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martes, 26 de agosto de 2014

Mateo proclama: ¡Ha venido el Mesías!

¿Cuales fueron los acontecimientos más importantes que jamás hayan tenido lugar en la historia de la humanidad? Sin la más leve sombra de duda, éstos fueron el nacimiento, el ministerio, la muerte, la resurrección y la ascensión al cielo de Jesucristo, el hijo de Dios.

Fiel al principio divino de que ‘por boca de dos o tres testigos todo asunto tiene que ser establecido,’ Jehová Dios se encargó de que se registraran cuatro relatos acerca de la vida de Jesucristo para probar la veracidad de estos acontecimientos. (Deuteronomio 17:6; 2 Corintios 13:1) Las cuatro personas que Él utilizó para esto fueron Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Se ha comentado correctamente que cada uno de estos cuatro escritores tiene su propio tema al escribir, su propio propósito, refleja su propia personalidad y tiene en mente a sus lectores inmediatos.

Se sabe poco acerca de Mateo, el primero de los escritores. Sin embargo, podemos llegar a la conclusión de que fue un hombre modesto, porque solamente en su relato se menciona que él había sido un despreciado recaudador de impuestos. (Mateo 9:9) ¡Y con razón se despreciaba a los recaudadores de impuestos! ¡En primer lugar, ellos representaban el yugo romano donde más dolía, en el bolsillo!

Aún más, eran notorios por abusar de sus privilegios hasta el grado de ser concusionarios. Las palabras del recaudador de impuestos, Zaqueo, indican esto. Después que Jesús había venido al hogar de Zaqueo, éste cambió su disposición de corazón, pues dijo: “Todo cuanto le arranqué a persona alguna por acusación falsa le devuelvo el cuádruplo.” (Lucas 19:8) Pero parece que puede haber poca duda en cuanto a la honradez de Mateo como agente de rentas públicas; si no Jesús no le hubiese invitado enseguida a dejar su trabajo para que fuera Su seguidor.

Desde el tiempo de la desobediencia de Adán en el Edén, Jehová Dios había predicho, por medio de una frase enigmática, la venida del Mesías, llamándolo la “descendencia” de la mujer. Ya en el tiempo del rey David, se llamó al que habría de venir, el “ungido” de Dios. El profeta Daniel, en particular, predijo la venida del Mesías. (Génesis 3:15; 22:17, 18; Salmo 2:2; Daniel 9:24-27) Que el Mesías por tanto tiempo esperado por fin hubiese venido verdaderamente fue una noticia tan emocionante que Mateo no perdió tiempo en proclamarla por medio de su Evangelio. De acuerdo con los mejores datos disponibles, parece que él bien pudo haber escrito su relato en fecha tan temprana como para el 41 E.C.

Características del evangelio
Se puede ver muy claramente que Mateo se proponía que el relato de su Evangelio sirviera como un puente entre los acontecimientos registrados en las Escrituras Hebreas y aquellos que tienen que ver con la vida del Mesías. Según el testimonio de historiadores de la iglesia primitiva, Mateo primero escribió su Evangelio en hebreo y más tarde hizo una copia en griego. En apoyo de este punto de vista está el hecho de que todas sus citas de las Escrituras más antiguas no son citas tomadas de la Versión de los Setenta en griego, como hacen a menudo los otros escritores de los Evangelios, sino del texto hebreo.

En armonía con su tema, a saber, que Jesucristo verdaderamente era el Mesías prometido, Mateo, en más ocasiones que los demás escritores, muestra cómo la vida y las obras de Jesús cumplieron la profecía bíblica. (Compare Mateo 8:16, 17 con Marcos 1:34 y Lucas 4:40.) Además, Mateo dio más énfasis que cualquiera de los otros escritores de los Evangelios al tema del “reino de los cielos,” razón por la cual se ha llamado a su Evangelio el “Evangelio del Reino.”—Mateo 4:17; 5:3; 11:12; 22:2.

Por su escrito se puede ver claramente que Mateo había sido un recaudador de impuestos. En primer lugar, él apreciaba intensamente la gran bondad inmerecida que se le confirió como recaudador de impuestos que llegó a ser un apóstol del Mesías. Así hallamos que él es el único que registra el que Jesús diera énfasis al hecho de que se requiere misericordia y no simplemente sacrificios. Es interesante ver que solamente Mateo nos brinda las consoladoras palabras de Jesús que comienzan con la invitación: “Vengan a mí, todos los que se afanan y están cargados, y yo los refrescaré.”—Mateo 9:9-13; 11:28-30; 12:7; 18:21-35.
El que Mateo haya sido un recaudador de impuestos también se hace patente por la atención que da a las cifras. Él es el único que nos dice que Judas traicionó a Jesús por 30 piezas de plata. (Mateo 26:15) Además, en los pasajes donde otros escritores mencionan solamente una cosa o ponen las cosas en singular, Mateo es más específico y menciona dos cosas o las pone en plural. (Compare Mateo 4:3; 8:28; 20:29, 30 con Marcos 5:2; 10:46, 47; Lucas 4:3; 8:27; 18:35-38.) De hecho, parece que Mateo era aficionado a los números. Por eso en el capítulo seis encontramos que él alista siete peticiones en la Oración Modelo (comparado con las cinco que menciona Lucas), siete parábolas en el capítulo 13, y en el capítulo 23, siete ayes que Jesucristo pronunció contra el clero judío de su día. Y Mateo desglosa la genealogía de Jesús en tres grupos de 14 nombres cada uno.—Mateo 1:1-17.

Los rasgos distintivos del Evangelio de Mateo también se hacen patentes cuando notamos como su relato complementa el de Lucas. Pero esto es de esperar si tomamos en consideración que el modo de pensar de un recaudador de impuestos es diferente al de un médico. Tampoco podemos pasar por alto el papel que desempeñó en este asunto el espíritu santo. Además, Mateo estaba escribiendo para convencer a los judíos fieles de que Jesús era el Mesías por tanto tiempo esperado, mientras que Lucas presenta a Jesús como el Salvador de toda la humanidad.

Por eso, al registrar la genealogía de Jesús, Mateo se remonta solamente hasta Abrahán a través de la línea de David, mientras que Lucas al registrarla se remonta hasta ‘Adán el hijo de Dios.’ (Mateo 1:1-16; Lucas 3:23-38) Evidentemente Mateo traza el linaje legal de Jesús por medio de Su padrastro José, mientras que Lucas la traza por medio del linaje natural de Su madre María. Mateo registra que un ángel se apareció a José, el padrastro de Jesús. Lucas nos relata que el ángel Gabriel se apareció a María, la madre de Jesús. Igualmente, Mateo nos habla de astrólogos que vinieron a visitar al niño Jesús, ‘el rey de los judíos,’ y que trajeron regalos costosos, mientras que Lucas nos habla de pastores humildes a quienes se les invitó a ver al Salvador recién nacido.

Mateo presenta al Mesías
Al registrar la vida de Jesús, Mateo no desperdició oportunidad de probar que Jesús en verdad era el Mesías prometido. ¿Cómo lo hizo? Por medio de remitir a las Escrituras Hebreas unas 100 veces para apoyar su tema. Por ejemplo, al dar los detalles sobre el nacimiento de Jesús él recalca que el que Jesús naciera de una virgen judía fue en cumplimiento de la profecía. (Isaías 7:14; Mateo 1:21-23)

Cuando registra la huida de José y su familia para escapar del decreto homicida del rey Herodes, Mateo señala que esto sucedió así para que se cumpliera la escritura que dice: “De Egipto llamé a mi hijo.” (Oseas 11:1; Mateo 2:14, 15) La aflicción que sobrevino a causa de la orden de Herodes de matar, en Belén y sus distritos, a todos los varoncitos que tuvieran dos años de edad o menos, también se había predicho, como lo indica Mateo.—Jeremías 31:15; Mateo 2:16-18.

En los capítulos tres y cuatro Mateo presenta al precursor de Jesús, Juan el Bautizante, nos habla de cuando él bautizó a Jesús y de cómo Dios mismo hizo reconocimiento de que Jesús es Su Hijo. Entonces sigue la tentación triple a la que se sometió a Jesús en el desierto y el comienzo del ministerio de Jesús de predicar “el reino de los cielos se ha acercado,” a la vez que ejecuta muchos milagros de curación. Se muestra que la predicación de Jesús es otro cumplimiento de la profecía.—Isaías 9:1, 2; Mateo 4:13-17.

Aparte de lo que escribió en los últimos 10 capítulos, Mateo hace muy pocos esfuerzos por presentar los asuntos en orden cronológico. Puesto que el Sermón del Monte de Jesús contiene enseñanza tan sobresaliente, Mateo lo presenta inmediatamente después de informar acerca del comienzo del ministerio de Jesús, aunque en realidad éste fue pronunciado aproximadamente un año más tarde.

No hay duda de que éste es el sermón más sobresaliente que jamás se haya pronunciado, y Mateo es el que nos presenta el informe más completo de él. Este comienza con nueve ‘felicidades’ verdaderamente consoladoras para todos los amantes de la verdad y la justicia. De paso, sírvase notar que éstas son “felicidades,” y no “bienaventuranzas,” razón por la cual muchas traducciones modernas tales como la Nueva Biblia Española y la Versión Popular usan “dichosos” en lugar de “bienaventurados,” y el Nuevo Testamento de la Versión Popular usa “felices” tal como lo hace la Traducción del Nuevo Mundo.

El Sermón del Monte también contiene la Regla Áurea. En armonía con su tema, Mateo declara que Jesús no había venido para destruir la ley de Moisés sino para cumplirla y que en realidad la Regla Áurea es la síntesis de la Ley y los profetas.—Mateo 5:17; 7:12.


Parece que Mateo estaba especialmente impresionado por la enseñanza de Jesús. En comparación con los otros Evangelios, no solo es más extenso su relato del Sermón del Monte, sino que también lo son su informe respecto a la ocasión cuando Jesús envió a Sus 12 apóstoles (capítulo 10), su relato de las siete parábolas tocante al Reino (capítulo 13) y el registro del consejo que Jesús dio sobre lo necesario de mostrar misericordia, de estar dispuesto a perdonar “setenta y siete veces.”—Capítulo 18.

En los capítulos 8, 9, 11, 12 y 14-17, Mateo nos informa principalmente acerca de los muchos milagros que Jesucristo ejecutó, tales como el haber alimentado a 5.000 personas en una ocasión y a “cuatro mil varones, además de mujeres y niñitos en otra ocasión.” Estos capítulos también contienen las censuras de Jesús contra los caudillos religiosos judíos quienes eran inicuos voluntariosos, hipócritas, y que habían cometido el pecado imperdonable.

Además, en estos capítulos encontramos la confesión de Pedro “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” y la descripción de la transfiguración, en la cual Jehová Dios nuevamente dio testimonio de que Jesucristo en realidad es Su Hijo.—Mateo 16:16; 17:1-9.

Los días finales del ministerio de Jesús
Al considerar ahora los acontecimientos finales del ministerio de Jesús, hallamos que Mateo ha escrito las cosas en el orden en que sucedieron. La mayor parte de las cosas que Mateo había registrado previamente sucedieron en Galilea, pero ahora toca brevemente lo que tiene que ver con el ministerio posterior de Jesús en Perea.

Los opositores religiosos ponen a prueba a Jesús respecto al tema del divorcio, con la esperanza de confundirlo. Pero en lugar de eso, quedan desconcertados debido a la sabiduría y el conocimiento superior de las Escrituras que Jesús posee: La única razón válida para el divorcio es “la fornicación.” Un gobernante joven y rico muy pagado de sí mismo viene a Jesús y le pregunta qué tiene que hacer para obtener vida eterna, pero se retira con mucho menos estimación de su propia benignidad, ya que para él su riqueza era más importante que la vida eterna. El espíritu de competencia divide a los apóstoles, lo que hace que Jesús tenga que recordarles que él ‘no vino para que se le sirviera, sino para ministrar y para dar su alma en rescate en cambio por muchos.’—Mateo 19:1–20:34.

Durante la última semana de la vida de Jesús como hombre en la Tierra, cambia la escena a Betania y Jerusalén, y leemos de su entrada triunfal en esta última ciudad. Después de este acontecimiento Jesús va al templo y lo limpia por medio de expulsar a todos los estafadores religiosos. Luego, pronuncia una parábola acerca de los cultivadores que asesinaron a cierto heredero de una viña y así les hace saber a sus enemigos que él sabe lo que ellos tienen en mente.—Mateo 21:1-46.

Aunque en repetidas ocasiones han sido derrotados en discusiones previas con Jesús, los opositores religiosos tratan nuevamente de ponerlo en aprietos por medio de hacerle preguntas engañosas acerca de pagar el impopular impuesto romano, de la resurrección y sobre cuál es el más grande mandamiento. Él los silencia por medio de darles respuestas sabias basadas en las Escrituras. Entonces, Jesús aconseja a sus discípulos sobre la necesidad de ser humildes. También dirige censuras punzantes a sus opositores religiosos hipócritas, y pronuncia siete ayes. A causa de la oposición de ellos su casa se les dejaría abandonada.—Mateo 22:1–23:39.

Los comentarios que hicieron algunos de sus apóstoles en cuanto al esplendor del templo de Herodes proveen a Jesús la oportunidad de pronunciar su gran profecía concerniente al fin del sistema de cosas judío, y en cuanto a su regreso, su parusía, palabras que han tenido un cumplimiento sorprendente, especialmente desde 1914. Después, Jesús pronuncia tres parábolas que han tenido cumplimiento en nuestro día, la parábola de las vírgenes sabias y las necias, la de los talentos y la de las cabras y las ovejas.—Mateo 24:1–25:46.

Mateo es el único de los testigos oculares que procede a darnos la descripción de cómo Jesús instituyó la Cena del Señor en conmemoración de su muerte. Mateo prosigue y nos relata la experiencia de Jesús en Getsemaní, el arresto, el que Pedro lo negara, el juicio de Cristo, la vacilación de Pilato y el que éste se lavara las manos, y entonces, el que Jesús fuera fijado en el madero como rey de los judíos en medio de dos criminales en la colina conocida como el Calvario.—Mateo 26:1-75.

Cuando Jesús fue arrestado todos sus apóstoles huyeron, y ciertamente se sintieron muy desalentados de espíritu a causa del giro que tomaron los acontecimientos. Pero no por mucho tiempo. Al tercer día se enteran acerca de la resurrección de Jesús de entre los muertos. Después, sin lugar a duda poco antes de su ascensión al cielo, ellos se reúnen con Jesús en Galilea, donde él les da la comisión de despedida: “Por lo tanto vayan y hagan discípulos de gente de todas las naciones, bautizándolos . . . Y, ¡miren! estoy con ustedes todos los días hasta la conclusión del sistema de cosas.”—Mateo 28:19, 20.

Es indiscutible, Mateo prueba la veracidad de su tema, que Jesús de Nazaret ciertamente es el Mesías, el Hijo de Dios. Mateo hace esto por medio de señalar a las muchas profecías que Jesús cumplió, a los milagros que Jesús ejecutó y a las verdades que Jesús enseñó. Indudablemente Mateo tenía una mente aguda y apreciativa, avivada por el espíritu santo de Dios. Puesto que el espíritu de Dios lo dirigió y le recordó las cosas que Jehová Dios deseaba que se registraran, él pudo escribir un registro extenso y poderoso sobre la vida de Jesús.

¡Cuán agradecidos podemos estar a JehováQue realmente lleguemos nosotros a familiarizarnos con el relato de modo que podamos vivir conforme a los principios que Jesús estableció y también dar a conocer a otros, en toda oportunidad que tengamos, las “buenas nuevas” Dios que, para registrar un relato del ministerio de Jesús tan fortalecedor de la fe, haya inspirado a un siervo suyo y seguidor de su Hijo que fuera tan humilde, honrado y desinteresado!

Que realmente lleguemos nosotros a familiarizarnos con el relato de modo que podamos vivir conforme a los principios que Jesús estableció y también dar a conocer a otros, en toda oportunidad que tengamos, las “buenas nuevas”
de que el Mesías que había sido prometido por tanto tiempo ha venido al tiempo señalado de Dios en cumplimiento de muchas profecías que se registraron en las Escrituras Hebreas.—Mateo 24:14.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Mayo de 1982. Lea el interesante artículo ¿Qué hará el reino por usted?. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

lunes, 25 de agosto de 2014

Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos.

Albert Einstein


“Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Él le dijo: “‘Tienes que amar a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a él, es este: ‘Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo’. De estos dos mandamientos pende toda la Ley, y los Profetas”.

Mateo 22: 36 al 40

viernes, 22 de agosto de 2014

El Reino ¿es una realidad para usted?

“Mi reino no es parte de este mundo. Si mi reino fuera parte de este mundo, mis servidores habrían peleado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero, como es el caso, mi reino no es de esta fuente.”—Juan 18:36.

HACE más de 2.600 años Isaías, con vista profética, dijo lo siguiente respecto al asunto de gobierno y reino:

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; y el gobierno principesco vendrá a estar sobre su hombro. Y por nombre se le llamará Maravilloso Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. De la abundancia del gobierno principesco y de la paz no habrá fin, sobre el trono de David y sobre su reino a fin de establecerlo firmemente y sustentarlo por medio del derecho y por medio de la justicia, desde ahora en adelante y hasta tiempo indefinido. El mismísimo celo de Jehová de los ejércitos hará esto.” (Isa. 9:6, 7)

Siglos antes de que Isaías escribiera eso, nuestro Padre celestial habló figurativamente de este mismo reino y gobierno y de cómo entraría en acción. Encabezado por la ‘descendencia de Su mujer,’ habría de dar un golpe de muerte al archienemigo del gobierno del Reino.—Gén. 3:15.

El Creador del cielo y la Tierra no dejó que esa promesa original muriera. Años después, Jehová dijo a su amigo Abrahán:

“Ciertamente bendeciré a los que te bendigan, y al que invoque mal sobre ti lo maldeciré, y ciertamente se bendecirán por medio de ti todas las familias del suelo.” (Gén. 12:3)

La bendición para “todas las familias del suelo” se realizaría únicamente por medio del cumplimiento de aquella primera promesa, y Abrahán reconoció esto. Por eso, el apóstol cristiano Pablo informa:

“Por fe [Abrahán] residió como forastero en la tierra de la promesa como en tierra extranjera, y moró en tiendas con Isaac y Jacob, herederos con él de la mismísima promesa. Porque esperaba la ciudad [reino] que tiene fundamentos verdaderos, cuyo edificador y hacedor es Dios.” (Heb. 11:9, 10)

Abrahán estaba tan absorto en su esperanza en el gobierno de ese Reino que actuó como extranjero y como residente forastero, aunque estaba residiendo en la Tierra Prometida.

¿Qué punto de vista adoptamos nosotros personalmente acerca de este mundo? ¿Nos vemos como ‘extranjeros’ y ‘forasteros,’ aunque quizás estemos morando en la tierra de nuestro nacimiento con nuestra propia raza? ¿Nos consideran diferentes de otras personas los de nuestra comunidad? ¿Nos ven como personas separadas de las demás? Si no, ¿cuán fuerte es nuestra fe en el gobierno del Reino? ¿Estamos simplemente ‘entremezclándonos’ con nuestra comunidad, o somos amigos de Dios, como lo fue Abrahán?—Sant. 2:23.

Jehová mantuvo viva aquella esperanza dentro de Abrahán por medio de recordarle mucho más tarde:

“Seguramente te bendeciré y seguramente multiplicaré tu descendencia como las estrellas de los cielos y como los granos de arena que hay en la orilla del mar; y tu descendencia tomará posesión de la puerta de sus enemigos. Y por medio de tu descendencia ciertamente se bendecirán todas las naciones de la tierra debido a que has escuchado mi voz.” (Gén. 22:17, 18)

En realidad, por medio de la misma “descendencia” que se menciona en Génesis 3:15 se bendecirían, no solo algunas, sino todas las naciones de la tierra. Sí, y también lo haría todo individuo de esas naciones, sin importar de qué raza fuera, ni si fuera rico o pobre, con tal que reconociera y confesara la importancia de aquella “descendencia.” En realidad, en conformidad con el resultado de las cosas, “todo el que ejerce fe en él no [será] destruido, sino que [tendrá] vida eterna.” Hay oportunidad para que muchos sean súbditos de ese gobierno, si ejercen fe.—Juan 3:16; Hech. 10:34, 35.

¿Cómo sabemos que Jesucristo fue verdaderamente aquella “descendencia” principal de Abrahán? Con franqueza sorprendente, Pablo dice: “Ahora bien, las promesas se hablaron a Abrahán y a su descendencia. No dice: ‘Y a descendencias,’ como si se tratara de muchos, sino como tratándose de uno solo: ‘Y a tu descendencia,’ que es Cristo.” (Gál. 3:16) Entonces, al escribir a los cristianos efesios, el apóstol señala a cómo Jehová maneja los asuntos respecto a la unificación de los discípulos de Jesús bajo Cristo, la prometida “Descendencia” y Rey, y a poner al resto de la humanidad en la Tierra en armonía con Dios mediante Su Hijo. Pablo escribió:

“Es según su beneplácito que él se propuso en sí mismo para una administración al límite cabal de los tiempos señalados, a saber, de reunir todas las cosas de nuevo en el Cristo, las cosas que están en los cielos y las cosas que están sobre la tierra.”—Efe. 1:8-10.

EL GOBIERNO DEL REINO LLEGA A SER LA CUESTIÓN
Antes de residir temporáneamente en la Tierra, “el Cristo” había actuado como la Palabra, Verbo (o Logos), el vocero de nuestro Padre celestial. (Juan 1:1) De modo que Jesús estaba enterado de las profecías registradas en Génesis 3:15 e Isaías 9:6, 7. Estaba al tanto de las palabras dirigidas a Abrahán. (Gén. 12:3; 22:17, 18) Adicionalmente, estaba consciente del hecho de que él sería el que cumpliría las maravillosas promesas relacionadas con la descendencia prometida y con el gobierno del Reino.

Durante la residencia temporal de Jesús en la Tierra y especialmente los tres años y medio de su ministerio, Jesús llamó atención al papel de rey que desempeñaría. De sus labios se oyeron tales expresiones como “el reino de Dios en medio de ustedes está” y “el reino de Dios se ha acercado.” Por medio de sus muchas ilustraciones y parábolas, Jesús llamó atención a ese reino.—Mat. 13:1-52; Mar. 1:14, 15; Luc. 17:21.

Como la persona designada para ser Rey, Jesús también hizo muchas cosas milagrosas. Por medio del poder del espíritu santo, anduvo sobre el agua. Dio vista a los ciegos y oído a los sordos. Jesús sanó a los enfermos y cojos, y devolvió la vida a los muertos. Si tal hombre estuviera hoy día ante un entrevistador de la televisión, ¡imagínese las preguntas que probablemente le dirigirían! ‘¿Es usted el hombre que anduvo sobre el agua? ¿Cómo pudo usted dar vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos? ¿Cómo es posible eso?’ Bueno, cuando se halló ante el “entrevistador” Poncio Pilato, ¿qué hizo Jesucristo?

Sobresalientemente Jesús hizo del Reino la cuestión de importancia. Por decirlo así, Pilato siguió dócilmente a Cristo en esto al continuar con el tema del gobierno del reino y enfatizarlo. Por supuesto, Pilato no pudo hacer otra cosa, debido a la manera diestra en que Jesús manejó los asuntos en aquellas últimas horas de su vida terrestre. Tomemos nuestras Biblias y dirijámonos al capítulo 18, versículo 33, del Evangelio de Juan.

La primera pregunta que Pilato le dirigió a Jesús fue: “¿Eres tú el rey de los judíos?” De modo que, en la mente del gobernador romano, ya se había fijado el tema. Era precisamente el tema con el cual era necesario proseguir aquel día, porque cuando Pilato había preguntado a los judíos qué acusación presentaban contra Jesús, habían dicho: “A este hombre lo hallamos subvirtiendo a nuestra nación y prohibiendo pagar impuestos a César y diciendo que él mismo es Cristo, un rey.” Fue propio, pues, que Pilato preguntara a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”—Luc. 23:1-3.

Si usted hubiese estado en el lugar de Jesús y se le hubiese hecho la misma pregunta, ¿qué respuesta habría dado? En un esfuerzo por conseguir un juicio más ligero, y así posiblemente evitar una sentencia de muerte, ¿habría usted relatado todo lo que hubiera o no hubiera hecho? Para la mayoría de las personas, ése hubiese sido el modo normal de responder, pero no lo fue para Jesús. Él pudiera haber desviado a Pilato del tema del Reino. Pero el gobierno del Reino realmente era el punto en cuestión. A través de las décadas el Reino siempre ha sido la cuestión, y ahora, con el pueblo de Dios del día moderno, la cuestión todavía es el Reino. Lo fue durante la II Guerra Mundial en la Alemania nazi, la Italia fascista, los Estados Unidos, Australia, Canadá y otras partes de la Tierra.

La cuestión ha sido: ¿Qué gobierno es supremo en la vida de la persona?... ¿el del hombre, o el de Dios? En los últimos tiempos, también, la cuestión sigue siendo la misma, sea en Malawi, China, o en cualquier otro país. El principal punto en cuestión no es uno que tenga que ver con transfusiones de sangre ni con ninguna otra prohibición, sino que siempre la cuestión es al fin: ¿Qué gobierno es esencialmente superior en la vida de la persona?

Jesús no contestó directamente la pregunta que le hizo Pilato, sino que respondió:

“Mi reino no es parte de este mundo. Si mi reino fuera parte de este mundo, mis servidores habrían peleado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero, como es el caso, mi reino no es de esta fuente.”

Note que en su breve respuesta Jesús mencionó el Reino tres veces. Esto hizo que Pilato y todos los que estaban escuchando volvieran al tema del gobierno del Reino, puesto que Pilato entonces dijo: “Bueno, pues, ¿eres tú rey?” (Juan 18:36, 37) La escena ya se había fijado firmemente en aquel escenario dramático, y nadie podría pasar por alto la razón por la cual Cristo se hallaba sometido a juicio. Note la sucesión de acontecimientos. Jesús respondió y dijo:

“Tú mismo dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz.”—Juan 18:37.


A estas alturas Pilato dijo a los líderes religiosos y a la chusma judía: “No hallo ningún crimen en este hombre.” Sin embargo, la muchedumbre insistió y le dijo a Pilato que la enseñanza de Jesús acerca del Reino se había esparcido por toda Judea, empezando desde Galilea. En aquel tiempo Herodes Antipas era tetrarca de Galilea y aspiraba al puesto de rey de los judíos. Según el parecer de Pilato, ¿qué pudiera ser más apropiado que el confrontar a Jesús con Herodes, ya que Herodes estaba en Jerusalén en aquella ocasión?

De modo que envió a Jesús a Herodes, quien le interrogó extensamente con la esperanza de que Jesús ejecutara alguna señal. Pero Jesús, el Rey ungido de Jehová, no tuvo el menor deseo de rebajar su dignidad real simplemente para satisfacer la curiosidad de Herodes. Permaneció callado. Sintiéndose frustrado, Herodes, el aspirante a rey, se burló de la dignidad real de Jesús e hizo que sus soldados vistieran a Jesús con una prenda de vestir regia y lo envió de nuevo a Pilato.—Luc. 23:4-11.

Aunque Pilato se hizo amigo de Herodes desde aquel día, eso no benefició a Herodes de modo alguno. De paso, podemos notar el contraste entre el resultado final del asunto de la dignidad real en el caso de Herodes y el de Jesús. La historia relata que, algunos años después, el ambicioso Herodes, al ser incitado por su adúltera esposa, Herodías, fue a Roma y le pidió dignidad real, el puesto de rey, al emperador Calígula. Pero esto airó a César, quien desterró a Herodes a Galia.

Herodes perdió su puesto y también sus riquezas. Jesús, por su parte, había rehusado dejar que lo hicieran rey terrestre. Se había despojado de todo lo que pudiera haber poseído aquí en la Tierra. (Mat. 8:20; Juan 6:15) Se humilló, haciéndose completamente sumiso a la voluntad de Jehová. Le ocasionó gozo cumplir con aquella voluntad y hacer del reino celestial su meta. “Por el gozo que fue puesto delante de él” aguantó toda la indignidad y el tormento que le pudieron imponer sus enemigos, pues sabía que su integridad hasta la muerte lo capacitaría para la gloriosa dignidad real que le esperaba.—Heb. 12:2; Mat. 25:31.

De nuevo Jesús se halló delante de Pilato. Y de nuevo se destacó la cuestión del Reino, puesto que Pilato preguntó a la chusma judía: “¿Desean que les ponga en libertad al rey de los judíos?” Pero el asunto no terminó allí. Los soldados romanos captaron el tema de que había dignidad real y gobierno como cuestión. En burla, hicieron una corona de espinas y tomaron una prenda de vestir exterior de color púrpura y se las pusieron a Jesús. Lo abofetearon a la vez que lo llamaron rey de los judíos. (Juan 18:39-19:3)

No hay nada que indique que Jesús haya tratado de quitarse aquella corona de espinas. Esta permaneció sobre su cabeza, y eso sirvió para hacer resaltar la cuestión de que se trataba. Nadie había de quedar en dudas. Cuando Pilato sugirió a los judíos que ellos mismos tomaran a Jesús y lo fijaran en un madero, ellos, muy astutamente, pero con falsedad, enfocaron el asunto como una infracción de la autoridad gubernamental de Roma, diciendo: “Si pones en libertad a éste no eres amigo de César. Todo el que se hace rey habla contra César.”—Juan 19:12.

Parecía que Pilato estaba sirviendo para el propósito de Dios en aquel día, como Ciro el persa lo había hecho en el pasado. (Compare con Isaías 45:1-7.) Luego Pilato empezó a llevar los asuntos a su culminación al decir: “¡Miren! ¡Su rey!” Ante eso, los judíos insistieron en que Jesús fuera fijado al madero, por lo cual Pilato preguntó: “¿A su rey fijo en un madero?” ¿Cómo respondieron? “No tenemos más rey que César.” (Juan 19:14, 15) En esencia, estas personas mismas estaban testificando acerca de la cuestión por la cual Cristo estaba a punto de ser muerto, y no fue necesario que Jesús dijera una sola palabra. Por boca de la chusma el asunto se estaba enfatizando muy bien.

Finalmente el énfasis sobre la cuestión del gobierno del Reino resaltó cuando Pilato hizo que en el madero de tormento de Jesús se colocara un título escrito en hebreo, latín y griego. Todos los que estaban presentes allí aquel día podían leerlo y no quedarían en duda en cuanto a por qué había acontecido la ejecución en el madero. Este título decía: “Jesús el nazareno el rey de los judíos.” Cuando los sacerdotes principales de los judíos vieron el título, se indignaron y dijeron a Pilato: “No escribas ‘El rey de los judíos,’ sino que él dijo: ‘Soy rey de los judíos.’” No obstante, Pilato respondió: “Lo que he escrito, he escrito.”—Juan 19:19-22.

Los acontecimientos dramáticos de aquel día penoso deberían hacer muy claro a todos los cristianos en qué asunto debería estar concentrada su vida hoy día. Todo siervo dedicado de Jehová debería hacer un examen para determinar cuán real es el Reino para él o para ella ¿Nos vemos como súbditos futuros de ese gobierno? ¿Qué esfuerzos estamos haciendo como apoyadores del gobierno del Reino? ¿Cuán celosa es nuestra actividad en apoyo de ese gobierno? ¡‘Que el Señor esté con el espíritu que manifestemos’ al apoyar el Reino!—2 Tim. 4:22.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Septiembre de 1981. Los testigos de Jehová lo invitan a la asamblea regional: "Sigamos buscando primero el reino de Dios"

El médico Lucas efectúa la mejor obra

¿QUÉ opina usted sobre los médicos? En el transcurso de la historia la gente ha estimado a los médicos. El concepto que se tenía de los curanderos en las sociedades primitivas era tan elevado como el que se tiene de los médicos en las sociedades modernas. ¿A qué se debe tal aprecio?

Aunque las facultades recuperativas de nuestro cuerpo vencen unas tres cuartas partes de nuestras enfermedades sin necesidad de asistencia médica, médicos concienzudos a menudo inspiran confianza y seguridad, lo cual puede ser de gran ayuda en la recuperación del paciente. Además, los médicos han podido ayudarnos por el conocimiento que tienen de remedios eficaces y técnicas curativas. Por lo tanto, muchas personas admiran a los médicos porque desempeñan una labor excepcionalmente buena.

Pero la Biblia nos habla sobre cierto médico dedicado que cambió de profesión a fin de poder efectuar el bien a un grado todavía mayor. Nos puso el ejemplo de cómo nosotros podemos dedicar nuestra vida a hacer el bien.

Este hombre, Lucas, vivió en el primer siglo E.C. El apóstol cristiano Pablo, llamó a Lucas “el médico amado,” y como veremos, los escritos de Lucas dan testimonio de que él era doctor en medicina. (Colosenses 4:14) No obstante, es de notar que Lucas no se destacó por algún tratamiento que él diera a los enfermos y los lesionados. Más bien, sobresalió por lo que efectuó después de hacerse cristiano.

Aunque Lucas probablemente pudiera haberse quedado en una ciudad y ganar un buen salario como médico, prefirió pasar penalidades acompañando a Pablo en viajes misionales. Y más tarde, Lucas se dedicó a efectuar investigaciones y escribir un Evangelio que relata la vida y el ministerio de Jesús. “Evangelio” significa “buenas nuevas.”

Mediante sus esfuerzos por esparcir las buenas nuevas cristianas, que incluyó el escribir su Evangelio y el libro de Hechos de los Apóstoles, Lucas demostró que el bien que una persona puede lograr con obras cristianas supera hasta lo que un médico experimentado pudiera lograr al proveer alivio temporal de la enfermedad y el sufrimiento. Pudiéramos comprender mejor la buena labor que realizó Lucas si notamos algunos hechos relacionados con Lucas y su relato del Evangelio.

El hombre tras el libro
Algunos han afirmado que Lucas era gentil debido a su nombre griego, su estilo de escribir y el hecho de que en Colosenses 4:10-14 Pablo habla de “los circuncisos” y luego menciona a Lucas. No obstante, eso es meramente una interpretación que contradice lo que indica Romanos 3:1, 2. Allí leemos que Dios encomendó sus sagradas declaraciones formales a ‘los judíos.’ Así, puede que Lucas haya sido un judío de habla griega con un nombre griego.

La manera de escribir de Lucas confirma que él era una persona culta. Escribió en griego con un estilo puro y fluido. Sus oraciones son más elaboradas que las de los otros Evangelios, y emplea un vocabulario más amplio.

La introducción del Evangelio también refleja que Lucas era una persona versada e instruida. Comienza así: “Puesto que muchos han emprendido la recopilación de una declaración de los hechos que entre nosotros son plenamente acreditados, así como nos los entregaron los que desde el principio llegaron a ser testigos oculares . . . , resolví también, porque he investigado todas las cosas desde el comienzo con exactitud, escribírtelas en orden lógico . . . para que conozcas plenamente la certeza de las cosas que se te han enseñado oralmente.” (Lucas 1:1-4) Esta introducción se parece a las introducciones de la literatura griega clásica.

Aquí Lucas asegura a los lectores que él no se basa en rumores ni mera tradición oral. ¿Por qué da tal seguridad? Puesto que Lucas evidentemente no era discípulo de Jesús cuando Jesús estuvo en la Tierra, para preparar su Evangelio, Lucas tuvo que hacer cuidadosas investigaciones entre “testigos oculares.” Además, examinó documentos de la época en cuestión, “investigando todas las cosas desde el comienzo con exactitud.” Esto debería fortalecer nuestra confianza en los escritos de Lucas.

Pero, ¿cómo obtuvo Lucas la información minuciosa que contienen sus libros? En cierta parte del relato de los viajes de Pablo que se encuentra en el libro de los Hechos, el sujeto cambia de la tercera persona (“él,” “ellos”) a la primera persona (“nosotros”). De esto se puede ver que Lucas empezó a viajar con Pablo cuando éste hizo su segundo viaje misional. (Hechos 16:10) Es evidente que, cuando acompañó a Pablo a Jerusalén al final del tercer viaje, Lucas pudo entrevistar a hombres y mujeres que fueron testigos oculares del ministerio de Jesús. (Hechos 21:1, 7, 15-18) Puede que entonces también Lucas haya examinado documentos, tales como los que se usaron para preparar la genealogía que está en Lucas 3:23-38.

El apóstol Pablo estuvo encarcelado en Cesarea desde aproximadamente el año 56 hasta el 58 E.C. Puesto que Lucas escribió su Evangelio antes que el libro de los Hechos (que se completó alrededor del 61 E.C.), parece que Lucas empleó bien su tiempo al escribir su Evangelio mientras Pablo estaba en la prisión.

¿Qué debería buscar usted?
Usted hallará que es sumamente remunerador leer el enternecedor e informativo libro de Lucas, que fue escrito cuidadosamente. Al hacerlo, puede sacar mayor provecho de la lectura si busca ciertas características interesantes o rasgos singulares. Pudiéramos enumerar cuatro rasgos.

El primero es el uso de expresiones y descripciones médicas. Lucas también dio atención especial a las mujeres y a la oración, de modo que esté alerta a estos dos aspectos. El cuarto rasgo es que Lucas escribió para beneficio de todos. Para despertar el interés por el libro, notemos algunos ejemplos que ilustran estos cuatro rasgos.

Desde el punto de vista de un médico
Todos los Evangelios informan sobre los milagros de Jesús, pero a medida que usted lee el relato de Lucas observe con cuánta frecuencia él hace referencia a las curaciones de Jesús. Y preste atención al lenguaje que se usa y a los detalles que se ofrecen.

Por ejemplo, a menudo Lucas suministra cierta observación médica que Mateo y Marcos omiten. Mientras que en estos dos Evangelios se nos dice que Pedro le cortó la oreja a Malco, Lucas especifica que fue la oreja derecha y que Jesús restauró a su lugar el miembro amputado. ¿No es así como habla un médico? (Mateo 26:51; Marcos 14:47; Lucas 22:50, 51) De manera similar, Lucas informa con exactitud que la suegra de Pedro “estaba afligida con una fiebre alta,” que Jesús curó tanto a un hombre “lleno de lepra” así como a otro cuya “mano derecha estaba seca.”—Lucas 4:38, 39; 5:12-14; 6:6-10.

Hay muchas otras pruebas del punto de vista médico de Lucas. Al relatar que Jesús “curó a muchos de enfermedades y de penosas dolencias y de espíritus inicuos,” Lucas distinguió las curaciones que fueron exclusivamente de naturaleza física de las que estaban relacionadas con los demonios. (Lucas 7:21) Lucas es el único que nos dice que Jesús ‘entró en agonía’ mientras oraba poco antes que lo arrestaran y que “su sudor se hizo como gotas de sangre.” (Lucas 22:44)

Su interés en el aspecto médico puede verse en su relato de las parábolas de Jesús. Lucas es el único que nos narra la parábola del ‘buen samaritano.’ ¿Recuerda usted cómo el samaritano curó las heridas del hombre que él halló a lo largo del camino? Lo que Lucas describe está en armonía con la práctica médica de aquella época. (Lucas 10:29-37) Lucas suministra el único relato del ‘hombre rico y Lázaro.’ Y, ¿recuerda usted con cuánta precisión Lucas describió el problema de salud de Lázaro?

Busque este relato en Lucas 16:20. Mientras lo lee, note que en el versículo 24 el hombre rico exclama: “Estoy en angustia.” Lucas usó una palabra griega para dolor o aflicción que ningún otro escritor bíblico empleó, pero que médicos griegos como Hipócrates, Areteo y Galeno usaron a menudo.

Se preocupaba por las mujeres y la oración
Al leer el libro de Lucas busque indicaciones del interés compasivo que él mostraba para con las mujeres, lo cual tal vez refleje la naturaleza compasiva que lo atrajo a la medicina. Por ejemplo, en el primer capítulo está la única información que los Evangelios contienen sobre Elisabet, la madre de Juan el Bautizante, e incluso relata que ella sintió que la criatura saltó en la matriz. El mismo capítulo nos da una descripción enternecedora de cómo respondió María a la idea de ser la madre del Mesías.

Más adelante en el Evangelio de Lucas el lector aprende acerca de: La profetisa Ana; la viuda de Naín; la mujer que había sido pecadora pero que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas; las mujeres que usaron sus bienes para atender a las necesidades de Cristo; la curación que efectuó Jesús en una mujer que hacía mucho tiempo había estado padeciendo de flujo de sangre; la interacción doméstica entre Marta y María; la “hija de Abrahán” que había estado lisiada por 18 años y las parábolas de la mujer que perdió una moneda y la de la viuda y el juez.—Lucas 2:36-38; 7:11-15, 36-50; 8:1-3, 43-48; 10:38-41; 13:11-16; 15:8-10; 18:2-8.

¿Cree usted que esta lista incluye todas las referencias especiales que se hacen a las mujeres que se mencionan en el libro de Lucas? Bueno, si usted es mujer, si se interesa en el bienestar de las mujeres o si quisiera ver el interés compasivo que mostró el médico Lucas en las mujeres, lea todo el relato que él escribió y vea qué otras cosas descubre usted. A medida que haga esto, note con cuánta frecuencia Lucas menciona la oración.

Usted hallará que solo Lucas menciona ciertas oraciones de Jesús. Por ejemplo, Lucas es el único que nos dice que Jesús estaba orando cuando los cielos se abrieron y espíritu santo fue derramado sobre él y que más tarde Cristo pasó toda la noche en oración. (Lucas 3:21; 6:12) Otros ejemplos se encuentran en Lucas 5:16; 9:18, 28; 11:1; 23:46. Además, Lucas comparte con nosotros varias parábolas de Jesús relacionadas con la oración, tales como la de un amigo a quien se acude a la medianoche, la del juez injusto y la del fariseo y el recaudador de impuestos.—Lucas 11:5-13; 18:1-8, 10-14.

“Buenas nuevas” para todas las naciones
Parece que Mateo escribió su Evangelio especialmente para los judíos y que Marcos escribió el suyo para los romanos, pero Lucas escribió “buenas nuevas” para todas las naciones. Una indicación de esto es que Lucas traza la genealogía de Jesús hasta Adán, antepasado de toda la humanidad. (Lucas 3:23, 38; compare con Mateo 1:1, 16.) En su Evangelio, de interés universal, Lucas nos ayuda a ver que el mensaje y las obras de Cristo podían beneficiar a cualquier persona, prescindiendo de los antecedentes de ésta... un samaritano leproso, el acaudalado recaudador de impuestos y hasta un ladrón sentenciado que agonizaba en el madero. (Lucas 17:11-19; 19:2-10; 23:39-43)

Uno también percibe el interés de Lucas en todos los que estaban ‘perdidos’ puesto que registra las parábolas de Jesús sobre la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo pródigo y la del fariseo y el recaudador de impuestos. (Lucas 15:4-32; 18:9-14) A medida que usted lea el Evangelio de Lucas, esté alerta a otros ejemplos en los que Lucas ofrece esperanza a todos.

Por supuesto, hay muchos otros rasgos singulares que pueden notarse en el Evangelio de Lucas. Pero la impresión en conjunto debería ser que se trata de un libro cuyo escritor fue un hombre instruido y cuidadoso, y que no obstante contiene un relato enternecedor y conmovedor de la vida de Jesús. Es un relato del Evangelio que hace resaltar que las “buenas nuevas” están ahora disponibles a todos.

Estas “buenas nuevas” se aprecian especialmente en nuestro tiempo. El médico Lucas es el único escritor de los Evangelios que registra la profecía de Jesús de que vendría el tiempo cuando, a causa de la angustia que habría en la Tierra durante la conclusión del sistema de cosas, ‘los hombres desmayarían por el temor y la expectativa.’ ¡Qué complacido también tiene que haberse sentido Lucas al registrar las animadoras palabras que se hallan en Lucas 21:25-28!


Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Junio de 1982. Para conocer mejor su Biblia lea el folleto: "La Biblia y su mensaje". Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Joyas del Evangelio de Lucas

JESUCRISTO, el Hijo de Jehová, es bien conocido por su compasión. Por eso, ¡cuán apropiado es que el evangelista Lucas dé énfasis a la compasión, la misericordia y el compañerismo! Lucas escribió un relato verdaderamente conmovedor sobre la vida terrestre de Jesús para beneficio de judíos y gentiles.

Ciertos aspectos de este Evangelio indican que fue escrito por un erudito. Por ejemplo, contiene una introducción clásica y un vocabulario extenso. Esto se ajusta al hecho de que Lucas era un médico bien educado. (Colosenses 4:14.) Aunque Lucas no se hizo creyente sino hasta después de la muerte de Jesús, acompañó a Pablo a Jerusalén después del tercer viaje misional de ese apóstol.

Por lo tanto, después que Pablo fue arrestado allí y encarcelado en Cesarea, Lucas, investigador cuidadoso, pudo recoger datos mediante entrevistarse con testigos oculares y consultar registros públicos (1:1-4; 3:1, 2). Es posible que haya escrito su Evangelio en Cesarea durante los dos años que Pablo pasó en prisión allí, alrededor de 56-58 E.C.

Rasgos singulares
Por lo menos seis de los milagros de Jesús se mencionan únicamente en el Evangelio de Lucas. Son: una pesca milagrosa (5:1-6); la resurrección del hijo de una viuda de Naín (7:11-15); la curación de una mujer encorvada (13:11-13); la curación de un hombre que tenía hidropesía (14:1-4); la limpieza de diez leprosos (17:12-14); y el sanar la oreja del esclavo del sumo sacerdote (22:50, 51).

También aparecen solo en el relato de Lucas algunas parábolas de Jesús. Entre ellas están las de: los dos deudores (7:41-47); el prójimo samaritano (10:30-35); la higuera sin fruto (13:6-9); la gran cena (14:16-24); el hijo pródigo (15:11-32); el hombre rico y Lázaro (16:19-31); y la viuda y el juez injusto (18:1-8).
Incidentes conmovedores

El médico Lucas mostró interés en mujeres, niños y personas mayores. Sólo él mencionó que Elisabet era estéril y que concibió, y el nacimiento de Juan. Sólo su Evangelio informó que el ángel Gabriel se le apareció a María. Lucas se sintió impelido a decir que Juan como bebé en desarrollo saltó en la matriz de su madre cuando María le habló a Elisabet. Únicamente él mencionó la circuncisión de Jesús y su presentación en el templo, donde lo vieron los envejecidos Simeón y Ana. Gracias a este Evangelio sabemos algo acerca de la infancia de Jesús y la de Juan el Bautizante (1:1–2:52).

Cuando Lucas escribió sobre la desconsolada viuda de Naín cuyo único hijo había muerto, dijo que Jesús “se enterneció por ella” y luego hizo que el joven volviera a la vida (7:11-15). Otro incidente conmovedor que solo aparece en este Evangelio envuelve a Zaqueo, un jefe de los recaudadores de impuestos. Porque era de baja estatura, Zaqueo se subió a un árbol para ver a Jesús. ¡Qué sorpresa cuando Jesús le dijo que se alojaría en su casa! Lucas informa que la visita fue una gran bendición para el alegre anfitrión (19:1-10).

El punto de vista de un médico
Este Evangelio contiene muchos términos o palabras que tienen significado médico o importancia médica. Los demás escritores de las Escrituras Griegas Cristianas no dieron ningún uso a estas palabras, o por lo menos no en sentido médico. Pero esperaríamos lenguaje médico de la pluma de alguien que ejerciera la medicina.

Por ejemplo, solamente Lucas señaló que la suegra de Pedro tenía “una fiebre alta” (4:38). También escribió: “¡Mira!, ¡un varón lleno de lepra!” (5:12). Para los demás evangelistas bastó con decir lepra. Pero no para el médico Lucas, quien indicó que la enfermedad estaba en etapa avanzada.

Información sobre costumbres
Según Lucas, María “envolvió [a Jesús recién nacido] con bandas de tela” (2:7). La costumbre era bañar al infante recién nacido y frotarlo con sal, quizás para secarle la piel y hacerla firme. Entonces se envolvía en bandas de tela al bebé, casi como a una momia. Las bandas mantenían recto y caliente el cuerpo, y quizás el pasarlas por debajo de la barbilla y sobre la cabeza para mantener cerrada la boca hacía que el niño aprendiera a respirar por la nariz.

Un informe del siglo XIX sobre costumbres similares citó las palabras de un visitante a Belén que dijo: “Tomé a la criaturita en mis brazos. Su cuerpo estaba tieso e inflexible, por lo ceñido que estaba con lino blanco y púrpura. Tenía las manos y los pies bien restringidos, y la cabeza ceñida con un pequeño chal rojo de suave textura que le pasaba por debajo de la barbilla y por la frente con pequeños dobleces”.

El Evangelio de Lucas también informa sobre las costumbres fúnebres del primer siglo. Jesús estaba cerca de la puerta de la ciudad de Naín cuando vio que “sacaban a un muerto, el hijo unigénito de su madre [viuda]”, y “estaba con ella una  muchedumbre bastante numerosa de la ciudad” (7:11, 12). Los entierros solían efectuarse fuera de la ciudad, y amigos del difunto acompañaban el cadáver hasta la tumba. El féretro era una camilla, quizás de mimbre, con varas que sobresalían de cada esquina para que cuatro personas la cargaran sobre los hombros en la procesión al lugar del entierro.

En otra ilustración que registró Lucas, Jesús dijo que un hombre había sido golpeado por salteadores. Cierto prójimo samaritano “le vendó sus heridas, y vertió en ellas aceite y vino” (10:34). Así se acostumbraba atender las heridas. El aceite de oliva suavizaba el lugar de las heridas y producía alivio. (Isaías 1:6.) Pero ¿qué hacía el vino? La revista The Journal of the American Medical Association dice: “El vino era uno de los medicamentos principales en Grecia. [...] Hipócrates de Cos (460-370 a.C.) [...] se valió extensamente del vino; lo recetaba para vendar heridas, para refrescar cuando había fiebre, y como purgante y diurético”.

La ilustración de Jesús aludió a las propiedades antisépticas y desinfectantes del vino, así como a la eficacia del aceite de oliva con relación a sanar heridas. Por supuesto, la lección de la parábola es que el verdadero prójimo es misericordioso. Así debemos tratar a otras personas (10:36, 37).

Lecciones de humildad
Sólo Lucas relató la ilustración que dio Jesús cuando vio que los invitados escogían los lugares más prominentes en una comida. Durante los banquetes, los invitados se reclinaban en lechos colocados a lo largo de tres lados de una mesa. Por el cuarto lado se servía la comida. Por lo general en cada lecho se podían acomodar tres personas que miraban hacia la mesa mientras se apoyaban sobre el codo izquierdo y comían con la mano derecha. Los tres lugares denotaban que la persona ocupaba la posición alta, la media o la baja en el lecho.

El que ocupara la posición baja en el tercer lecho ocupaba el lugar de menos importancia en la comida. Jesús dijo: ‘Cuando alguien te invita a un banquete, escoge el lugar más bajo y el anfitrión te dirá: “Sube más arriba”. Entonces tendrás honra delante de los demás convidados contigo’ (14:7-10). Sí, seamos humildes y antepongamos los demás a nosotros. De hecho, al aplicar la ilustración Jesús dijo: “Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (14:11).

Otra ilustración de Jesús que da énfasis a la humildad, y que solo hallamos en el Evangelio de Lucas, es la del recaudador de impuestos y el fariseo que oraban en el templo. Entre otras cosas, el fariseo dijo: “Ayuno dos veces a la semana” (18:9-14). La Ley solo requería que se ayunara una vez al año. (Levítico 16:29.) Pero los fariseos iban al extremo en cuanto al ayuno.

El fariseo de la ilustración ayunaba el segundo día de la semana porque, según se creía, en ese día Moisés subió al monte Sinaí, donde recibió las dos tablas del Testimonio. Se dice que bajó de la montaña el quinto día de la semana. (Éxodo 31:18; 32:15-20.) El fariseo dijo que ayunaba dos veces a la semana para probar su piedad. Pero esta ilustración debe llevarnos a ser humildes, y a no hacernos justos a nuestros propios ojos.

Estas joyas del Evangelio de Lucas prueban que es singular e instructivo. Los incidentes que menciona nos ayudan a volver a vivir sucesos conmovedores de la vida terrestre de Jesús. También nos benefician los datos sobre ciertas costumbres. Pero nos bendecirá especialmente el aplicar lecciones como las de la misericordia y la humildad, que se enseñan tan excelentemente en el Evangelio de Lucas, el médico amado.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Noviembre de 1989. Lea el interesante tema: "La resurrección de Jesús.Su importancia para nosotros". Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

lunes, 18 de agosto de 2014

Cosechando fruto apropiado para el reino de Dios (Primera parte)

En Jeremías 4:3, 4, Jehová dice: “Árense tierra cultivable, y no sigan sembrando entre espinas. Circuncídense a Jehová, y quiten los prepucios de sus corazones, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén; para que no salga mi furia justamente como un fuego, y ciertamente arda sin que haya quien la extinga, a causa de la maldad de sus tratos.”

Jehová llamó la atención sobre la mala condición de corazón del pueblo en pacto con él.
De manera similar, en una parábola Jesucristo ilustró la desilusión que resulta de sembrar entre los espinos. Tanto en Mateo 13:1-9 como en Marcos 4:1-9 él describió que parte de la semilla que fue echada por mano del sembrador cayó sobre zonas en las cuales había semillas de espinos. De aquellas zonas el sembrador no consiguió nada, pues los espinos brotaron y ahogaron las plantas de cereales y no se pudo segar una cosecha de grano. (Luc. 8:4-8) Esto ilustra que tenemos que ejercer cuidado respecto al ambiente en el cual sembramos en sentido espiritual.

En la parábola del sembrador y la semilla, según se relata en Marcos 4:26-29, la semilla representa cualidades de la personalidad. A los judíos que rechazaron la parábola del sembrador y otras parábolas, Jesús dijo: “El reino de Dios les será quitado a ustedes y será dado a una nación que produzca sus frutos.” (Mat. 21:43, 45, 46) Según esto, hay “frutos” del reino de Dios. (Luc. 3:8)

En relación con esos frutos del Reino está lo que se llama “el fruto del espíritu,” a saber, “amor, gozo, paz, gran paciencia, benignidad, bondad, fe, apacibilidad, gobierno de uno mismo.” (Gál. 5:22, 23)

Allá en el primer siglo, los cristianos a quienes el apóstol Pablo escribió tuvieron que sembrar “semilla” en el sentido de cualidades cristianas en necesidad de nutrición, tal como lo tienen que hacer los cristianos hoy día con relación al reino de Dios. Hay que desarrollar estas cualidades personales hasta que alcanzan plena madurez, desarrollo completo.—Zac. 8:12; Sant. 3:18.

El tiempo en que alcanzaran su madurez cabal sería normalmente el tiempo en el cual cosecharlas. Pero, ¿dónde debería elegir sembrar dicha “semilla” el sembrador cristiano con la esperanza de por fin recoger la cosecha deseada? Él quiere que su cosecha tenga la aprobación de Dios, para que se le considere digno de ser aceptado respecto al reino de Dios. Tal como la semilla natural necesita tierra, así la semilla de las cualidades cristianas personales, “el fruto del espíritu,” necesita ambiente.—Pro. 18:1.

Recuerde la parábola de Jesús en cuanto a las cuatro clases de tierra sobre las cuales cayó la semilla del sembrador. (Mar. 4:3-20; Luc. 8:5-15) Esta parábola ilustra que hay que ejercer cuidado y hacer la selección correcta en cuanto al ambiente en el cual se ponga la semilla si se quiere recoger la cosecha esperada.

Es justamente como explicó Jesús en cuanto al ambiente infestado de espinos en el cual cayó la semilla: “En cuanto a lo que cayó sobre los espinos, éstos son los que han oído, pero, por ser arrebatados por las inquietudes y las riquezas y los placeres de esta vida, son completamente ahogados y no llevan nada a perfección.”—Luc. 8:14.

En conformidad con esto, el apóstol Pablo hizo una observación respecto a los cristianos de Galacia a quienes escribió acerca del “fruto del espíritu,” para advertirles que el ambiente incorrecto estaba ejerciendo mala influencia en ellos. Dijo: “Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién les estorbó para que no siguieran obedeciendo la verdad? Esta clase de persuasión no procede de Aquel que los llama. Un poco de levadura hace fermentar toda la masa.” (Gál. 5:7-9; Mat. 13:33)

Estaban influyendo en aquellos cristianos gálatas los judaizantes cuyos corazones no estaban dispuestos a recibir el cristianismo plenamente, cuyos oídos no estaban dispuestos a oír y cuyos ojos estaban pegados. (Mat. 13:14, 15; Gál. 5:10) Hay que evitar, sí, abandonar, esa clase de asociaciones que estorban.

El apóstol Pablo también temía que posiblemente la congregación corintia no estuviera cultivando “el fruto del espíritu,” porque les escribió diciendo: “Tengo miedo que de algún modo, cuando yo llegue, no los halle como pudiera desear y yo resulte ser para ustedes no como pudieran desear, sino que, en cambio, de algún modo haya contienda, celos, enojos, altercaciones, difamaciones solapadas, susurros, hinchazones, desórdenes.” (2 Cor. 12:20)

Después de citar las palabras de los que decían: “Comamos y bebamos, porque mañana hemos de morir,” Pablo tuvo razón para dar la siguiente advertencia: “No se extravíen. Las malas asociaciones echan a perder los hábitos útiles.”—1 Cor. 15:32, 33.

Como tierra, en la cual cae la semilla y la cual tiene el poder que Dios le ha dado de nutrir o el trigo o los espinos, el ambiente en el cual el cristiano opta por cultivar cualidades de la personalidad lo afecta para bien o para mal. Aunque duerma mientras se acomoda en dicho ambiente, la ley de la influencia ambiental se efectúa inflexiblemente para con él hasta que el fruto permite meter la hoz porque ha llegado el tiempo de la siega personal.

En cuanto a esto Jesús dijo: “Por sí misma la tierra gradualmente fructifica, primero el tallo de hierba, luego la espiga, finalmente el grano lleno en la espiga.” (Mar. 4:28) El crecimiento le es casi imperceptible al sembrador y se efectúa por medio de un poder que él no puede comprender. El crecimiento en una dirección o en la otra progresa gradualmente, primero a modo de tallo de hierba, luego a modo de espiga y finalmente a modo del grano lleno en la espiga.

Cuando la semilla brota inicialmente y produce el tallo de hierba, quizás el sembrador no esté exactamente seguro de lo que va a segar, si juzga por la apariencia de las cosas. En esa etapa temprana del crecimiento puede que él no esté positivamente seguro de lo que está brotando de la tierra; solo recuerda la clase de semilla que sembró. Para ilustrar: En la parábola que Jesús dio acerca del trigo y la mala hierba, en Mateo 13:26-30, dijo:

Cuando brotó el tallo y produjo fruto, entonces apareció también la mala hierba. De modo que los esclavos del amo de casa vinieron y le dijeron: “Amo, ¿no sembraste semilla excelente en tu campo? ¿Cómo sucede, pues, que tiene mala hierba?” Él les dijo: “Un enemigo, un hombre, hizo esto.” Ellos le dijeron: “¿Quieres, pues, que vayamos y la recojamos?”

Él dijo: “No; no sea que por casualidad, al recoger la mala hierba, desarraiguen el trigo junto con ella. Dejen que ambos crezcan juntos hasta la siega; y en la época de la siega diré a los segadores: Recojan primero la mala hierba y átenla en haces para quemarla, entonces pónganse a juntar el trigo en mi granero.”

Por lo tanto, en lo referente a nosotros, después que hayamos sembrado las semillas de características de la personalidad tal vez no podamos discernir al principio lo que la tierra ha producido, al brotar esto a modo de tallo de hierba. Solo más tarde, cuando el crecimiento alcance madurez y dé fruto, no habrá equivocación en cuanto a lo que la tierra habrá producido para la persona que haya sembrado allí.

La tierra es un factor importante respecto a lo que finalmente se produce. Jesús dijo: “Por sí misma la tierra [y no Dios] gradualmente fructifica, primero el tallo de hierba, luego la espiga, finalmente el grano lleno en la espiga.” (Mar. 4:28) En la parábola acerca de las cuatro clases de tierra, Jesús describió solo los rasgos físicos de las tierras.

Esto se parece a lo que Jesús dijo en su parábola del trigo y la mala hierba, que el “campo” era el mundo de la gente. (Mat. 13:38) Solo que aquí, en Marcos 4:26-28, la “tierra” en que se siembra, en vez de abarcar a todo el mundo, solo se extiende hasta el grado del contacto y la asociación que la persona tiene con la gente. La “tierra” no representa el “corazón” de la persona, como en Mateo 13:19 y Lucas 8:12, 15.

Pero las propiedades químicas del suelo también son importantes en cuanto a determinar la calidad de lo que se produce; por ejemplo, la tierra puede ser agria, ácida, salina, o quizás se le haya tratado con abono inorgánico o abono orgánico.

Puesto que el suelo, o la tierra, desempeña un papel tan importante en relación con el crecimiento y la calidad de lo que crece, representa el ambiente social, moral y religioso en medio del cual nutrimos las semillas de nuestros rasgos o características personales y, naturalmente, envuelve a personas. Esto es algo que merece el ejercicio de cuidadosa selección.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Noviembre de 1980. Complemente la información con el tema: ¿Qué significa triunfar en la vida?. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

viernes, 15 de agosto de 2014

Aprendiendo de un experimento que fracasó (Segunda parte)

La enseñanza acerca de ganarse mérito y favor con Dios mediante actos buenos hizo que muchos fariseos se creyeran muy buenos, que fueran pagados de su propia rectitud, y condenaran a otras personas.

Una parábola que Jesús dio respecto a “algunos que confiaban en sí mismos de que eran justos y consideraban como nada a los demás” declara: “Dos hombres subieron al templo a orar, el uno fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo se puso en pie y oraba para sí estas cosas: ‘Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, dados a extorsión, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana, doy el décimo de todas las cosas que adquiero.’” (Luc. 18:9-12)

Como ejemplo de los extremos a los que puede llevar a la gente una actitud como ésta, se cita el siguiente pasaje tomado de antiguos escritos judíos:

“El R[abí] Ezequías dijo en nombre del R[abí] Jeremías: Así dijo el R[abí] Simeón b[en] Yohai: El mundo posee no menos de treinta hombres tan justos como Abrahán. Si hay treinta, mi hijo y yo somos dos de ellos; si hay diez, mi hijo y yo somos dos de ellos; si hay cinco, mi hijo y yo somos dos de ellos; si hay dos, somos mi hijo y yo; si solo hay uno, soy yo.”

Puesto que los fariseos consideraban ritualmente impura a la gente común, evitaban tener contacto estrecho con ella. En el libro The Life and Times of Jesus the Messiah (La vida y tiempos de Jesús el Mesías), Alfred Edersheim explica que el fariseo “se encargaba de no venderle [al individuo ordinario] ningún líquido ni sustancia seca [alimento nutritivo o fruta], de no comprar de él tal líquido, de no ser convidado junto con él, ni hospedarlo como convidado en su propia ropa (debido a la posible impureza de ésta).”

Eso explica por qué los fariseos se oponían a que Jesús ‘comiera con los pecadores y recaudadores de impuestos.’ (Mar. 2:16) Ellos creían que el que se asociaba con personas ritualmente impuras contraía aquella impureza.

JESÚS Y LOS FARISEOS
Para el tiempo en que el Hijo de Dios empezó su ministerio terrestre, los fariseos habían estado en existencia por aproximadamente dos siglos. Eso era suficiente tiempo como para que se viera si su experimento en cuanto a promover la rectitud o justicia por medio de obras buenas tendría buen éxito o no. No lo tuvo. En su Sermón del Monte, Jesús declaró: “Si su justicia no abunda más que la de los escribas y fariseos, de ningún modo entrarán en el reino de los cielos.”—Mat. 5:20.

En sus tratos con los fariseos y sus comentarios acerca de ellos, el Hijo de Dios aclaró lo que la teoría de ellos tenía de incorrecto. Note lo que dijo acerca de los esfuerzos escrupulosos de los fariseos por diezmar: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! porque dan el décimo de la hierbabuena y del eneldo y del comino, pero han desatendido los asuntos de más peso de la Ley, a saber, la justicia y la misericordia y la fidelidad.” (Mat. 23:23)

En los escritos rabínicos se hace referencia a mandamientos “ligeros” (que exigen poco sacrificio personal) y mandamientos “pesados” (que exigen gran esfuerzo). Jesús mostró que los requisitos “de más peso” de Dios tienen que ver con el mostrar verdadero interés en el semejante de uno, tratarlo con justicia, misericordia y fidelidad.

Con referencia a los lavados rituales de las manos y otros rasgos de la limpieza ceremonial, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas’ porque limpian el exterior de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de saqueo e inmoderación. Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa y del plato, para que su exterior también quede limpio.” (Mat. 23:25, 26)

A los fariseos se les había desviado de modo que creían que la impureza se adquiría por contacto con alguna fuente externa de contaminación. Jesús declaró que la verdadera fuente de la impureza es interna. En otra ocasión aclaró aún más el asunto al decir enfáticamente:

“‘¿No se dan cuenta de que nada que de fuera entra en el hombre puede contaminarlo, puesto que no entra en su corazón, sino en sus intestinos, y sale a la cloaca?’ . . . Además dijo: ‘Lo que procede del hombre es lo que contamina al hombre; porque de dentro, del corazón de los hombres, proceden razonamientos perjudiciales: fornicaciones, hurtos, asesinatos, adulterios, codicias, actos de iniquidad, engaño, conducta relajada, el ojo envidioso, blasfemia, altanería, irracionalidad. Todas estas cosas inicuas de dentro proceden y contaminan al hombre.’”—Mar. 7:18-23.

A los ojos de Dios la verdadera fuente de la impureza es el pecado que el hombre ha heredado. (Job 14:4; Sal. 51:5; Rom. 5:12) Ninguna cantidad de lavados rituales ni de otros actos piadosos pueden limpiar al individuo de la contaminación que se debe al pecado. Solo el arrepentimiento y el poner fe en el arreglo de Dios para la cancelación de los pecados por medio de Jesucristo pueden lograr el perdón y la salvación. (Hech. 4:12) Por eso Zacarías, padre de Juan el Bautista, profetizó que Dios estaba a punto de “dar conocimiento de salvación a su pueblo,” no por medio de librarlos de una nación enemiga, sino “por el perdón de sus pecados.”—Luc. 1:77.

A los fariseos no les agradaba aquel mensaje, puesto que ‘confiaban en sí mismos de que eran justos y consideraban como nada a los demás.’ (Luc. 18:9, 10) Pero la piedad de ellos era solamente externa, superficial. No desarraigaba la inmundicia interna manifestada por vicios como las “codicias,” “el ojo envidioso” y la “altanería.” (Mar. 7:22) Los escritos judíos testifican en cuanto a esto. Por ejemplo, leemos del “fariseo shikmi,” que “lleva sus deberes religiosos sobre el hombro (shekem), es decir, ostentosamente.”

También se hace mención del “fariseo nikpi... éste es uno cuyos pies chocan el uno contra el otro” porque anda con exagerada humildad. Además, está el “fariseo kizai,” quien al dar intencionadamente contra la pared y lastimarse “hace que su sangre corra contra las paredes” en los esfuerzos que hace por no mirar a una mujer. Con buena razón Jesús dijo de los escribas y fariseos:

“Todas las obras que hacen las hacen para ser vistos por los hombres; porque ensanchan las cajitas que contienen escrituras que llevan puestas como resguardos, y agrandan los flecos de sus prendas de vestir. Les gusta el lugar más prominente en las cenas y los asientos delanteros en las sinagogas, y los saludos en las plazas de mercado y el ser llamados por los hombres Rabí.”—Mat. 23:5-7

Abundan los hechos históricos que muestran que el experimento de los fariseos para promover la rectitud o justicia por el modo en que observaban los preceptos religiosos y ejecutaban obras de caridad fue un fracaso. No influyó en la mayoría de las personas de modo que se esforzaran por ser piadosas, ni ayudó a los fariseos mismos a llegar a ser mejores personas. Al contrario, influyó en ellos y los llevó a cometer el peor crimen de toda la historia: el asesinato del Hijo de Dios.

Sin embargo, el experimento no careció por completo de utilidad. Preparó la escena para que Jesús antes de su muerte diera su poderoso mensaje respecto al pecado humano y la necesidad de buscar la salvación, no por medio de obras, sino como don gratuito sobre la base de arrepentimiento y fe en el sacrificio expiatorio de Jesucristo. (Isa. 53:5, 10-12; Mat. 20:28; Rom. 10:5-9) ¡Esa lección es una que todos los que están vivos hoy también tienen que aprender!

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Septiembre de 1980. Lea el interesante tema: "¿Qué hará el reino de Dios por usted?". Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

jueves, 14 de agosto de 2014

Aprendiendo de un experimento que fracasó (Primera parte)

DURANTE toda la historia se han hecho numerosos esfuerzos por influir en la gente para que viva de un modo más recto. Llevaron a cabo un experimento de esa clase los fariseos, un grupo de hombres que recibe considerable atención en las inspiradas Escrituras Griegas Cristianas. El experimento que hicieron fracasó.

El término “fariseo” viene de una raíz hebrea que quiere decir “separado,” “distinguido.” Al grupo que se conocía por ese nombre se le menciona por primera vez en escritos históricos que tratan de acontecimientos que ocurrieron en el segundo siglo a. de la E.C. Aunque los fariseos vivían en los mismos lugares que los demás judíos, los extraordinarios esfuerzos que hacían por observar plenamente la ley mosaica los separaba o distinguía de ellos.

A los fariseos se les llegó a conocer especialmente por el hecho de que pagaban diezmos y observaban las reglas de la limpieza ceremonial. La ley que Dios dio a los israelitas por medio de Moisés requería que ellos dieran la décima parte del producto de su tierra, manadas y rebaños. Se empleaba ese diezmo para el sostén del sacerdocio levítico y para otras cosas necesarias relacionadas con la adoración de Dios. (Deu. 14:22, 23)

Los fariseos llegaron al extremo de diezmar hasta las cosas más diminutas, como los frutos de vainas (frijoles, guisantes y otras legumbres), hojas y hierbas aromáticas. No solo daban la décima parte del producto de sus propios campos, sino también de los artículos que adquirían por medio de compra, cambio u otra negociación. (Luc. 11:42; 18:11, 12) Hacían esto por temor de que los dueños originales no hubiesen diezmado los artículos debidamente.

Bajo la ley mosaica, había ocasiones en que la limpieza ceremonial exigía lavados rituales. Esto era especialmente cierto en el caso de los sacerdotes, quienes tenían que estar física y ceremonialmente limpios cuando servían en el santuario de Jehová. (Éxo. 30:17-21; Lev. 21:1-7; 22:2-8) Antes de participar de su porción de las comidas relacionadas con los sacrificios, los sacerdotes tenían que lavarse las manos y los pies en agua.

La mayoría de los fariseos no eran sacerdotes. No obstante, ellos mismos optaron por obligarse a observar las leyes sacerdotales de limpieza ceremonial hasta en los asuntos cotidianos que no estaban relacionados directamente con la adoración. Practicaban el lavado ritual de las manos antes y después de cada comida. Si la comida consistía en varios platos, también se lavaban las manos después de terminar cada plato.

El evangelista Marcos explica: “Los fariseos y todos los judíos no comen a menos que se laven las manos hasta el codo, teniendo firmemente asida la tradición de los hombres de otros tiempos, y, al volver del mercado, no comen a menos que se limpien por rociadura; y hay muchas otras tradiciones que han recibido para tenerlas firmemente asidas: bautismos de copas y cántaros y vasos de cobre.”—Mar. 7:3, 4.

Aunque estos esfuerzos extensos por observar el diezmar y la limpieza ceremonial no violaban la ley escrita de Dios, sí iban más allá de lo que la ley exigía. Es de interés el hecho de que una leyenda rabínica da una descripción en la cual la congregación de Israel dice: “Señor del universo, me he impuesto más restricciones que las que Tú me has impuesto, y las he observado.”

“UNA VALLA” PARA IMPEDIR LA COMISIÓN DE MALES
La resolución de los fariseos de no cometer transgresión contra la ley de Dios, ni siquiera en detalles diminutos, los hizo ir hasta más allá de lo prescrito por ella. El historiador judío Flavio Josefo escribe: “Los fariseos habían pasado al pueblo ciertos reglamentos que las generaciones anteriores habían transmitido y que no estaban registrados en las Leyes de Moisés.” Estos reglamentos incluían una grandísima cantidad de preceptos para la observancia correcta del Sábado o Día de Descanso.

Respecto a aquellos “reglamentos” no bíblicos, el código judío de leyes tradicionales, conocido como La Mishna, declara: “Las reglas acerca del Sábado, Ofrendas Festivas y el Sacrilegio son como si fueran montañas colgadas de un pelo, pues [la enseñanza de] la Escritura [respecto a ellas] es escasa y las reglas muchas.”

¿Cuál era el propósito de tener tantas reglas de conducta? Nos ayuda a penetrar en el porqué de ello la siguiente declaración pronunciada por líderes religiosos judíos antes de la era común: “Sed deliberados en juicio, levantad muchos discípulos, y haced una valla alrededor de la Ley.” La “valla” se refiere a tradiciones que supuestamente impedirían que las personas violaran la ley escrita de Dios. Según la teoría, si uno no cruzaba la valla, nunca sería culpable de trasgredir un decreto que fuera verdaderamente bíblico.

¿Tuvo buen éxito dicho experimento? ¿Logró aquella imponente recopilación de tradiciones orales hacer mejores personas de los israelitas, y de los fariseos en particular?

BUSCANDO EL FAVOR DE DIOS MEDIANTE ACTOS
El dar atención excesiva a reglamentos detallados tuvo un efecto perjudicial. Llevó a la gente a creer que el llegar a ser justo a los ojos de Dios simplemente era asunto de llevar a cabo actos religiosos y caritativos en conformidad con lo prescrito. Se creía que cada acto bueno ganaba “mérito” para uno ante Dios, mientras que con cada acto malo se incurría en “demérito” o “deuda.” Supuestamente, llegaría el día en que Dios sumaría los méritos y las deudas y los compararía para determinar si la persona era justa o inicua.

Los escritos rabínicos dejan ver el grado a que llegó a estar arraigada esta idea cuando hablan del “fariseo calculador, es decir, el que hace un acto bueno y luego un acto malo, poniendo así uno contra el otro.” También se menciona al “fariseo [que exclama constantemente:] ‘¿Cuál es mi deber, para que lo haga?’” Pero, ¿no es eso una virtud? El relato rabínico responde: “No; lo que él dice es: ‘¿Qué otro deber me queda, para que lo haga?’” Estos individuos, que confiaban en sí mismos, creían que habían hecho todo lo necesario para recibir el favor de Dios.

Un joven rico desplegó esa actitud cuando le preguntó a Jesús: “¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?” Después que Jesús le recalcó la importancia de obedecer los mandamientos de la ley escrita de Dios, el hombre respondió: “Todos éstos los he guardado; ¿qué me falta aún?”—Mat. 19:16-20.


Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Septiembre de 1980. Para leer mas acerca de la vida de Jesucristo lea el libro "El hombre más grande de todos los tiempos". También disponible en audio libro. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.


lunes, 11 de agosto de 2014

Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz

(John Lennon)


Les he dicho estas cosas para que por medio de mí tengan paz. En el mundo están experimentando tribulación, pero ¡cobren ánimo!, yo he vencido al mundo”

(Juan 16: 33)

miércoles, 2 de julio de 2014

Cuando la gente nos irrita

HACE poco, un turista que visitaba el Oriente informó al gerente del hotel que no encontraba su reloj. Al cabo de cierto tiempo, no se le había devuelto el reloj, el turista se convenció de que el gerente había hecho caso omiso de su reclamo. ¡Exasperado, arrojó toda su ropa, un cesto de papeles y un aparato de televisión por la ventana de su habitación, que estaba en el decimoctavo piso, al área de la piscina!

¿Se ha sentido usted alguna vez tan frustrado a causa de otras personas que ha tenido ganas de reaccionar violentamente? Muchos se han sentido así. Otros reaccionan calmadamente cuando se les ofende, y piensan: ‘¡Nunca volveré a hablarle!’ Esto ocurrió en un pueblito de las Filipinas donde dos hombres disputaban por un terreno. Por largo tiempo no se hablaban.

Pero, ¿son éstas las mejores maneras de tratar una situación cuando la gente nos irrita o nos ofende?

Tales reacciones solo agravan el problema. Debido a su rabieta el turista no recuperó su reloj; pero es probable que se le haya pasado una enorme factura por daños. El silencio de los dos vecinos no resolvió el problema relacionado con el terreno; pero sí causó angustia a sus familias, amigos y vecinos. ¡Ciertamente tiene que haber un mejor modo de resolver problemas como éstos!

Jesucristo demostró un modo más eficaz. Al igual que nosotros, él estaba rodeado de personas imperfectas y falibles, y a veces las faltas de ellas lo entristecían. En algunas ocasiones se “indignó,” o “gimió profundamente con su espíritu” ante las acciones o actitudes de la gente. (Marcos 8:12; 10:14)

Pero no reaccionó violentamente ni se abstrajo en largos períodos de silencio. Más bien, a menudo trató de ayudar a la gente a reconocer sus problemas y a vencerlos.

Jesús pudo hacer esto de manera eficaz debido al profundo amor que le tenía al prójimo, especialmente a sus seguidores. Es tal como les dijo a ellos: “Les doy un nuevo mandamiento: que se amen unos a otros; así como yo los he amado, que ustedes también se amen los unos a los otros.”

Este amor se notaba especialmente cuando Jesús trataba con las debilidades humanas. Además, él podía tratar con estas debilidades de manera equilibrada debido a que, según él mismo dijo: “Soy de genio apacible y humilde de corazón.” El que uno trate las dificultades personales de manera apacible y humilde casi siempre da buen resultado.—Juan 13:34; Mateo 11:29.

Cómo trató Jesús situaciones irritantes


¿Le ha hecho alguien alguna vez una promesa para luego no cumplirla? O ¿ha hecho usted alguna vez una cita con alguien que no se presentó? Cierto, tales experiencias son molestas. Sin embargo, ¿son desilusiones como ésas razón para montar en cólera o guardar un silencio glacial?

Considere cómo trató Jesús a sus apóstoles la noche antes de su muerte. Este era un tiempo en que Jesús estaba pasando por una prueba severa. Había ido al jardín de Getsemaní con sus apóstoles y les había dicho: “Mi alma está hondamente contristada, hasta la muerte. Quédense aquí y manténganse alerta conmigo.” (Mateo 26:38) Entonces se apartó de ellos un poco para orar. Cuando regresó, ¿qué halló? ¡Todos sus discípulos estaban dormidos! Aun al despertarlos, reaccionó con compasión.

Jesús reconoció que el motivo de ellos no era malo, sino que estaban sujetos a la imperfección humana. Por lo tanto, dijo: “El espíritu, por supuesto, está pronto, mas la carne es débil.” (Mateo 26:36-46) Aún más tarde, cuando los apóstoles lo abandonaron en manos de sus enemigos y Pedro lo negó, Jesús no se dio por vencido respecto a sus amigos.

En vez de eso, tomó medidas después de su resurrección para fortalecerlos y ayudarlos a vencer sus debilidades.

¡Qué actitud tan excelente! El apóstol Pablo dijo: ‘El amor . . . todo lo espera.’ Por lo tanto, en vez de darnos por vencidos respecto a nuestros amigos cuando nos desilusionen, ¿por qué no —al igual que Jesús— reconocer que quizás su motivo sea bueno a pesar de ser humanos imperfectos? Este es el proceder amoroso a seguir, y puede resultar en ayudarlos a que no nos fallen en otra ocasión.—1 Corintios 13:4, 7.

¿Qué hay si se repiten las faltas?
Por supuesto, los problemas no siempre se resuelven con un solo recordatorio. Como los padres bien saben, por lo general a los hijos hay que repetirles las cosas vez tras vez antes de que se les queden grabadas. Lo mismo puede ser cierto de los adultos.

Eso fue cierto en el caso de los primeros seguidores de Jesús. Por ejemplo, en cierta ocasión estaban discutiendo entre ellos en cuanto a quién era el mayor. Jesús los oyó y aprovechó la oportunidad para explicar que entre sus seguidores no habría puestos de jefatura. Más bien, dijo: “Si alguien quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y ministro de todos.”—Marcos 9:35.

A pesar de la clara explicación que les dio Jesús, pocos meses después dos de sus apóstoles solicitaron abiertamente que se les concedieran las dos posiciones más importantes al lado de él en el Reino. Los demás se enojaron, pero Jesús no se enojó. Más bien, con paciencia volvió a explicárselo como sigue: “Ustedes saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y los grandes ejercen autoridad sobre ellas. No es así entre ustedes; antes el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, tiene que ser ministro de ustedes, y el que quiera ser el primero entre ustedes tiene que ser esclavo de ustedes.”—Mateo 20:24-27.

Otra vez, la noche antes de la muerte de Jesús, el registro nos dice: “Se suscitó entre ellos una disputa acalorada sobre quién de ellos parecía ser el mayor.” Pero de nuevo, Jesús pacientemente repitió su explicación de que entre sus seguidores no había puestos de jefatura, solo de servicio. Esta vez, a fin de grabar indeleblemente este punto en la mente de ellos, él dio una demostración práctica. Con sus propias manos, lavó los pies de cada uno de los apóstoles allí presentes. ¡Eso era lo que él quería decir por “ministro”!—Lucas 22:24-27; Juan 13:3-5.

Por fin, parecía que los apóstoles habían captado el punto. Muchos años después, el apóstol Pedro escribió una carta excelente a las congregaciones cristianas, por medio de la cual les transmitió esta información. A los que llevan la delantera en las congregaciones él explicó que ‘no debían enseñorearse de los que son la herencia de Dios, sino que debían hacerse ejemplos del rebaño.’—1 Pedro 5:2, 3.

Nosotros también responderemos apropiadamente ante las repetidas molestias a las que otros posiblemente nos sometan, si reaccionamos como lo hizo Jesús. Podremos lograr esto si cultivamos la misma clase de amor, apacibilidad y humildad de mente que Jesús poseía.

Siguiendo el ejemplo de Jesús
Jesús nos aconsejó que fuéramos amorosos para con nuestros hermanos espirituales y que estuviéramos dispuestos a perdonarlos aunque tuviéramos que hacerlo “hasta setenta y siete veces.” No obstante, ¿qué hay si nuestro hermano comete una ofensa grave? Jesús nos instó a que habláramos personalmente con el ofensor en privado. Entonces, “si te escucha,” dijo Jesús, “has ganado a tu hermano.”—Mateo 18:15, 22.

Al tratar con tales situaciones, sin embargo, es bueno recordar que aunque Jesús era perfecto nosotros no lo somos. Si nuestros amigos nos causan irritación, es posible que nosotros de vez en cuando les hagamos lo mismo. ¡Qué excelente sería que tratáramos sus ofensas en contra nuestra tal como nos gustaría que ellos trataran nuestras ofensas contra ellos... con amor, apacibilidad y humildad!

Esto realmente es poner en práctica las palabras de Jesús: “Por lo tanto, todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, también ustedes de igual manera tienen que hacérselas a ellos.”—Mateo 7:12.

El que reconozcamos nuestras propias imperfecciones ayudará de otra manera. Jesús tenía una percepción extraordinaria y podía discernir el motivo y la condición de corazón de la gente. Nosotros estamos limitados a este respecto. Si se nos ofende o se nos irrita, puede que hayamos interpretado mal la situación y que en realidad no se nos quiso hacer ningún daño.

Por ejemplo, en el caso que se mencionó en la introducción, el turista estaba equivocado. El gerente había dado atención al asunto, y, de hecho, la policía estaba investigando el caso.

Aun cuando estuviéramos convencidos de que estamos en lo correcto, todavía deberíamos ser humildes. Así se le hará mucho más fácil a la otra persona querer rectificar cualquier mal que haya cometido. Jesús dijo que el propósito de hablar a alguien que nos ha ofendido era el de ‘ganar a nuestro hermano.’ El tratar el problema con apacibilidad y humildad probablemente dé este resultado.

Esa fue la experiencia de los dos hombres que no se hablaban debido al problema relacionado con el terreno. Después de haber pasado mucho tiempo sin hablarse, inesperadamente se hallaron sentados uno al lado del otro en un transporte público. Uno de ellos fue suficientemente humilde como para disculparse de su actitud equivocada. Eso ‘rompió el hielo,’ y los dos hombres se abrazaron. Ahora podían tratar su problema de manera pacífica, sin causar angustia a los que los rodeaban.

Sí, tres cualidades como las de Cristo —amor, apacibilidad y humildad— pueden mejorar nuestra relación con otros. Cuando la gente nos causa irritación, estas cualidades nos pueden ayudar a tratar la situación de una manera constructiva, generalmente con buenos resultados. ¡Sin duda, al pensar detenidamente en el asunto, ninguno de nosotros podemos arreglárnoslas sin estas cualidades!

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 08 de Enero de 1982. Para leer mas acerca de la vida de Jesucristo lea "El hombre más grande de todos los tiempos". También disponible en audio libro. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

lunes, 26 de mayo de 2014

¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir.

Confucio

En respuesta él dijo: “Está escrito: ‘No de pan solamente debe vivir el hombre, sino de toda expresión que sale de la boca de Jehová.

Mateo 4: 4 (Jesucristo)

jueves, 1 de mayo de 2014

No tenga miedo (Primera parte)

“Jehová es mi ayudante; no tendré miedo. ¿Qué puede hacerme el hombre?”—Heb. 13:6.

LA POSIBILIDAD de no poder proveer lo necesario para uno mismo y su familia es un temor que por siglos ha dominado la vida de muchas personas. Ya que esto puede resultar en ruina espiritual, este temor es algo que los siervos de Jehová Dios tienen que resistir. Sin embargo, no siempre es fácil proceder así.

Los cristianos verdaderos, además de verse en los mismos problemas que tienen otras personas en cuanto a ganarse la vida, pueden verse sometidos a presiones adicionales procedentes del mundo debido a que se adhieren fielmente a la Palabra de Dios.

El siervo de Jehová sabe que la Biblia condena el mentir y manda estar separado del mundo y sus caminos. (Col. 3:9; Sant. 4:4) Sin embargo quizás su patrón quiera que mienta por él, que represente falsamente la realidad, que promueva el espíritu de una festividad mundana, que se envuelva en la política, o cosas semejantes. Quizás se amenace al individuo con que perderá su trabajo si no acata los deseos de su patrono.

Pudiera suceder que un cristiano estuviera dirigiendo un negocio y se le fuera haciendo cada vez más difícil ganarse la vida. Pudiera verse tentado a participar en prácticas comerciales de dudosa moralidad o a representar falsamente sus ingresos para conseguir ventajas en el pago de impuestos.

Aunque otros estuvieran haciendo estas cosas, la persona que se esfuerza por agradar a Jehová sabe que el ceder a la tentación sería incorrecto. La Biblia dice: “No deben cometer injusticia . . . al pesar ni al medir. . . . Debe resultar que tengan balanzas exactas, pesas exactas.” (Lev. 19:35, 36) “Rindan a todos lo que les es debido, al que pide impuesto, el impuesto; al que pide tributo, el tributo.”—Rom. 13:7.

Por medio de estudiar la Biblia con un testigo cristiano de Jehová, alguien pudiera llegar a reconocer que lo que hace para ganarse la vida viola principios bíblicos. Esto le presenta un verdadero problema. Pudiera serle muy difícil encontrar otro trabajo. El renunciar a su empleo y luego empezar otro trabajo pudiera resultar en salarios más bajos y en perder beneficios de seguro, salud y jubilación.

CÓMO RESISTIR LA PRESIÓN

Algo que ayuda a resistir la presión hacia transigir con la esperanza de asegurarse uno su subsistencia es una evaluación apropiada de las cosas materiales. En Hebreos 13:5, se da este estímulo: “Que su modo de vivir sea exento del amor al dinero, estando contentos con las cosas presentes.” El que uno esté contento con su ‘sustento y con qué cubrirse’ hará que se preocupe menos en cuanto a las pérdidas que pudiera sufrir por tener que conseguir otro trabajo. (1 Tim. 6:8)

También, el que uno se contente con tener las cosas necesarias le suministrará un más extenso campo de trabajo del cual escoger. Aunque solo pudiera obtener empleo de poca paga, no debería negarse a aceptar tal trabajo simplemente por tenerlo a menos. Uno hasta debería estar dispuesto a probar formas de trabajar para uno mismo que pudieran parecer muy serviles a los ojos de otros.

Sin embargo, lo más valioso como ayuda para resistir la tentación hacia transigir cuando uno se ve bajo presión económica es fe inmovible en que Jehová puede proveer para los que lo aman. Después de recalcar la actitud correcta para con las cosas materiales,

Hebreos 13:5, 6 continúa así: “[Dios] ha dicho: ‘De ningún modo te dejaré y de ningún modo te desampararé.’ De modo que podemos tener buen ánimo y decir: ‘Jehová es mi ayudante; no tendré miedo. ¿Qué puede hacerme el hombre?’”
Aunque los hombres hagan que uno pierda un trabajo, no pueden impedir que Jehová Dios conteste la petición: “Danos hoy nuestro pan para este día.” (Mat. 6:11) La pérdida de ciertas ventajas materiales no tiene que significar la pérdida de la subsistencia de uno.

Jesucristo, de hecho, comprometió a su Padre a cuidar de los que ponen en primer lugar los intereses espirituales y fielmente se adhieren a la norma de Dios de lo que es correcto. Dijo: “Nunca se inquieten y digan: ‘¿Qué hemos de comer?’ o ‘¿qué hemos de beber?’ o ‘¿qué hemos de ponernos?’ Porque todas éstas son las cosas en pos de las cuales las naciones van con empeño. Pues su Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas. Sigan, pues, buscando primero el reino y Su justicia, y todas estas otras cosas les serán añadidas. Por lo tanto, nunca se inquieten acerca del día siguiente.”—Mat. 6:31-34.

En armonía con las palabras de Jesús, hacemos bien en tener presente que cada día tiene sus propios problemas. Por eso uno no debe aumentar estos problemas con preocupación indebida acerca del día siguiente. ¡Pues, uno no puede estar absolutamente seguro de que siquiera estará vivo para ver el día siguiente!

Nada en la presente esfera humana tiene permanencia real alguna. Las enfermedades, los accidentes y la muerte pueden efectuar rápidos cambios que pueden alterar toda la rutina de vida de uno. El mundo de la humanidad ciertamente es muy semejante a un escenario, en el cual las escenas cambian en sucesión rápida.

Es tal como el apóstol Pablo escribió a los corintios: “La escena de este mundo está cambiando.” (1 Cor. 7:31) Por supuesto, en la mayoría de los casos se está vivo al día siguiente. Sin embargo, el preocuparse innecesariamente por lo que el día siguiente haya de traer no va a mejorar las cosas. Si uno es siervo de Jehová, puede estar seguro de que su Dios le hará posible enfrentarse con buen éxito a los problemas de la vida.

Pero ¿qué hay si la presión se hace tan grande que amenaza la mismísima existencia de uno? En ese caso aplicaría la admonición de Jesucristo que se encuentra en
Mateo 10:28: “No se hagan temerosos de los que matan el cuerpo mas no pueden matar el alma; sino, más bien, teman al que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en el Gehena.”
Aunque la proscripción o la persecución pusiera en peligro el medio de subsistencia de un cristiano, todavía fracasaría en cuanto a la vida si transigiera. Podría obtener alivio temporal de una situación extremada. Pero podría perder su título a la vida e ir a la destrucción eterna.

Si sucediera que pereciera al ejecutarse el juicio divino o muriese antes de ese tiempo como persona desleal a Dios y Cristo, perdería el derecho a esperar una resurrección de entre los muertos, con la vida eterna en mira. Por otra parte, la persona que muere como guardadora de integridad tiene asegurada una resurrección de entre los muertos.

Ningún hombre puede impedir que Dios restaure a la vida a ese individuo. Prescindiendo de lo severas que parezcan ser las cosas, la mano de Jehová no está acortada. Su registro como Proveedor para su pueblo garantiza eso.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Enero de 1977. Para ampliar el tema lea "¿Debería usted orar?". Ambos publicados por los testigos de Jehová.