayor de aquello por lo que estemos dispuestos a trabajar’, como bien se ha dicho.

Sin embargo, puede que se haga la pregunta: ‘¿Para qué orar si tenemos que trabajar en lo que pedimos?’. Por lo menos hay dos buenas razones para ello. Primero, por nuestras oraciones reconocemos que todas las cosas buenas vienen de Dios. Él es el Dador de toda dádiva buena y perfecta: la luz solar, la lluvia, las estaciones fructíferas, ¡y muchas cosas más! (Mateo 5:45; Hechos 14:16, 17; Santiago 1:17.)

En segundo lugar, el que nuestros esfuerzos tengan éxito, o no, depende de la bendición de Jehová. Como leemos en Salmo 127:1: “A menos que Jehová mismo edifique la casa, de nada vale que sus edificadores hayan trabajado duro en ella. A menos que Jehová mismo guarde la ciudad, de nada vale que el guarda se haya quedado despierto”. Las palabras del apóstol Pablo en 1 Corintios 3:6, 7 comunican la misma idea: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios siguió haciéndolo crecer; de modo que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que lo hace crecer”.

Ejemplos de la antigüedad
Las Escrituras informan muchos casos que nos muestran que los siervos fieles de Jehová trabajaban en lo que pedían en oración. Consideremos unos cuantos ejemplos representativos. Debido a que Jacob, el nieto de Abrahán, obtuvo la bendición de primogénito, su hermano mayor, Esaú, llegó a odiarlo de muerte. (Génesis 27:41.)

Unos 20 años después, cuando Jacob —con una casa numerosa y mucho ganado— regresaba desde Padán-aram hacia la tierra donde había nacido, oyó que Esaú venía a su encuentro. Jacob, recordando la animosidad de Esaú, oró fervorosamente a Jehová pidiéndole protección de la ira de su hermano. Pero ¿fue eso todo lo que hizo? De ninguna manera. Envió regalos generosos delante de sí, razonando: “Quizás lo aplaque mediante el regalo que va delante de mí”. Y así sucedió, pues cuando los dos hermanos se encontraron Esaú abrazó y besó a Jacob. (Génesis, capítulos 32, 33.)

David suministró otro ejemplo de trabajar en lo que pedimos en oración. Cuando su hijo Absalón usurpó la corona, Ahitofel, consejero de David, se puso de parte de Absalón. Por eso, David suplicó seria e intensamente que quedara frustrado el consejo de Ahitofel. ¿Fue orar lo único que David hizo? No; dio a su leal consejero Husai instrucciones de que se uniera a Absalón y frustrara el consejo de Ahitofel. Y eso fue lo que al fin sucedió. Absalón aceptó el mal consejo que le dio Husai, y rechazó el consejo de Ahitofel. (2 Samuel 15:31-37; 17:1-14; 18:6-8.)

Otro ejemplo que pudiera mencionarse como guía para nosotros es el de Nehemías. Él tenía que realizar un gran proyecto: reedificar los muros de Jerusalén. Sin embargo, muchos enemigos conspiraban contra él. Nehemías oró y trabajó, como leemos: “Oramos a nuestro Dios y mantuvimos una guardia apostada contra ellos día y noche”. Desde aquel tiempo en adelante la mitad de los jóvenes de Nehemías estuvieron listos para proteger a la otra mitad, los que construían el muro. (Nehemías 4:9, 16.)

El ejemplo de Jesús
Jesucristo nos da un excelente ejemplo de trabajar por lo que pedimos en oración. Nos enseñó a orar: “Santificado sea tu nombre”. (Mateo 6:9.) Pero Jesús también hizo todo cuanto pudo para que sus oyentes santificaran el nombre de su Padre. Además, Jesús no se limitó simplemente a orar: “Padre, glorifica tu nombre”. (Juan 12:28.) No; hizo cuanto pudo para glorificar el nombre de su Padre y conseguir que otros hicieran lo mismo. (Lucas 5:23-26; 17:12-15; Juan 17:4.)

Al ver la gran necesidad espiritual que padecía la gente, Jesús dijo a sus discípulos: “La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Por lo tanto, rueguen al Amo de la mies [Jehová Dios] que envíe obreros a su siega”. (Mateo 9:37, 38.) ¿Fue eso todo lo que Jesús hizo? ¡De ninguna manera! Inmediatamente después de eso envió a sus 12 apóstoles para que, en pares, efectuaran un recorrido de predicación, o “siega”. Más tarde, Jesús envió a los 70 evangelizadores a hacer la misma obra. (Mateo 10:1-10; Lucas 10:1-9.)

Aplicación del principio
De todo esto se desprende que Jehová Dios espera que seamos consecuentes, que actuemos en armonía con nuestras oraciones y probemos así nuestra sinceridad. Jesús nos dijo que oráramos: “Danos hoy nuestro pan para este día”. (Mateo 6:11.) Correctamente, pues, todos sus seguidores hacen esa petición a Dios.

Pero ¿esperamos que nuestro Padre celestial conteste esa oración sin que hagamos algo en cuanto a ello? Por supuesto que no. Por eso leemos: “El perezoso se muestra deseoso [quizás hasta por orar], pero su alma nada tiene”. (Proverbios 13:4.) El apóstol Pablo comunicó la misma idea en 2 Tesalonicenses 3:10, así: “Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma”.

Nuestra oración por el pan del día debe estar acompañada por disposición para trabajar. Un dato interesante es el dicho sabio de Pablo de que los que no ‘quieran trabajar’ no deberían comer. Algunos que quieren trabajar quizás estén desempleados, enfermos o demasiado envejecidos para trabajar. Desean trabajar, pero las circunstancias no se lo permiten. Por eso, correctamente pueden orar por su pan diario y esperar que lo recibirán.

Jesús también nos aconsejó que pidiéramos a su Padre celestial Su espíritu santo. Como Jesús nos asegura, Dios está más dispuesto a darnos el espíritu santo de lo que los padres terrestres están dispuestos a dar cosas buenas a sus hijos. (Lucas 11:13.) Pero ¿podemos esperar que Jehová Dios nos imparta su espíritu santo milagrosamente, sin esfuerzo alguno por nosotros? ¡De ninguna manera! Tenemos que hacer todo cuanto podamos para recibir espíritu santo.

Además de pedirlo en oración, es necesario que nos alimentemos diligentemente de la Palabra de Dios. ¿Por qué? Porque Jehová Dios no da su espíritu santo aparte de su Palabra, y no podemos esperar que recibiremos espíritu santo si pasamos por alto al conducto terrestre que Jehová usa hoy, “el esclavo fiel y discreto”, representado por el Cuerpo Gobernante de los Testigos de Jehová. Sin la ayuda de este “esclavo”, ni podríamos entender plenamente lo que leemos ni saber cómo aplicar lo que aprendemos. (Mateo 24:45-47.)

El principio de que las oraciones requieren obras aplica también a estas palabras del discípulo Santiago, medio hermano de Jesús: “Si alguno de ustedes tiene deficiencia en cuanto a sabiduría, que siga pidiéndole a Dios, porque él da generosamente a todos, y sin echar en cara; y le será dada”. (Santiago 1:5; Mateo 13:55.)

Pero ¿nos imparte Dios esta sabiduría por algún milagro? No. En primer lugar, tenemos que tener la actitud correcta, como leemos: “Enseñará a los mansos Su camino”. (Salmo 25:9.) ¿Y cómo enseña Dios “a los mansos”? Mediante su Palabra.

De nuevo, tenemos que esforzarnos por entenderla y ponerla en práctica, como se indica en Proverbios 2:1-6: “Hijo mío, si recibes mis dichos y atesoras contigo mis propios mandamientos, de modo que con tu oído prestes atención a la sabiduría, para que inclines tu corazón al discernimiento; si, además, clamas por el entendimiento mismo y das tu voz por el discernimiento mismo, si sigues buscando esto como a la plata, [...] en tal caso entenderás el temor de Jehová, y hallarás el mismísimo conocimiento de Dios. Porque Jehová mismo da la sabiduría”.

Cuando el rey Salomón oró por sabiduría y Dios contestó milagrosamente su oración, ¿le aplicó a él también el principio de que las oraciones requieren obras? Sí, le aplicó, porque se requería que Salomón, como rey de Israel, hiciera su propia copia escrita de la Ley, leyera de ella diariamente y la pusiera en práctica en su vida.

Pero cuando Salomón obró en oposición a sus instrucciones, como al adquirir muchas esposas y gran cantidad de caballos, sus obras dejaron de armonizar con sus oraciones. Esto resultó en que Salomón se hiciera apóstata y muriera como un “insensato” de ese tipo. (Salmo 14:1; Deuteronomio 17:16-20; 1 Reyes 10:26; 11:3, 4, 11.)

El principio de que las obras deben acompañar a las oraciones aplica también cuando le pedimos a Dios que nos ayude a vencer algún hábito bien arraigado y egoísta. Así, una hermana precursora confesó que era adicta a las telenovelas, pues las veía desde las 11.00 de la mañana hasta las 3.30 de la tarde cada día.

Cuando, por un discurso de una asamblea de distrito, aprendió lo dañinos que son estos programas inmorales, oró a Dios sobre este asunto. Pero le tomó bastante tiempo vencer este hábito. ¿Por qué? Porque, como dijo: ‘Oraba para vencer el hábito y después, de todas maneras, veía los programas. De modo que decidí quedarme en el servicio del campo todo el día para no tener la tentación.

Por fin llegué al punto de poder apagar la TV por la mañana y mantenerla apagada todo el día’. Sí, además de orar para vencer su debilidad, tuvo que trabajar en vencerla.

La oración y nuestro testificar
En ninguna otra actividad es más cierto el principio de que las oraciones requieren obras que en la predicación del Reino. Así, pues, los testigos de Jehová no solo oran para que haya más trabajadores en la siega, sino que también se aplican a efectuar ese trabajo. Como resultado de eso, han visto aumentos fenomenales en un país tras otro.

Note un solo ejemplo: En 1930 había un solo testigo de Jehová predicando en Chile. Hoy, aquel único Testigo ha llegado a ser, no solo mil, sino unos 30.000. (Isaías 60:22.) ¿Fue esto simplemente el resultado de las oraciones? No; también hubo trabajo implicado en ello. Sí, ¡tan solo en 1986 los testigos de Jehová chilenos dedicaron más de 6.492.000 horas a predicar!

Lo mismo sucede cuando se proscribe la predicación. Los Testigos no solo oran por aumento, sino que continúan predicando clandestinamente. Por lo tanto, a pesar de la oposición de las autoridades, en esos países sigue alcanzándose aumento. Así, ¡en 33 países donde los testigos de Jehová se enfrentan a tal oposición oficial, durante el año de servicio de 1986 dedicaron más de 32.600.000 horas a su obra de predicar, y se regocijaron con un aumento de 4,6%!

Por supuesto, el principio de que las oraciones requieren obras también tiene aplicación individual. Quizás oremos a Jehová pidiéndole que nos ayude a conseguir un estudio bíblico en algún hogar, pero puede que no estemos haciendo todo cuanto podamos para obtenerlo.

Eso fue lo que sucedió en el caso de cierta precursora. Tenía un solo estudio bíblico, y oró para tener más. ¿Fue eso todo lo que hizo? No; examinó cuidadosamente su ministerio y se dio cuenta de que en sus revisitas no estaba mencionándole a la gente el asunto de tener un estudio bíblico en el hogar. Cuando sí hizo esto, pronto obtuvo otros dos estudios bíblicos.

Pudieran darse muchos ejemplos más en prueba de que las oraciones requieren obras. Pudieran ser ejemplos sobre las relaciones personales dentro de la familia o dentro de la congregación. Pero deben bastar los ejemplos ya presentados aquí para que quede claro que las oraciones sí requieren obras.

Esto es muy lógico, porque no podemos esperar que Jehová Dios considere con favor nuestras peticiones si lo ofendemos por nuestra misma conducta. De esto también se desprende que debemos hacer cuanto podamos en armonía con nuestras oraciones si queremos que Jehová haga para nosotros lo que no podemos hacer nosotros mismos. En verdad los principios de Jehová son sabios y justos. Son lógicos, y el que obremos en armonía con ellos es para nuestro propio beneficio.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Julio de 1987. Para complementar el tema lea "Ven sé mi seguidor". También disponible en audio libro. Ambos editados por los testigos de Jehová.

miércoles, 9 de julio de 2014

¿Cuán significativas son sus oraciones?

“He llamado con todo mi corazón. Respóndeme, oh Jehová.” (SALMO 119:145.)

¿QUÉ clase de oraciones oye el Creador, Jehová Dios? Una parábola dada por Jesucristo indica una de las condiciones básicas para que Dios conteste las oraciones. Jesús dijo que dos hombres estaban orando en el templo de Jerusalén.

Uno era un fariseo muy respetado; el otro, un despreciado recaudador de impuestos. El fariseo oró: “Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, ni siquiera como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana, doy el décimo de todas las cosas que adquiero”. Pero el humilde recaudador de impuestos “se golpeaba el pecho, y decía: ‘Oh Dios, sé benévolo para conmigo, que soy pecador’”. (Lucas 18:9-13.)

Este fue el comentario de Jesús sobre las dos oraciones: “Les digo: Este hombre [el recaudador de impuestos] bajó a su casa probado más justo que aquél [el fariseo]; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado”. (Lucas 18:14.) Está claro que Jesús mostró que no basta con simplemente orar a nuestro Padre celestial. También es importante cómo oramos:

Nuestra actitud mental.
Ciertamente la oración es un privilegio precioso, de peso, serio, y todos los cristianos bien informados están familiarizados con las reglas fundamentales que rigen ese privilegio. Las oraciones deben dirigirse al único Dios verdadero, Jehová. Deben hacerse en el nombre de su Hijo, Jesucristo. Para ser aceptables, tienen que ofrecerse con fe. Sí, “el que se acerca a Dios tiene que creer que él existe”.

Además, el que ora debe armonizar sus oraciones con la voluntad de Dios. (Hebreos 11:6; Salmo 65:2; Mateo 17:20; Juan 14:6, 14; 1 Juan 5:14.) Y de los ejemplos bíblicos aprendemos que las oraciones pueden tomar la forma de alabanza, acción de gracias, petición y súplica. (Lucas 10:21; Efesios 5:20; Filipenses 4:6; Hebreos 5:7.)

Ejemplos de oraciones significativas
Cuando nos encaramos con problemas graves o tenemos que tomar decisiones serias o hemos cometido errores crasos o estamos bajo amenaza de muerte, nuestras oraciones se hacen especialmente serias e intensas, y cobran significado. Porque los israelitas se rebelaron después de oír el informe negativo de los diez espías que manifestaron falta de fe, Jehová dijo a Moisés que merecían ser destruidos.

Moisés, en una oración seria y significativa, suplicó a Jehová que no llevara a cabo aquel acto, porque Su nombre estaba implicado en la situación. (Números 14:11-19.) Cuando Israel fue derrotado en Hai debido a la avaricia de Acán, Josué también hizo una súplica muy apasionada sobre la base del nombre de Jehová. (Josué 7:6-9.)

Muchos de los salmos de David están en la forma de oraciones serias e intensas, de las cuales el Salmo 51 es un ejemplo sobresaliente. La oración del rey Ezequías cuando el rey asirio Senaquerib invadió a Judá es otro excelente ejemplo de una oración significativa, y, de nuevo, el nombre de Jehová estuvo envuelto en la situación. (Isaías 37:14-20.)

Pudiera decirse que el libro de Lamentaciones es una larga y seria oración de Jeremías a favor de su pueblo, porque allí se habla vez tras vez a Jehová. (Lamentaciones 1:20; 2:20; 3:40-45, 55-66; 5:1-22.) Esdras y Daniel también hicieron oraciones significativas y serias a favor de su pueblo, confesando los malos hechos de su nación y suplicando perdón. (Esdras 9:5-15; Daniel 9:4-19.) Y podemos estar seguros de que la oración que Jonás hizo mientras estaba en el vientre del enorme pez fue seria y significativa. (Jonás 2:1-9.)

Antes de escoger a los 12 apóstoles, Jesús pasó toda la noche en oración para que se hiciera la voluntad de su Padre cuando escogiera. (Lucas 6:12-16.) Recuerde, también, la oración significativa de Jesús la noche que fue traicionado, registrada en el capítulo 17 de Juan. Todas estas oraciones dan testimonio elocuente de la excelente relación de que disfrutaban con Jehová Dios los que las hicieron.

Sin duda, este debe ser un factor fundamental en nuestras oraciones para que sean significativas. Y tienen que ser serias y significativas para que sean ‘poderosas’ según el punto de vista de Jehová Dios. (Santiago 5:16, La Biblia al Día.)

Fallas por la imperfección humana
Como se ha indicado, en medio de condiciones de tensión hay la probabilidad de que nuestras oraciones sean especialmente serias y significativas. Pero ¿qué hay de nuestras oraciones cotidianas? ¿Dan evidencia de la afectuosa y estrecha relación que creemos que existe entre nuestro Padre celestial, Jehová Dios, y nosotros? Bien se ha dicho: “Nuestra oración tiene que significar algo para nosotros si ha de significar algo para Dios”. ¿Meditamos como es debido en lo que expresamos en nuestras oraciones, y nos aseguramos de que en verdad procedan de nuestro corazón figurativo?

A estos respectos, es fácil dejar que nuestras oraciones degeneren. Debido a que por herencia nos inclinamos hacia la imperfección, el corazón puede engañarnos fácilmente y privar a nuestras oraciones de las cualidades que deben poseer. (Jeremías 17:9.) A menos que, en la mayoría de los casos, pensemos detenidamente antes de orar, puede que nuestras oraciones tiendan a hacerse mecánicas, estereotipadas, rutinarias.

O pudieran hacerse repeticiosas, lo cual nos recuerda lo que Jesús dijo sobre lo impropio de la ‘manera de orar de la gente de las naciones’. (Mateo 6:7, 8.) O puede ser que nuestras oraciones solo traten de generalidades más bien que de asuntos o personas específicos.

Puede que a veces tendamos a apresurarnos al orar. Pero merece considerarse esta observación: “Si usted está demasiado ocupado para orar, tiene demasiadas ocupaciones”. No deberíamos procurar aprendernos de memoria ciertas palabras y simplemente repetirlas cada vez que oramos; tampoco debería ser necesario que un testigo de Jehová leyera su oración; por ejemplo, en una asamblea pública.

No hay duda de que todos estos escollos surgen, por lo menos en parte, debido a que no podemos ver físicamente a Jehová Dios, la Persona a quien oramos. Sin embargo, no podemos esperar que él se complazca en tales oraciones, y el hacerlas no nos beneficia.

Cómo vencer las fallas

Estaremos protegidos de los escollos ya mencionados al grado que comprendamos y apreciemos la importancia de nuestras oraciones cotidianas y nos mantengamos en buena relación con nuestro Padre celestial. Para empezar, esa comprensión y aprecio impedirá que nos apresuremos al orar, como si tuviéramos que pasar a cosas más importantes.

Nada puede ser más importante que hablar con el Soberano Universal, Jehová Dios. Es verdad que puede haber ocasiones en que tengamos poco tiempo. Por ejemplo, cuando el rey Artajerjes preguntó a su copero, Nehemías: “¿Qué es esto que tratas de conseguir?”. Nehemías ‘al instante oró al Dios de los cielos’. (Nehemías 2:4.)

Puesto que el rey esperaba una respuesta inmediata, Nehemías no podía dedicar mucho tiempo a aquella oración. Pero podemos estar seguros de que la oración fue significativa y vino del corazón, porque Jehová la contestó inmediatamente. (Nehemías 2:5, 6.) Sin embargo, excepto por ocasiones raras como esa, debemos dedicar suficiente tiempo a nuestras oraciones, y dejar que las otras cosas esperen. Si tendemos a apresurarnos al orar, entonces no comprendemos de lleno la importancia de la oración.

Otro escollo que quizás tengamos que evitar es el de repetir generalidades. Las oraciones de ese tipo tampoco ensalzan a su debido lugar el precioso privilegio de la oración. En su oración modelo —conocida comúnmente como el padrenuestro—, Jesús nos dio un excelente ejemplo a este respecto. Mencionó siete peticiones diferentes: tres que tenían que ver con el triunfo de la justicia, una con nuestras necesidades físicas diarias, y tres con nuestro bienestar espiritual. (Mateo 6:9-13.)

El apóstol Pablo también nos dio un ejemplo excelente a este respecto. Pidió que otros oraran para que él ‘recibiera capacidad para hablar con denuedo’. (Efesios 6:18-20.) También fue específico en sus propias oraciones a favor de otros. “Esto es lo que continúo orando —dijo Pablo—: que el amor de ustedes abunde todavía más y más con conocimiento exacto y pleno discernimiento; para que se aseguren de las cosas más importantes, para que estén exentos de defectos y no estén haciendo tropezar a otros hasta el día de Cristo, y estén llenos de fruto justo, que es mediante Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.” (Filipenses 1:9-11.)

Sí, debemos orar sobre cosas específicas, y esto exige que pensemos detenidamente en lo que decimos al orar. (Compárese con Proverbios 15:28.) Mientras estamos en el ministerio del campo, pudiéramos pedirle a Dios, no solo su bendición sobre nuestros esfuerzos, sino también sabiduría, prudencia, generosidad, franqueza de expresión, o ayuda respecto a toda debilidad que estorbe nuestra eficacia al testificar.

Además, ¿no pudiéramos pedirle que nos guíe hacia los que tienen hambre y sed de justicia? Precisamente antes de pronunciar un discurso público o presentar alguna parte en una Reunión de Servicio o en la Escuela del Ministerio Teocrático, podemos suplicarle a Jehová una abundancia de su espíritu santo. ¿Para qué? Para manifestar confianza y equilibrio, hablar con sinceridad y convicción, honrar el nombre de Dios y edificar a nuestros hermanos. Todas esas oraciones nos conducen también a la condición mental apropiada al hablar.

¿Tenemos una debilidad carnal que guerree contra nuestra espiritualidad y parezca difícil de vencer? Nuestro deseo debería ser tratar específicamente con ella en nuestras oraciones. Y, lejos de desanimarnos, jamás deberíamos cansarnos de pedirle a Dios, humilde y sinceramente, que nos ayude y nos perdone. Sí, en medio de esas circunstancias deberíamos querer acudir a Jehová como un niño acude a su padre cuando se halla en alguna dificultad, sin importar cuán frecuentemente oremos a Dios sobre la misma debilidad.

Si somos sinceros, Jehová nos ayudará y nos hará comprender que nos ha perdonado. En tales circunstancias, también podemos consolarnos con la confesión del apóstol Pablo de que él tenía un problema. (Romanos 7:21-25.)

Ayudas para ofrecer oraciones significativas
Para que nuestras oraciones realmente sean significativas tenemos que esforzarnos por despedir de la mente todo lo ajeno, y concentrarnos en que estamos presentándonos ante el Gran Dios, Jehová. Tenemos que acercarnos a él con profundo respeto, con comprensión de su impresionante grandeza. Como Jehová dijo a Moisés, ningún hombre puede ver a Dios y, sin embargo, vivir. (Éxodo 33:20.)

Por eso, tenemos que acercarnos a Jehová con la debida humildad y modestia, un punto que Jesús enfatizó en su parábola del fariseo y el recaudador de impuestos. (Miqueas 6:8; Lucas 18:9-14.) Jehová tiene que ser muy real para nosotros. Tenemos que tener la misma actitud mental que tuvo Moisés. “Continuó constante como si viera a Aquel que es invisible.” (Hebreos 11:27.) Esas cualidades dan testimonio de que estamos en buena relación con nuestro Padre celestial.

Nuestras oraciones también serán significativas si acudimos a Jehová con el corazón lleno de amor y afecto para él. Por ejemplo, ¡cuánto aprecio y amor a Jehová Dios expresó el salmista David en los Salmos 23 y 103! No hay duda de la excelente relación que existía entre David y su Gran Pastor, Jehová Dios.

En la Escuela del Ministerio Teocrático se nos aconseja que hablemos con calor de amistad y sentimiento. Especialmente deberíamos mostrar estas cualidades al leer textos bíblicos, y más aún cuando oramos a nuestro Padre celestial. Sí, deseamos pensar como pensó David cuando oró: “Hazme conocer tus propios caminos, oh Jehová; enséñame tus propias sendas. Hazme andar en tu verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios de salvación”. Estas palabras de otro salmista también nos indican cómo debemos pensar: “He llamado con todo mi corazón. Respóndeme, oh Jehová”. (Salmo 25:4, 5; 119:145.)

Para que nuestras oraciones sigan siendo significativas, y para no hacerlas repeticiosas, haríamos bien en no expresar siempre los mismos pensamientos. El texto bíblico del día o alguna publicación cristiana que hayamos estado leyendo pudieran darnos alguna idea. El tema del artículo de estudio de La Atalaya, o del discurso público o de la asamblea de circuito o de distrito a la que estemos asistiendo podría ser útil con este fin.

Como ayuda para prepararnos emocional y mentalmente para la oración de modo que nuestras oraciones sean más significativas, es bueno cambiar de posición física. Naturalmente, en el caso de las oraciones públicas inclinamos la cabeza. Pero para oraciones de índole más personal algunos han considerado propio el arrodillarse ante Jehová al orar como individuos o como familia, porque les parece que esa postura hace que tengan una actitud mental de humildad.

En Salmo 95:6 se nos exhorta: “Oh, entren, adoremos e inclinémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor”. Salomón se arrodilló al orar en la dedicación del templo de Jehová, y Daniel acostumbraba arrodillarse al orar. (2 Crónicas 6:13; Daniel 6:10.)

En vista de la importancia de la oración, los ancianos nombrados deben ejercer buen juicio al escoger a los que hacen una oración pública a favor de la congregación. El hombre bautizado que represente a la congregación debe ser un ministro cristiano maduro. Su oración debería revelar que se halla en excelente relación con Dios.

Y los que tienen el privilegio de hacer tales oraciones deben considerar que es necesario que se les oiga, porque no oran solo por sí mismos, sino también por la congregación entera. De otro modo, ¿cómo puede el resto de la congregación decir “Amén” al fin de la oración? (1 Corintios 14:16.)

Por supuesto, para que el resto de las personas puedan decir un “Amén” significativo tienen que escuchar atentamente, sin dejar que sus pensamientos vaguen, realmente haciendo suya la oración que se ofrece. Otro punto que pudiera vigilarse es que, puesto que tales oraciones se ofrecen a Jehová Dios, no deben usarse como pretexto para predicar a los que escuchan ni para presentar ideas puramente personales.

Cuando las oraciones que hacemos en voz alta son verdaderamente significativas, imparten una bendición a los oyentes. Por eso, sería bueno que los matrimonios y las familias hicieran por lo menos una oración juntos cada día. En esta ocasión una sola persona —quizás el cabeza de la familia— hablaría por la otra persona o por los demás.

Otro asunto merece nuestra atención para que en verdad nuestras oraciones sean significativas. Es el hecho de que tenemos que ser consecuentes respecto a nuestras oraciones; lo que significa ¿qué? Que vivamos en armonía con nuestras oraciones y trabajemos en lo que pedimos en oración.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Julio de 1987. Para complementar el tema lea "Manténganse en el amor de Dios". También disponible en audio libro. Ambos editados por los testigos de Jehová.