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martes, 5 de agosto de 2014

¿Por qué fue tan sobresaliente la integridad de Job?

“¡Hasta que expire no quitaré de mí mi integridad!” (JOB 27:5.)

JOB fue un hombre sobresaliente en la historia. No solo disfrutaba de gran abundancia de bienes, sino del respeto de sus contemporáneos por ser un juez y un patriarca compasivo. La Biblia dice de él que “llegó a ser el más grande de todos los orientales”. (Job 1:3; 29:12-25.) Él figura, junto a Noé y Daniel, como un hombre de gran justicia. (Ezequiel 14:14, 20.) La Biblia también pone a Job como un ejemplo digno de ser imitado por los cristianos, lo que demuestra que él fue un personaje real de la historia. (Santiago 5:11.)

Job vivió en la tierra de Uz, en lo que hoy es Arabia. Aunque no era israelita, era un adorador de Jehová, hecho al que el propio Jehová llama la atención de Satanás. El que Dios dijera “no hay ninguno como él en la tierra, un hombre sin culpa y recto”, pone de manifiesto que para esa época no había ningún otro siervo destacado de Dios. (Job 1:8.)

Por consiguiente, la prueba que Satanás le impuso a Job debió transcurrir durante el tiempo en que los israelitas, primos lejanos de Job, fueron esclavos en Egipto, es decir, algún tiempo después del 1657 a. E.C. —fecha en que murió José, otro hombre notable que mantuvo integridad— y antes que Moisés iniciara su carrera de integridad a Dios.

Moisés debió ser el escritor del libro de Job. Pero ¿cómo pudo él saber de la prueba de Job? Bueno después que Moisés se vio obligado a abandonar a Egipto en 1553 a. E.C. se estableció en Madián, cerca de la tierra de Uz. (Éxodo 2:15-25; Hechos 7:23-30.) Para ese tiempo, Job todavía estaría viviendo los 140 años de vida adicionales con los que Dios le había bendecido. (Job 42:16.) Posteriormente, Moisés pudo haberse enterado de los últimos años de la vida de Job y de su muerte cuando, casi al final de los 40 años de vagar por el desierto, pasó por la tierra de Uz.

El conocimiento limitado de Job
Cuando Job fue probado, siendo que aún no se había escrito ninguna parte de la Biblia, tenía un conocimiento limitado de Dios y de su propósito. Job, no obstante, pudo haber sabido de los tratos de Jehová con Abrahán, Isaac, Jacob y José, debido a que seguramente era descendiente de Nacor, hermano de Abrahán, por el primogénito de Nacor: Uz. Además, el hermano de Uz fue Betuel, padre de Rebeca la esposa de Isaac y bisabuelo de José. (Génesis 22:20-23.)

Job debió atesorar todo cuanto él pudo llegar a saber sobre la relación que Jehová sostuvo con Abrahán y sus descendientes, y su principal deseo fue agradar a Jehová. Así, Job llegó a ser un hombre de integridad sobresaliente, un hombre intachable y completamente dedicado a Jehová.

Poco después de la muerte de José en Egipto, la integridad de Job fue objeto de controversia en los cielos invisibles entre Jehová Dios y Satanás. Job no sabía que su integridad había llegado a ser una cuestión controvertida. Es particularmente este desconocimiento de las causas de su sufrimiento lo que hace tan sobresaliente su integridad inquebrantable. Jehová hizo que Moisés registrara los detalles de la controversia sobre la integridad de Job para el beneficio de todos sus siervos de la posteridad.

La cuestión sobre la integridad de Job
El libro de Job descorre el velo de la región invisible, y se nos da una vista de una asamblea de ángeles que se llevó a cabo en el cielo ante Jehová Dios. En ella Jehová le recuerda a Satanás, que también está presente, que “no hay ninguno como Job en la tierra, un hombre sin culpa y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. (Job 1:8.) Es evidente que en torno a la integridad de Job hay una cuestión latente. Pero no es una cuestión nueva. Esta ya estuvo implícita cuando Satanás apartó de Dios a Adán y Eva y, prácticamente, dijo: ‘Sólo dame una oportunidad y podré apartar a cualquiera de servirte’. (Génesis 3:1-6.)

Durante esta reunión formal en el cielo, Satanás se ve obligado a ofrecer sugerencias sobre el porqué de la integridad de Job. Dice: “¿Ha temido Job a Dios por nada? ¿No has puesto tú mismo un seto protector alrededor de él y alrededor de su casa y alrededor de todo lo que tiene en todo el derredor? Pero, para variar, sírvete alargar la mano —dice Satanás en desafío—, y toca todo lo que tiene, y ve si no te maldice en tu misma cara”. (Job 1:9-11.)

Jehová acepta el desafío y demuestra su plena confianza en la integridad de Job al responderle a Satanás: “¡Mira! Todo lo que tiene está en tu mano. ¡Solo que contra él mismo no alargues la mano!”. (Job 1:12.) Satanás ataca a Job sin demora. Una incursión sabea arrebata 1.000 reses vacunas y 500 asnas que eran propiedad de Job y da muerte a todos sus servidores menos a uno. Luego, Satanás envía fuego desde el cielo que devora a 7.000 ovejas y a los servidores que las cuidaban, dejando a un solo sobreviviente.

Satanás prosigue y ocasiona que tres partidas de caldeos se apoderen de 3.000 camellos de Job y den muerte a su servidumbre, dejando a uno solo con vida. Por último, Satanás envía un gran viento que da contra la casa donde los diez hijos de Job celebraban un banquete y la derriba, ocasionando la muerte de todos ellos. En rápida sucesión, los sobrevivientes de cada uno de estos desastres corren ante Job para informarle de las terribles noticias. (Job 1:13-19.)

¡Cuántas calamidades! Aun si Job hubiera entendido de quién provenían, hubieran sido difíciles de soportar. ¡Pero él no conocía su origen! Ignoraba que era el centro de una controversia que había surgido en el cielo y que Jehová estaba usándolo para demostrar que había personas capaces de mantener integridad a pesar de todo el sufrimiento injusto que Satanás pudiera acarrearles. Desconsolado, y hasta pensando que Dios en cierto modo era responsable de sus pérdidas, Job dijo:

“Jehová mismo ha dado, y Jehová mismo ha quitado. Continúe siendo bendito el nombre de Jehová”. No hay duda, “en todo esto Job no pecó, ni atribuyó nada impropio a Dios”. (Job 1:20-22.)

¡Qué humillación sufrió Satanás cuando en otra asamblea de ángeles Jehová tuvo que recordarle con referencia a Job: “Todavía está reteniendo firmemente su integridad”! Pero Satanás no se dio por vencido. Planteó el desafío en otros términos, diciendo que si se le da la oportunidad de herir a Job en su misma carne, Job maldecirá a Dios en su propia cara. Jehová permite la prueba porque confía en la integridad de su siervo aun hasta ese extremo, pero advierte a Satanás que no toque la vida de Job.

De modo que Satanás se fue “e hirió a Job con un divieso maligno desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza”. (Job 2:1-8.) Job queda reducido a tan miserable y repugnante estado que sus familiares y amigos lo abandonan, y antiguos conocidos se burlan de él. (Job 12:4; 17:6; 19:13-19; 30:1, 10-12.)

¡Pero aún le espera otro golpe! La fe de la esposa de Job se debilita. Viene a él y le dice: “¿Todavía estás reteniendo firmemente tu integridad? ¡Maldice a Dios y muere!”. Él le responde: “Como habla una de las mujeres insensatas, tú también hablas. ¿Aceptaremos solamente lo que es bueno de parte del Dios verdadero, y no aceptaremos también lo que es malo?”. Como dice el relato: “En todo esto Job no pecó con sus labios”. (Job 2:9, 10.) Cuando recordamos que a Job se le había ocultado la causa de todo este sufrimiento, ¡cuán verdaderamente sobresaliente resulta su integridad!

Otra forma de ataque
Pero Satanás aún no había terminado. Hace que vengan a Job tres hombres tenidos por sabios, que le conocían personalmente o habían oído de su reputación como “el más grande de todos los orientales”. Deben ser bastante mayores que Job. (Job 1:3; 15:10; 32:6.) Dos de estos hombres son parientes lejanos. Elifaz el temanita es descendiente de Abrahán por Temán, un nieto de Esaú, y Bildad el suhita es descendiente de Súah, un hijo de Abrahán. (Job 2:11; Génesis 36:15; 25:2.)

La ascendencia de Zofar es incierta. En apariencia, estos tres hombres venían a consolar a Job, pero en realidad Satanás iba a valerse de ellos con el fin de socavar su integridad. Satanás esperaba que estos “consoladores” —como hacen los interrogadores políticos del día moderno que, simulándose amigos, socavan la lealtad de un prisionero y lo convierten en enemigo de su propio gobierno— pusieran a Job en contra de Dios. (Job 16:2, 3.)

Al llegar a donde estaba Job, los tres visitantes pasaron siete días y siete noches observando en silencio el insoportable dolor que Job sufría y su estado de extrema humillación. (Job 2:12, 13.) Por fin Elifaz, probablemente el mayor, tomó la palabra y fijó el rumbo y el tema general de un debate que se desarrollaría en tres turnos de réplicas y contrarréplicas. El discurso de Elifaz, así como los discursos de sus compañeros que le siguieron después, se componía principalmente de acusaciones.

Después que cada uno de sus acusadores hablaba, Job intervenía para refutar sus argumentos. En el tercer turno del debate Zofar ya no intervino, probablemente porque pensaba que no tenía nada más que añadir. Por consiguiente, Zofar sólo intervino dos veces, mientras que Elifaz y Bildad lo hicieron tres veces cada uno.

Los discursos de Elifaz son los más largos, y el lenguaje que usa es un tanto benigno. Bildad es más mordaz, pero Zofar le sobrepasa. Los argumentos de estos tres hombres son taimados, pensados de tal modo que facilitan el propósito de Satanás de quebrantar la integridad de Job. Incluyen con frecuencia en sus discursos hechos verídicos, pero en un contexto y con una aplicación equivocados.

Esta es la misma táctica que Satanás usó en contra de Jesús. Valiéndose de la cita bíblica que dice que un ángel de Dios protegería a su siervo de sufrir daño alguno, Satanás invitó a Jesús a demostrar que era el hijo de Dios instándole a que se arrojara desde el almenaje del templo. (Mateo 4:5-7; Salmo 91:11, 12.) Job se vio sometido a razonamientos satánicos similares durante un período prolongado de tiempo.

En su primer discurso, Elifaz arguye que las dificultades que Job experimenta son la retribución de Dios por sus pecados. Le dice: “¿Quién que sea inocente ha perecido jamás? Conforme a lo que yo he visto, los que idean lo que es perjudicial y los que siembran la desgracia, ellos mismos la siegan”. (Job 4:7, 8.) Elifaz prosigue y afirma que Dios no confía en sus siervos. Dice: “En sus siervos él no tiene fe, y a sus [ángeles] imputa tener faltas. ¡Cuánto más a los que moran en casas de barro!”. (Job 4:18, 19.)

Bildad toma el relevo en el discursar violento, en la diatriba. “Si fueras puro y recto —le dice—, para ahora él despertaría para ti y ciertamente restituiría tu justo lugar de habitación”. Bildad alude a cómo el papiro y las cañas se secarían sin agua y presenta una razonable conclusión al decir que así ocurre con “todos los que olvidan a Dios”. Pero, ¡cuán equivocado estaba Bildad al aplicar esta ilustración a Job y añadir: “La mismísima esperanza de un apóstata perecerá”! (Job 8:6, 11-13.)

Los comentarios de Zofar son aun más duros. ‘¡Oh que Dios hablara y te dijera lo que piensa!’, es en síntesis lo que él le dice. ‘Dios sabe lo que has hecho. Y te está castigando con mucho menos de lo que mereces. Líbrate de tus pecados y abandona la maldad, y así tendrás seguridad y recuperarás a tus amigos.’ (Job 11:4-6, 14-20.)

En el segundo turno del debate, Elifaz continúa su ataque contra la integridad de Job. ‘Si Dios no confía ni siquiera en sus ángeles, ¡cuánto menos en alguien como tú! Un hombre inicuo siempre tiene dificultades.’ (Job 15:14-16, 20.)

Bildad, enfurecido por la inquebrantable resistencia de Job ante sus argumentos pasa a decirle: ‘Tu luz se extinguirá. Toda memoria de tu existencia desaparecerá. Eso es lo que les ocurre a los que olvidan a Dios’. (Job 18:5, 12, 13, 17-21.)

Zofar, aludiendo a la prosperidad que Job antes tenía, le dice: ‘¿No sabes que el clamor gozoso de los inicuos es breve y que el regocijo de un apóstata es solo por un momento? El cielo pone al descubierto los pecados del inicuo’. (Job 20:4, 5, 26-29.)

Elifaz da comienzo al tercer turno del debate, diciendo: ‘¿Puede algún hombre serle de utilidad a Dios? Aun si fueses intachable, ¿sacaría Dios algún provecho de ello? Vuélvete a Dios y corrige tus pasos. Entonces serás restaurado’. (Job 22:2, 3, 21-23.) Bildad da fin a la diatriba. Le pregunta: ‘¿Quién sobre la tierra puede jactarse de ser limpio?’. Y añade: ‘Dios es tan glorioso que aun la luna y las estrellas palidecen ante él. ¡Cuánto más el hombre que solo es un gusano a sus ojos!’. (Job 25:2-6.)

Job habla en su defensa, y es corregido
A pesar de sus terribles sufrimientos, Job no cede por un momento ante los argumentos engañosos de sus atormentadores. En su defensa, él razona que si el sufrimiento que padece es un castigo de Dios por sus pecados: ‘¿Por qué siguen viviendo los inicuos mismos, y envejecen y también se hacen superiores en riqueza?’. (Job 21:7-13.)

Contrario a lo que los acusadores de Job han dicho, Jehová valora a quienes mantienen integridad y cuya conducta sirve de respuesta a la provocación de Satanás, quien afirmó que podría apartar de servir a Dios a cualquier persona. (Proverbios 27:11; Salmo 41:12.) Job está seguro de su propia integridad, y exclama: “¡Hasta que expire no quitaré de mí mi integridad!”. (Job 27:5.) No, él no ha hecho nada por lo cual merezca todo cuanto le ha ocurrido.

El joven Elihú ha seguido atentamente todo el desarrollo de este extenso debate. Ahora toma la palabra para decirles a los falsos consoladores de Job que nada de lo que han dicho demuestra que Job sea pecador. (Job 32:11, 12.) Luego, dirigiéndose a Job, Elihú le dice: “Tus palabras seguí oyendo: ‘Soy puro, sin transgresión; limpio soy, y no tengo error. ¡Mira! Él halla ocasiones para oposición a mí, me tiene por enemigo suyo’. En esto no has tenido razón”. (Job 33:8-13; 6:29; 13:24, 27; 19:6-8.)

Job había demostrado demasiado interés en vindicarse a sí mismo. Pero al mismo tiempo, nunca condenó a Dios ni perdió su confianza en que Dios haría lo que es recto.

Se empieza a preparar una tormenta mientras Elihú termina su intervención... desde la tempestad de viento resuena la voz de Jehová: “¿Quién es éste que está oscureciendo el consejo con palabras sin conocimiento? Cíñete los lomos. Déjame interrogarte, y tú dame informe”. Después de escuchar a Jehová, Job reconoce que ha hablado a la ligera, sin un completo conocimiento de causa, y se arrepiente “en polvo y cenizas”.

Luego Jehová sentencia a Elifaz y a sus dos compañeros y le dice a Job que interceda por ellos. Posteriormente, Job es restaurado y bendecido con siete hijos y tres hermosas hijas, aparte de recibir el doble de cuanto ganado había tenido antes. Job vivió por 140 años más y murió “viejo y satisfecho de días”. (Job 38:1-4; 42:1-17.)

¡Job verdaderamente fue un sobresaliente hombre de integridad! No tuvo medio de saber que había sido el blanco del inicuo desafío de Satanás. Esto realza su integridad mucho más, pues aunque creyó que sus sufrimientos provenían de Dios, no negó a Dios ni lo maldijo. ¡Qué lección para nosotros que sí sabemos de dónde se originan las situaciones que ponen a prueba nuestra integridad!

Ciertamente, debemos sentirnos impulsados a imitar el ejemplo de Job y a seguir adelante en nuestro servicio a Jehová, prescindiendo de lo que el Adversario de Dios pueda traer contra nosotros.

Artículo publicado en la revista ¡La Atalaya! del 01 de Marzo de 1986. Escuche la emocionante lectura "¡Hasta que expire no quitaré de mí mi integridad!

jueves, 5 de junio de 2014

Mantengamos un espíritu de sacrificio (Segunda parte)

El mal ejemplo del rey Saúl

8. ¿Con qué actitud comenzó Saúl su reinado, y cómo la demostró?

Lo que le ocurrió al rey Saúl nos sirve de advertencia. Es un ejemplo claro de que el egoísmo puede corroer nuestro espíritu de sacrificio. Saúl comenzó su reinado con una actitud modesta y humilde (1 Sam. 9:21). No quiso castigar a los israelitas que murmuraron contra su nombramiento, aunque podía haberse sentido en su derecho porque Dios mismo lo había hecho rey (1 Sam. 10:27). El rey Saúl aceptó la guía del espíritu de Dios al dirigir al pueblo en su lucha contra los ammonitas, y luego reconoció humildemente que el mérito de la victoria que obtuvieron era de Jehová (1 Sam. 11:6, 11-13).

9. ¿Cómo se volvió egoísta Saúl?

Con el tiempo, Saúl dejó que el orgullo y el egoísmo se abrieran paso en su interior, tal como hace el óxido corrosivo en el hierro. Cuando derrotó a los amalequitas, prefirió satisfacer sus deseos a obedecer a Jehová. Decidió quedarse con el botín en vez de destruirlo como Dios había ordenado. Y fue tan arrogante que hasta se hizo construir un monumento (1 Sam. 15:3, 9, 12). Cuando el profeta Samuel le dijo que a Jehová le había desagradado su conducta, Saúl trató de justificarse. Se centró en la parte del mandato que sí había cumplido y culpó a otros de su error (1 Sam. 15:16-21). Además, el orgullo lo llevó a preocuparse más por lo que la gente pensara de él que por su amistad con Dios (1 Sam. 15:30). ¿Cómo podemos usar este relato como un espejo que nos ayude a mantener un espíritu de sacrificio?

10. ¿Qué nos enseña el mal ejemplo de Saúl?

Primero, el mal ejemplo de Saúl nos enseña que no debemos confiarnos. Que hayamos tenido un espíritu de sacrificio en el pasado no significa que lo seguiremos teniendo automáticamente (1 Tim. 4:10). Recordemos que Saúl empezó bien y que, durante algún tiempo, contó con el favor divino. Pero no desarraigó los deseos egoístas que comenzaron a surgirle. Finalmente, Jehová lo rechazó por su desobediencia.

11. ¿Cómo evitaremos caer en el mismo error de Saúl?

Segundo, aprendemos que no debemos centrarnos solo en lo que estamos haciendo bien y pasar por alto los aspectos en los que tenemos que mejorar. Eso sería como mirarnos al espejo y fijarnos solo en la ropa nueva que llevamos puesta sin darnos cuenta de que tenemos la cara manchada. Aunque no seamos tan orgullosos como llegó a ser Saúl, tenemos que cuidarnos de toda inclinación que nos pueda llevar a caer en su mismo error. Cuando se nos dé un consejo, no tratemos de justificarnos, quitarle importancia al problema o culpar a otros. A diferencia de Saúl, aceptémoslo de buena gana (lea Salmo 141:5).

12. ¿Cómo puede ayudarnos el espíritu de sacrificio si hemos cometido un pecado grave?

Ahora bien, ¿qué podemos hacer si hemos cometido un pecado grave? A Saúl le preocupaba demasiado su reputación, y eso le impidió recuperarse en sentido espiritual. No sigamos su mal ejemplo. El espíritu de sacrificio puede impulsarnos a buscar la ayuda que necesitamos superando la vergüenza (Prov. 28:13; Sant. 5:14-16).

Cierto hermano comenzó a ver pornografía a los 12 años y continuó viéndola a escondidas por más de diez años. Él explica: “Fue difícil confesárselo a mi esposa y a los ancianos. Pero ahora que lo he hecho, siento que me he quitado un enorme peso de encima. Algunos de mis amigos se decepcionaron cuando dejé de ser siervo ministerial; sentían que les había fallado. Aun así, sé que ahora Jehová está más contento con mi servicio que cuando veía pornografía, y lo que él piense es lo único que de verdad importa”.

El buen ejemplo de Pedro

13. ¿Cómo sabemos que Pedro tuvo que luchar con inclinaciones egoístas?

El apóstol Pedro manifestó un espíritu de sacrificio mientras Jesús lo estuvo preparando (Luc. 5:3-11). No obstante, tuvo que luchar con inclinaciones egoístas. Por ejemplo, se indignó cuando los apóstoles Santiago y Juan intentaron asegurarse lugares prominentes junto a Jesús en el Reino de Dios. Tal vez pensó que le correspondía uno de esos lugares, pues Jesús había dicho que él cumpliría un papel especial (Mat. 16:18, 19). En cualquier caso, Jesús les advirtió a Santiago, Juan y Pedro, y al resto de los apóstoles, que no fueran egoístas, que no trataran a sus hermanos con aires de superioridad (Mar. 10:35-45).

14. ¿En que volvio a fallar Pedro?

A pesar de aquella corrección, Pedro volvió a dejarse vencer por el egoísmo. Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles que lo abandonarían por un tiempo, Pedro rebajó a los demás y se engrandeció a sí mismo asegurando que solo él sería leal (Mat. 26:31-33). No debió confiarse tanto, pues aquella misma noche falló, no demostró tener un espíritu de sacrificio. En un intento por protegerse a sí mismo, negó a Jesús tres veces (Mat. 26:69-75).

15. ¿Por qué nos anima el ejemplo de Pedro?

A pesar de sus luchas y tropiezos, Pedro nos dejó un ejemplo muy animador. Con esfuerzo y con la ayuda del espíritu santo, fue capaz de mantener a raya sus tendencias egoístas y demostrar autodominio y amor abnegado (Gál. 5:22, 23). Aguantó pruebas que pudieran parecer más duras que aquellas en las que había fallado. Por ejemplo, cuando Pablo lo reprendió en público, Pedro reaccionó con humildad (Gál. 2:11-14). Y no le guardó rencor pensando que aquella reprimenda había dañado su reputación. Al contrario, siguió considerándolo su amado hermano (2 Ped. 3:15). Su ejemplo puede ayudarnos a cultivar un espíritu de sacrificio.

16. ¿Cómo podemos demostrar un espíritu de sacrificio en momentos difíciles?

16 ¿Cómo reaccionamos en momentos difíciles?

Cuando Pedro y los demás apóstoles fueron encarcelados y azotados por predicar, se regocijaron “porque se les había considerado dignos de sufrir deshonra a favor del nombre de Jesús” (Hech. 5:41). Nosotros también podemos ver la persecución como una oportunidad de imitar a Pedro y seguir los pasos de Jesús demostrando un espíritu de sacrificio (lea 1 Pedro 2:20, 21). Además, esa actitud nos ayudará si alguna vez los ancianos tienen que corregirnos. Recordemos el ejemplo de Pedro y no nos ofendamos (Ecl. 7:9).

17 ¿Qué preguntas podríamos hacernos respecto a nuestras metas?

El ejemplo de Pedro también nos anima a ponernos metas espirituales. Al esforzarnos por alcanzarlas, nos será muy útil tener un espíritu abnegado. Pero ¡cuidado! Nunca dejemos que nos motive el deseo de prominencia. Preguntémonos: “¿Por qué quiero servir más de lleno a Jehová? ¿Es porque deseo reconocimiento de los demás o más autoridad, como al parecer deseaban Santiago y Juan cuando hicieron su solicitud a Jesús?”.

18 ¿Qué debemos hacer si detectamos indicios de egoísmo en nuestro corazón?

Si detectamos indicios de egoísmo en nuestro corazón, pidámosle a Jehová que corrija nuestro modo de pensar y sentir, y entonces esforcémonos por darle gloria a él, no a nosotros mismos (Sal. 86:11). Podríamos ponernos metas que no nos conviertan en el foco de atención. Por ejemplo, podríamos cultivar algún aspecto del fruto del espíritu en que debamos mejorar. O si nos preparamos muy bien para nuestras asignaciones en la plataforma pero le damos poca importancia a limpiar el Salón del Reino, podríamos ponernos la meta de seguir el consejo de Romanos 12:16.

19. ¿Qué podemos hacer para no desanimarnos cuando nos miramos en el espejo de la Palabra de Dios?

Cuando nos miramos con cuidado en el espejo de la Palabra de Dios y encontramos algún defecto —como indicios de egoísmo—, tal vez nos desanimemos. Si esto ocurre, pensemos en el hombre de la ilustración de Santiago al que le fue bien. Santiago no mencionó cuánto tardó en resolver los problemas que vio, ni tampoco si logró solucionarlos todos. Lo que sí dijo es que aquel hombre persistió en la ley perfecta de Jehová (Sant. 1:25).

Recordó lo que había visto en el espejo y se esforzó por mejorar. ¿Qué aprendemos? Que debemos mantener un punto de vista positivo y equilibrado de nosotros mismos y nuestras imperfecciones (lea Eclesiastés 7:20). Sigamos profundizando en la ley perfecta y esforcémonos por mantener un espíritu de sacrificio. Jehová nos quiere ayudar, tal como ha ayudado a tantos hermanos nuestros que, a pesar de ser imperfectos, tienen su favor y bendición.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Marzo del 2014. Para conocer mas acerca de los primeros cristianos lea: "Testimonio cabal del Reino de Dios", también disponible en audio libro. Ambos editados y distribuidos por los testigos de Jehová.

viernes, 23 de mayo de 2014

Siguió adelante pese a los golpes de la vida (Segunda parte)

“Tus propios hijos no han andado en tus caminos”

La siguiente vez que aparece Samuel en el relato, ya ha envejecido y necesita ayuda para escuchar las causas del pueblo. Por eso, nombra jueces a sus dos hijos: Joel y Abías. Pero estos no hacen honor al nombre de su padre. En vez de seguir su ejemplo, abusan de su autoridad, cometen injusticias y aceptan sobornos (1 Samuel 8:1-3).

Un día, los ancianos de Israel presentaron la siguiente queja a Samuel: “Tus propios hijos no han andado en tus caminos” (1 Samuel 8:4, 5). ¿No sabía Samuel lo que hacían sus hijos? El registro no lo indica. Pero seguro que tras ver lo que hizo Jehová con Elí por ser permisivo y honrar a sus hijos más que a Dios, Samuel se esforzó por ser un padre irreprensible (1 Samuel 2:27-29). Y, de hecho, Jehová no halló falta en la conducta del profeta.

El relato tampoco dice lo que sintió Samuel al enterarse del mal comportamiento de sus hijos. Pero muchos padres saben lo vergonzoso y descorazonador que eso puede ser. Hoy es común que los hijos se rebelen contra sus padres. La falta de respeto y sumisión se ha convertido en una verdadera plaga (2 Timoteo 3:1-5).

¿Sufre usted a causa de un hijo que ni oye consejos ni responde a la disciplina? En tal caso, hallará consuelo y guía al analizar la forma de actuar de Samuel. Él se mantuvo fiel, sin desviarse ni un milímetro de su camino. Recuerde: las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Así que nunca subestime la influencia que su ejemplo de fidelidad puede ejercer en su hijo. Además, su propio Padre, Jehová, se sentirá orgulloso de usted por su conducta leal.

“Nómbranos un rey”


Jamás se imaginaron los hijos de Samuel los efectos que su ambición produciría en otras personas. Tras señalar su mala conducta, los ancianos le pidieron al profeta: “Nómbranos un rey que nos juzgue, sí, como todas las naciones”. ¿Tomó esto Samuel como un rechazo a su persona? Después de todo, llevaba décadas juzgando al pueblo en representación de Jehová.

Y ahora ellos querían que los gobernara un monarca, no un simple profeta como él. Estaban cansados de ser el único país de la región que no tenía su propio rey. Pues bien, ¿qué le pareció a Samuel dicha petición? El relato dice: “Aquella cosa fue mala a [sus] ojos” (1 Samuel 8:5, 6).

Samuel expuso el problema a Jehová, quien le contestó: “Escucha la voz del pueblo en cuanto a todo lo que te digan; porque no es a ti a quien han rechazado, sino que es a mí a quien han rechazado de ser rey sobre ellos”. Así Jehová le hizo ver que no había razón para que se sintiera ofendido, pues era a Él a quien el pueblo había insultado.

Entonces, mediante el profeta, Jehová les advirtió a los israelitas que tener un monarca les saldría caro. Pero ellos no dieron su brazo a torcer e insistieron: “No, sino que un rey es lo que llegará a haber sobre nosotros”. Cuando Dios les eligió uno y mandó a Samuel a ungirlo, este obedeció, como siempre había hecho (1 Samuel 8:7-19).

Pero ¿obedeció esta vez de mala gana? ¿Permitió que la desilusión envenenara su corazón? Más de uno se ha amargado en situaciones parecidas, pero no Samuel. Reconociendo que Dios había seleccionado a Saúl para gobernar al pueblo, lo ungió y hasta lo besó, demostrándole así que lo recibía con agrado y que le ofrecía su lealtad. Además, les señaló a los israelitas: “¿Han visto al que Jehová ha escogido, que no hay ninguno como él entre todo el pueblo?” (1 Samuel 10:1, 24).

Samuel siempre mantuvo una actitud positiva. En vez de fijarse en los puntos débiles del hombre a quien Dios había elegido, se centró en sus virtudes. Y en vez de amargarse por no contar con la aprobación de aquella gente caprichosa, se concentró en el fiel servicio que le había ofrecido a Dios desde hacía tantos años (1 Samuel 12:1-4).

Además, siguió cumpliendo con su comisión, pues advirtió a la nación de los peligros espirituales que la amenazaban y la animó a permanecer leal a Jehová. Sus palabras conmovieron tanto a los israelitas que le pidieron que orara por ellos.

A esto, Samuel respondió: “Es inconcebible, por mi parte, pecar contra Jehová cesando de orar a favor de ustedes; y tengo que instruirles en el camino bueno y recto” (1 Samuel 12:21-24).

¿Alguna vez le han concedido a otra persona un puesto o privilegio que esperaba recibir usted? ¿Se sintió decepcionado? Si imitamos a Samuel, jamás dejaremos que echen raíces en nuestro corazón los celos ni la amargura. Recordemos que Dios le concede a cada uno de sus siervos fieles la oportunidad de realizar muchas tareas gratificantes.

“¿Hasta cuándo estarás de duelo por Saúl?”

Saúl en verdad poseía virtudes muy valiosas. No le faltaba ni coraje ni ingenio y su porte era imponente. Además, al menos en sus comienzos, fue un hombre modesto y sin pretensiones (1 Samuel 10:22, 23, 27). Y, como todos, contaba con el precioso don del libre albedrío, o sea, la capacidad de elegir por sí mismo el curso de su vida y tomar sus propias decisiones (Deuteronomio 30:19). ¿Usaría bien ese don?

Lamentablemente, la gloria y el poder suelen anular las buenas cualidades de los hombres, y la primera que desaparece es la modestia. En poco tiempo, Saúl se hizo arrogante. En lugar de obedecer las órdenes divinas que Samuel le transmitió, se impacientó y ofreció un sacrificio, labor que le correspondía únicamente al profeta.

Por eso, Samuel lo reprendió y le anunció que la corona no pasaría a sus descendientes. Pero en vez de corregirse, Saúl desobedeció a Dios de forma aún más descarada (1 Samuel 13:8, 9, 13, 14).

Jehová le había ordenado mediante Samuel que guerreara contra los amalequitas, destruyera sus posesiones y ejecutara a Agag, su malvado rey. Sin embargo, Saúl le perdonó la vida al rey y conservó lo mejor del botín. Al corregirlo, Samuel pudo darse cuenta de lo mucho que Saúl había cambiado.

Lejos de aceptar con humildad la disciplina, se puso a discutir con el profeta, justificándose y tratando de minimizar su error. ¡Hasta le echó la culpa al pueblo! Una de sus excusas fue que había tomado lo más selecto del rebaño para sacrificarlo a Jehová.

Cuando escuchó esto, Samuel le contestó: “Obedecer es mejor que un sacrificio”. Sin ningún temor, le comunicó al rey la sentencia divina: su reino le sería arrancado y alguien mejor que él ocuparía su lugar (1 Samuel 15:1-33).

Samuel estaba tan apenado por las faltas de Saúl que se pasó toda una noche clamando a Jehová, y más adelante se puso de duelo por él. ¡Qué desilusionado lo debieron hacer sentir su arrogancia y su desobediencia a Jehová! Y pensar que cuando lo conoció tenía tanto potencial...

Ya no quiso volver a verlo jamás. Al notar que el asunto lo tenía tan consternado, Jehová le llamó la atención, diciéndole: “¿Hasta cuándo estarás de duelo por Saúl, en tanto que yo, por otra parte, lo he rechazado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno de aceite y anda. Te enviaré a Jesé el betlemita, porque entre sus hijos me he provisto un rey” (1 Samuel 15:34, 35; 16:1).

Para cumplir su voluntad, Jehová no depende de seres humanos imperfectos, quienes pueden ser hoy leales y mañana no. Si alguien escogido por él lo traiciona, busca a otro. Así que Samuel dejó de lamentarse por Saúl y se dirigió a la casa de Jesé en Belén para ungir al nuevo rey. Allí vio que Jesé tenía varios hijos que a primera vista parecían ser buenos candidatos.

No obstante, Jehová se encargó de recordarle: “No mires su apariencia ni lo alto de su estatura [...]. Porque no de la manera como el hombre ve es como Dios ve, porque el simple hombre ve lo que aparece a los ojos; pero en cuanto a Jehová, él ve lo que es el corazón” (1 Samuel 16:7). Por fin, le trajeron a David, el más joven de los hijos, y ese resultó ser el elegido.

Antes de culminar su vida, Samuel pudo ver que la decisión de reemplazar a Saúl con David había sido acertada. Saúl se hacía cada vez más perverso, convirtiéndose en un apóstata dominado por los celos y el odio asesino. En cambio, David dejaba ver hermosas cualidades: valor, integridad, fe y lealtad.

La fe de Samuel se fortaleció aun más durante sus últimos días. Comprobó que Jehová nos puede ayudar a reponernos de cualquier desilusión y a superar nuestras dificultades, y que puede convertir los golpes y sinsabores de la vida en bendiciones.

Tras la muerte de Samuel, el pueblo entero lloró su ausencia. Y no es de extrañar, pues por casi un siglo se labró un intachable historial de fiel servicio. Aún hoy, los siervos de Dios hacen bien en preguntarse: “¿Imitaré yo la fe de Samuel?”.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Enero de 2011. Analice el vídeo "El regreso del hijo pródigo". Ambos editados por los testigos de Jehová.

jueves, 22 de mayo de 2014

Siguió adelante pese a los golpes de la vida (Primera parte)


Ejemplos de fe

EN UN solo día, la guerra contra los filisteos se había cobrado la vida de 30.000 israelitas. Y eso sin contar las 4.000 bajas de un combate anterior. El pueblo de Siló estaba anegado en lágrimas. Incontables niños y mujeres lloraban la pérdida de sus seres queridos: padres, esposos, hermanos e hijos que jamás volverían a casa. Tales muestras de dolor tuvieron que haber afectado profundamente al profeta Samuel (1 Samuel 4:1, 2, 10).

Esta desgracia es parte de una serie de trágicos sucesos. Todo comenzó cuando Hofní y Finehás, los malvados hijos del sumo sacerdote Elí, llevaron el arca del pacto —símbolo de la presencia divina— desde Siló hasta el campo de batalla.

Al parecer, los israelitas pensaban que tenerla con ellos les aseguraría la victoria. Pero aquel cofre, que solía guardarse en un lugar sagrado del tabernáculo (la tienda que servía de templo), no era un simple amuleto. Los filisteos vencieron a los israelitas, tomaron el Arca y mataron a los hijos de Elí (1 Samuel 4:3-11).

Hacía siglos que el Arca había honrado con su presencia a Siló. Por eso, al enterarse de que estaba en manos de los filisteos, Elí —quien ya tenía 98 años de edad— se cayó de su silla y murió. Y su nuera, que acababa de enviudar, también falleció ese mismo día dando a luz. Sus últimas palabras fueron: “La gloria se ha ido de Israel al destierro”. Así es: sin el arca del pacto, la gloria de Siló quedaría en el olvido (1 Samuel 4:12-22).

Todo aquello debió de ser un duro golpe para Samuel. Pero su fe no podía fallarle ahora. Su deber era ayudar al pueblo a recuperar el favor y la protección de Jehová. Puesto que nosotros también estamos expuestos a sufrir desilusiones y golpes en la vida, veamos qué podemos aprender del ejemplo de Samuel.

Defendió la justicia


Tras la historia que acabamos de leer, la Biblia pasa a contarnos el castigo que sufrieron los filisteos por tomar el Arca y cómo se vieron obligados a devolverla. Cuando reaparece el profeta en escena, ya han transcurrido veinte años de eso (1 Samuel 7:2). ¿Qué hizo durante todo ese tiempo? No hay que adivinarlo.

La Biblia dice que, en el período anterior a la guerra, “la palabra de Samuel continuó llegando a todo Israel”, lo cual indica que el profeta había estado instruyendo al pueblo constantemente (1 Samuel 4:1). Y tras la guerra siguió haciendo lo mismo.

En 1 Samuel 7:15-17 leemos que tenía la costumbre de visitar las mismas tres ciudades año tras año para solucionar las disputas de sus habitantes y darles instrucciones. Luego regresaba a Ramá, donde tenía su hogar. No hay duda, entonces, de que durante esos veinte años se mantuvo, como siempre, muy ocupado.

El mal ejemplo de los hijos de Elí —hombres corruptos e inmorales— había erosionado la fe del pueblo. Como resultado, muchos se entregaron a la idolatría. Tras veinte años de labor y afán, Samuel les dijo a sus hermanos israelitas: “Si con todo su corazón están volviéndose a Jehová, quiten de en medio de ustedes los dioses extranjeros y también las imágenes de Astoret, y dirijan su corazón inalterablemente a Jehová y sírvanle solo a él, y él los librará de la mano de los filisteos” (1 Samuel 7:3).

Lo cierto es que “la mano de los filisteos” estaba oprimiendo sin compasión al pueblo. Como el ejército israelita había sido prácticamente destrozado, sus enemigos pensaban que podían abusar de ellos con impunidad. Y ahora Samuel les presentaba la posibilidad de regresar a Jehová y recuperar la libertad.

¿Lo escucharon? Sí, pues se deshicieron de sus ídolos y “empezaron a servir solo a Jehová”. El profeta, sin duda muy complacido, los congregó a todos en Mizpá, una ciudad que quedaba en la región montañosa al norte de Jerusalén. Allí ayunaron y le demostraron a Jehová que estaban arrepentidos de su idolatría (1 Samuel 7:4-6).

Pero los filisteos vieron aquella reunión como una oportunidad para aplastar a los adoradores de Jehová, así que fueron contra ellos. Cuando los israelitas supieron del peligro que los amenazaba, se aterrorizaron y le pidieron a Samuel que clamara a Jehová por ayuda. Este accedió y acompañó su oración de una ofrenda quemada.

Aún no había terminado de hacer el sacrificio cuando los filisteos atacaron la ciudad. Pero Jehová escuchó el clamor de su pueblo e hizo que el cielo “tronara con gran estruendo [...] contra los filisteos”, con lo que provocó una gran confusión (1 Samuel 7:7-10).

Sin embargo, los filisteos eran guerreros curtidos en fieras batallas; no eran niños, que con un simple trueno corren a la falda de sus madres. Aun así, huyeron por sus vidas. ¿Qué los asustó tanto? Tal vez el “gran estruendo” retumbó en las colinas, o quizá provino de un cielo despejado. En cualquier caso, aquel acto sobrenatural convirtió a los depredadores en presas. Los israelitas salieron de Mizpá y persiguieron a los filisteos por kilómetros y kilómetros hasta llegar al suroeste de Jerusalén (1 Samuel 7:11).

La batalla de Mizpá marcó un antes y un después en la historia de Israel. Durante el resto de los días que Samuel sirvió de juez, los israelitas siguieron ganando terreno y recuperaron muchas de las ciudades que los filisteos habían conquistado (1 Samuel 7:13, 14).

Siglos más tarde, el apóstol Pablo incluyó a Samuel entre los jueces y profetas que “efectuaron justicia” (Hebreos 11:32, 33). Así es, Samuel contribuyó a que se hiciera lo que era justo y recto a los ojos de Jehová.

Y lo logró porque, en lugar de dejarse vencer por las dificultades, siguió realizando su labor mientras esperaba con paciencia a que Jehová enderezara los asuntos. Además, demostró ser una persona agradecida. Tras la victoria en Mizpá, levantó un monumento para recordar lo que Dios había hecho a favor del pueblo (1 Samuel 7:12).

Si queremos hacer lo que es justo a los ojos de Jehová, tenemos que ser pacientes, humildes y agradecidos, como lo fue Samuel. ¿Y quién no tiene necesidad de cultivar esas cualidades? A Samuel le fue muy útil desarrollarlas cuando todavía era un hombre joven, pues en su vejez afrontó pruebas y desilusiones mucho más graves.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Enero de 2011. Para complementar el tema analice el libro: "Ejemplos de fe". Ambos publicados por los testigos de Jehová.

martes, 18 de febrero de 2014

No mire “a las cosas que deja atrás” (Segunda parte)

Si notamos que estamos empezando a pensar demasiado en oportunidades “desaprovechadas”, haríamos bien en imitar a Pablo. ¿Cómo? Apreciando lo que ahora tenemos. Ciertamente, nuestra relación con Jehová y nuestro historial de fidelidad tienen un valor incalculable (Heb. 6:10). Además, lo que este mundo pueda ofrecernos no tiene ni punto de comparación con el inmenso valor de las bendiciones espirituales de que disfrutamos hoy y las que llegarán en el futuro (léase Marcos 10:28-30).

¿Cómo podemos seguir fielmente adelante? Unos versículos después, el propio Pablo explicó cómo lo lograba él: “Olvidando las cosas que quedan atrás, y extendiéndome hacia adelante a las cosas más allá” (Fili. 3:13). El apóstol destacó dos pasos que son imprescindibles. Primero, olvidar las cosas que dejamos atrás, en lugar de malgastar nuestro valioso tiempo y energías preocupándonos en exceso por el pasado. Y segundo, “extendernos” hacia adelante para alcanzar nuestro objetivo, como si fuéramos atletas que están cruzando la línea de llegada.

El ejemplo de otros siervos fieles de Dios —de tiempos antiguos o modernos— también puede ayudarnos a seguir hacia delante sin detenernos a mirar las cosas que dejamos atrás. Pensemos en Abrahán y Sara, quienes abandonaron un estilo de vida cómodo en la ciudad de Ur. La Biblia explica que, “si [...] hubieran seguido acordándose de aquel lugar de donde habían salido, habrían tenido la oportunidad de volver” (Heb. 11:13-15). Pero no lo hicieron. Otro caso es el de Moisés. Cuando se fue de Egipto por primera vez, dejó atrás mucho más de lo que ningún otro israelita dejó después. Pero no hay registro de que añorara aquello a lo que renunció. Al contrario, “estimaba el vituperio del Cristo como riqueza más grande que los tesoros de Egipto”. ¿Por qué? “Porque miraba atentamente hacia el pago del galardón.” (Heb. 11:26.)

LAS MALAS EXPERIENCIAS

Por supuesto, no todas las experiencias de la vida nos dejan un buen recuerdo. Tal vez nuestra conciencia aún sienta el terrible peso de pecados o errores del pasado (Sal. 51:3). También puede ser que estemos resentidos porque alguien nos ha corregido (Heb. 12:11). O quizá consideremos que fuimos víctimas de alguna injusticia y no dejemos de pensar en ello (Sal. 55:2). Sea cual sea nuestro caso, ¿cómo impedir que los sucesos del pasado acaparen toda nuestra atención? Veamos tres posibles casos.

Errores. El apóstol Pablo se consideraba “menos que el más pequeño de todos los santos” (Efe. 3:8). Él mismo declaró el motivo: “Porque perseguí a la congregación de Dios” (1 Cor. 15:9). No es difícil imaginar lo mal que se sentiría cada vez que se encontrara con algún hermano al que antes había maltratado. Sin embargo, no permitió que los malos recuerdos lo agobiaran; más bien, centró sus pensamientos en la bondad inmerecida que Dios le había manifestado (1 Tim. 1:12-16).

Su agradecimiento se reflejaba en el entusiasmo con el que cumplía su ministerio. En efecto, entre las cosas que el apóstol se propuso olvidar estuvieron sus pecados anteriores. ¿Por qué no hacemos nosotros lo mismo? Si nos concentramos en la misericordia que Jehová nos ha mostrado y no dejamos que nos consuman los remordimientos por errores que ya no hay forma de cambiar, podremos concentrar todas nuestras fuerzas en la obra que Jehová nos ha encomendado.

Corrección. ¿Recibimos en el pasado alguna disciplina o consejo firme? Seguir mirando atrás con resentimiento no solo es doloroso, sino que puede desmoralizarnos (Heb. 12:5). Sea que despreciemos de entrada el consejo, o sea que nos demos por vencidos después de aceptarlo, el resultado será el mismo: no dejaremos que nos beneficie y nos refine. Es mucho mejor seguir esta exhortación de Salomón: “Ásete de la disciplina; no la sueltes. Salvaguárdala, pues ella misma es tu vida” (Pro. 4:13). Debemos hacer lo mismo que los buenos conductores al ver una señal en la carretera: aceptar la indicación, aplicarla y seguir adelante (Pro. 4:26, 27; léase Hebreos 12:12, 13).

Injusticias. Si hemos sufrido una injusticia —o al menos así nos lo parece—, podríamos sentirnos como Habacuc, quien clamó a Jehová por justicia al no entender por qué permitía ciertas situaciones injustas (Hab. 1:2, 3). ¿Qué haremos en ese caso? Es importante que imitemos la fe de este profeta, quien afirmó: “Me alborozaré en Jehová mismo; ciertamente estaré gozoso en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:18). Al igual que hizo Jeremías, otro profeta de la antigüedad, debemos mantener “una actitud de espera”. Tengamos plena fe en que Jehová, el Dios de la justicia, pondrá todo en su sitio en el momento debido (Lam. 3:19-24).

Vivimos en tiempos muy emocionantes. Están ocurriendo acontecimientos históricos, y aún nos esperan muchos más. Es vital que nos mantengamos al paso de la organización de Jehová. ¿Cómo? Obedeciendo el consejo bíblico de siempre mantener la vista fija hacia adelante, nunca hacia las cosas que dejamos atrás. Así seguiremos el consejo de Jesús: “Acuérdense de la esposa de Lot”.


Artículo publicado el 15 de Marzo del 2012, en la revista "La Atalaya". Para saber mas sobre la vida de los primeros Cristianos lea "Testimonio cabal" del Reino de Dios. También disponible en audio. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.


lunes, 17 de febrero de 2014

“El amor que tenías al principio” (Primera parte)

“Tengo esto contra ti: que has dejado el amor que tenías al principio. Por lo tanto recuerda de qué es que has caído, y arrepiéntete.” (REVELACIÓN 2:4, 5.)

¿ES USTED un testigo de Jehová con muchos años de servicio fiel? Si lo es, ¿cómo se sentiría usted si alguien a quien usted respetara muchísimo le hablara de dicha manera? ¿Se resentiría usted, o pensaría que él ha cometido un error y que se ha equivocado al dirigirse a usted?

Pues bien, hace unos 1.900 años dichas palabras fueron dirigidas a la congregación (eclesia) de Éfeso, Asia Menor, en un mensaje que le dirigió nada menos que el resucitado Jesucristo. Sus palabras tienen que haber causado conmoción en aquella congregación.

 
Los cristianos de Éfeso habían aguantado en el nombre de Jesús y habían resistido la influencia de los apóstatas por más de 40 años (Hechos 18:18, 19; Efesios 1:1, 2). Jesús les dijo: “Conozco tus hechos, y tu labor y perseverancia, y que no puedes soportar a hombres malos, y que pusiste a prueba a los que dicen ser apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos” (Revelación 2:2).
 


Todavía estaban “en la verdad”, como solemos decir. Entonces, ¿cuál era el problema?
Habían perdido ‘el amor que una vez habían tenido’. Ya no servían como al principio, con el mismo fervor de amor cristiano a Jehová. En consecuencia, habían aflojado el paso. Por eso, Jesús les advirtió: “Recuerda de qué es que has caído, y arrepiéntete y haz los hechos de antes”. (Revelación 2:5.)

Esto encierra una advertencia para todos los siervos de Jehová hoy día. Es patente que hasta los que tienen mucha experiencia como cristianos activos pueden llegar a enfriarse. En lo exterior quizás todavía parezcan firmes, pero en su interior quizás hayan perdido el amor profundo que en un tiempo le tenían a Jehová. En una carta a los corintios, Pablo advirtió: “El que piensa que está en pie, cuídese que no caiga” (1 Corintios 10:12). Para ayudarnos a este respecto, veamos cómo los efesios adquirieron su amor y cómo se les ayudó a mantenerlo.

El cristianismo en Éfeso
En el primer siglo de nuestra era común la ciudad de Éfeso era una metrópolis rica y bulliciosa, además de ser el centro de una floreciente adoración a la diosa pagana Artemis (o Diana). La enseñanza de que Jesús era el Mesías de Jehová se oyó por primera vez en aquella ciudad a más tardar en el año 52 E.C., cuando Pablo llegó allí desde Corinto junto con Aquila y Priscila. Pablo mismo no pudo quedarse en la ciudad, pero Aquila y Priscila sí pudieron. Cuando un sobresaliente orador llamado Apolos comenzó a enseñar “con exactitud” acerca de Jesús, esta pareja cristiana le ayudó a aclarar los conceptos erróneos que él tenía sobre el bautismo. Apolos continuó progresando y se convirtió en un ferviente trabajador en la congregación del primer siglo. (Hechos 18:24-28.)

Algunos meses más tarde, Pablo regresó a Éfeso y halló un grupo de unos 12 discípulos que habían sido bautizados en el bautismo de Juan. En respuesta a las palabras de Pablo se volvieron a bautizar. Entonces, por tres meses Pablo predicó en la sinagoga. Pero debido a la indiferencia de la mayoría de los judíos, Pablo y los nuevos discípulos se mudaron a la sala de conferencias de la escuela de Tirano, y allí Pablo comenzó a pronunciar discursos diariamente. (Hechos 19:8-10.)

Entonces comenzó un período de vigorosa actividad en Éfeso. Jehová ejecutó obras poderosas de curación mediante Pablo. Las personas se curaban con solamente tocar las prendas de vestir de él; además, el mensaje que predicaba se esparció por toda aquella región (Hechos 19:11-17). En una carta que escribió en aquel entonces, Pablo dijo lo siguiente a la congregación de Corinto, que se hallaba al otro lado del mar Egeo: “Mas permanezco en Éfeso hasta la fiesta del Pentecostés; porque una puerta grande que conduce a la actividad se me ha abierto, pero hay muchos opositores”. (1 Corintios 16:8, 9.)

Pablo permaneció en Éfeso por más de dos años. Muchas personas aprendieron acerca del amor extraordinario que Jehová había mostrado al enviar a su hijo unigénito para que todos los que ejercieran fe alcanzaran la vida eterna. Aceptaron la verdad y expresaron amor intenso por Jehová y por su Hijo.

Personas que habían practicado artes mágicas “juntaron sus libros y los quemaron delante de todos. Y calcularon en conjunto los precios de ellos y hallaron que valían cincuenta mil piezas de plata. Así de una manera poderosa la palabra de Jehová siguió creciendo y prevaleciendo” (Hechos 19:19, 20). ¡Imagínese el gran testimonio que se dio!
 

La intensidad del amor de los efesios fue sometida a prueba pronto. En Éfeso, muchos plateros ganaban una gran cantidad de dinero haciendo templetes de Artemis. Uno de ellos, llamado Demetrio, consideró que la joven congregación cristiana era una amenaza a la subsistencia de los plateros, y por eso pronunció un discurso que enardeció a sus compañeros de profesión y provocó un motín.

La vida de los cristianos se halló en peligro hasta que el registrador de la ciudad calmó a la muchedumbre (Hechos 19:23-41). Puede que los cristianos hallan tenido otras pruebas semejantes a éstas que no estén registradas en la Biblia, puesto que el apóstol Pablo hace alusión a haber ‘peleado con bestias salvajes en Éfeso’ (1 Corintios 15:32). Sin embargo, el amor fervoroso que los efesios sentían por Jehová los ayudó a perseverar.


Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Junio de 1984. Para leer mas acerca de la vida de los primeros Cristianos lea el libro "Testimonio cabal" del Reino de Dios, también disponible en audiolibro.

viernes, 14 de febrero de 2014

Si Moisés era verdaderamente manso y modesto, ¿cómo pudo escribir que ‘era el más manso de los hombres’?

Preguntas de los lectores

Aunque tal vez no se le haya hecho fácil hacerlo, Moisés pudo escribir esa descripción exacta bajo inspiración de Dios.

Una señal de que la Biblia es inspirada de Dios es la sinceridad de sus escritores. Moisés y otros hombres a quienes Dios utilizó para escribir porciones de las Escrituras escribieron cosas que reflejaron sinceridad extraordinaria.

Por ejemplo, Moisés registró casos de faltas y pecados que cometió su pueblo, incluso los de su propio hermano y su propia hermana (Éxodo 16:2, 3; 17:2, 3; 32:1-6; Levítico 10:1, 2). Moisés tampoco hizo una excepción consigo mismo; francamente reveló sus propios errores, aun aquel que resultó en que Dios lo censurara (Números 20:9-12; Deuteronomio 1:37). Así que era consecuente que Moisés registrara objetivamente un hecho que Jehová evidentemente quería que se incluyera... que Moisés mismo era extraordinariamente manso.

El marco de circunstancias donde se halla esa declaración provee un caso que sirve de ejemplo. En vez de indignarse cuando Míriam y Aarón desafiaron su autoridad, Moisés permitió que Jehová corrigiera la situación.

Moisés prefiguró al Mesías (Deuteronomio 18:15-19). Por lo tanto, cuando Jehová Dios llamó la atención a la mansedumbre de Moisés, Él estaba dando la seguridad de que esta cualidad deseable se hallaría en el Mesías. Cuando leemos los Evangelios, ¿no resulta atrayente la mansedumbre de Jesús, a la vez que nos acerca a él y nos da razón para confiar en él? (2 Corintios 10:1; Hebreos 4:15, 16.)



Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Julio de 1984. Para complementar este tema escuche el Drama bíblico: "El nombre de Jehová será declarado en toda la Tierra" ambos distribuidos por los testigos de Jehová.
 

jueves, 13 de febrero de 2014

No mire “a las cosas que deja atrás” (Primera parte)

“Nadie que ha puesto la mano en el arado y mira a las cosas que deja atrás es muy apto para el reino de Dios.” (LUC. 9:62)

“ACUÉRDENSE de la esposa de Lot.” (Luc. 17:32.)
Esta seria advertencia, dada por Jesucristo hace casi dos mil años, es hoy más importante que nunca. ¿A qué se refería? Para los judíos que lo escuchaban, la lección estaba clara como el agua. Ellos conocían muy bien el relato: mientras huía de Sodoma con su familia, aquella mujer desobedeció la orden de no mirar atrás y se transformó en una estatua de sal (léase Génesis 19:17, 26).

¿Por qué volvió la vista atrás? Pudo ser por curiosidad, por falta de fe, o tal vez porque añoraba lo que dejaba en aquella ciudad (Luc. 17:31). Sea cual sea la razón, pagó su desobediencia con la vida. ¡Murió el mismo día que los depravados habitantes de Sodoma y Gomorra! Con razón dijo Jesús: “Acuérdense de la esposa de Lot”.

Para los cristianos de hoy día, también es vital no mirar atrás. Jesús destacó esta idea cuando cierto hombre le preguntó si antes de hacerse discípulo podía ir a despedirse de su familia. Esta fue su respuesta: “Nadie que ha puesto la mano en el arado y mira a las cosas que deja atrás es muy apto para el reino de Dios” (Luc. 9:62). ¿Fue Jesús demasiado brusco o exigente con él? No. Él sabía que su petición no era más que una excusa para eludir su responsabilidad, y por eso lo comparó a un labrador que “mira a las cosas que deja atrás”. No importa si solo echa un vistazo rápido o si suelta el arado y se gira para mirar; en ambos casos está desatendiendo su obligación y puede dañar su trabajo.

Es de suma importancia que, en lugar de fijar la atención en el pasado, nos concentremos en lo que tenemos delante. La Biblia dice sin rodeos: “En cuanto a tus ojos, directamente adelante deben mirar, sí, tus propios ojos radiantes deben mirar con fijeza directamente enfrente de ti” (Pro. 4:25).

Hay una razón muy poderosa para que los cristianos no miremos hacia las cosas que dejamos atrás. ¿Cuál? Que vivimos en “los últimos días” (2 Tim. 3:1). Lo que se avecina no es la destrucción de dos ciudades depravadas, sino la de todo este mundo malvado. ¿Qué debemos hacer para no caer en el mismo error que la esposa de Lot? Lo primero es identificar qué cosas de nuestro pasado pueden hacer que volvamos la vista atrás (2 Cor. 2:11). Así pues, analicemos tres de ellas y veamos cómo evitar que atraigan nuestra mirada.

LOS VIEJOS TIEMPOS

Uno de los principales peligros es que idealicemos los viejos tiempos. Al pensar en cómo era nuestra vida antes, la memoria puede traicionarnos llevándonos a exagerar los buenos recuerdos y minimizar los problemas del pasado. Esta visión distorsionada del ayer puede hacer que nos invada la nostalgia. Pero la Biblia advierte: “Nunca preguntes por qué todo tiempo pasado fue mejor. No es de sabios hacer tales preguntas” (Ecl. 7:10, Nueva Versión Internacional). Pero ¿por qué es tan peligroso añorar los viejos tiempos?

Pensemos en lo que les sucedió a los israelitas en tiempos de Moisés. Aunque al principio los egipcios los trataban como invitados, tras la muerte de José “pusieron sobre ellos jefes de trabajos forzados con el propósito de oprimirlos mientras llevaban sus cargas” (Éxo. 1:11). De hecho, el faraón ordenó una horrible matanza de niños para impedir que el pueblo de Dios siguiera aumentando (Éxo. 1:15, 16, 22). Tan grave era su situación que Jehová le dijo a Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído el clamor de ellos a causa de los que los obligan a trabajar; porque conozco bien los dolores que sufren” (Éxo. 3:7).

¡Qué inmensa alegría debieron de sentir al ser liberados de su esclavitud! Pensemos en todas las manifestaciones del poder de Jehová de que fueron testigos. Para empezar, habían visto cómo Jehová empleó su poder de forma espectacular y envió diez plagas contra el altivo faraón y su pueblo (léase Éxodo 6:1, 6, 7). En segundo lugar, los egipcios no solo los dejaron salir de Egipto, sino que se lo rogaron, y hasta les entregaron una gran cantidad de oro y plata. Tanto es así que la Biblia afirma que los israelitas “despojaron a los egipcios” de muchas de sus riquezas (Éxo. 12:33-36). Finalmente, tuvieron la alegría de presenciar el fin del faraón y sus soldados en el mar Rojo (Éxo. 14:30, 31). Sin duda, ser testigos presenciales de aquellos emocionantes sucesos fortaleció mucho su fe.

Por eso es tan sorprendente que, poco después de su milagrosa liberación, los israelitas comenzaran a murmurar. ¿De qué? ¡De la comida! Descontentos con lo que Jehová les proporcionaba, exclamaron en son de queja: “¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, de los pepinos y las sandías y los puerros y las cebollas y el ajo! Pero ahora nuestra alma se halla seca. Nuestros ojos no se posan en cosa alguna sino en el maná” (Núm. 11:5, 6). Se habían vuelto tan miopes que pretendían volver al mismo lugar donde antes habían sido esclavos (Núm. 14:2-4). Su obsesión por las cosas que habían dejado atrás los llevó a perder la aprobación de Jehová (Núm. 11:10).

¿Qué nos enseña todo esto? Cuando afrontamos problemas, no debemos idealizar el pasado pensando que la vida que llevábamos, incluso antes de conocer la verdad, era mejor. Claro, no hay nada de malo en que meditemos en nuestros actos para aprender de ellos o que reflexionemos con cariño en los buenos recuerdos. Pero es importante que mantengamos una perspectiva realista. Si perdiéramos el equilibrio, podríamos llegar a sentirnos tan descontentos con nuestras circunstancias que deseáramos volver a nuestra vida anterior (léase 2 Pedro 2:20-22).

LOS SACRIFICIOS DEL PASADO
Lamentablemente, algunos cristianos ven sus sacrificios como oportunidades desaprovechadas. Tal vez renunciaron a cursar estudios avanzados, alcanzar un puesto importante o buscar cierta seguridad económica. O quizás dejaron atrás carreras muy lucrativas en el mundo de los negocios, el espectáculo, la educación o los deportes. Pero ven que ha pasado el tiempo, y el fin todavía no ha llegado. Entonces puede que fantaseen y se pregunten: “¿Adónde habría llegado yo si no hubiera hecho aquellos sacrificios?”.

El apóstol Pablo dejó atrás muchas oportunidades cuando se hizo cristiano (Fili. 3:4-6). ¿Alguna vez se arrepintió de haberlo hecho? Él mismo responde: “Cuantas cosas eran para mí ganancias, estas las he considerado pérdida a causa del Cristo. Pues considero también que todas las cosas son pérdida a causa del sobresaliente valor del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor. Por motivo de él he sufrido la pérdida de todas las cosas y las considero como un montón de basura, a fin de ganar a Cristo” (Fili. 3:7, 8). Tal como nadie añora una bolsa de basura que ha tirado al contenedor, Pablo nunca se arrepintió de haber desechado lo que el mundo le ofrecía. Para él, ya no tenía ningún valor.



Artículo publicado el 15 de Marzo del 2012, en la revista "La Atalaya". Para saber mas sobre la vida de los primeros Cristianos lea "Testimonio cabal" del Reino de Dios. También disponible en audio. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

martes, 11 de febrero de 2014

Moisés y Aarón proclamaron con valor la Palabra de Dios

Hicieron la voluntad de Jehová

Moisés y Aarón proclamaron con valor la Palabra de Dios


IMAGÍNESE la escena: Moisés, de 80 años, y su hermano, Aarón, se hallan ante el hombre más poderoso de la Tierra: el Faraón de Egipto. Para los egipcios, su soberano no es un simple representante de los dioses, sino todo un dios, la encarnación de Horus, deidad con cabeza de halcón que, unida a Isis y Osiris, configuraba la principal tríada de divinidades de Egipto.

Al comparecer ante el Faraón, era imposible no fijarse en una inquietante figura que salía del centro de su corona: la cabeza de una cobra, la cual, según se decía, despedía una llama que devoraba a los enemigos del rey. Pues bien, Moisés y Aarón se han presentado ante este dios-rey con una demanda inusitada: que envíe a los esclavos israelitas a celebrar una fiesta en honor de su Dios, Jehová. (Éxodo 5:1.)

Jehová había predicho que el corazón del monarca se obstinaría. De ahí que Moisés y Aarón no se extrañen de que responda desafiante: “¿Quién es Jehová, para que yo obedezca su voz y envíe a Israel? No conozco a Jehová en absoluto y, lo que es más, no voy a enviar a Israel”. (Éxodo 4:21; 5:2.) De este modo se dispuso el escenario de una dramática confrontación. En la siguiente entrevista con el Faraón, Moisés y Aarón aducirían pruebas innegables de que representaban al Dios verdadero y omnipotente.
 

Ocurre un milagro

En conformidad con las órdenes divinas, Aarón ejecutó un portento que demostró la superioridad de Jehová sobre los dioses de Egipto. Arrojó su vara ante el Faraón y esta se transformó en el acto en una gran serpiente. El monarca, atónito por el milagro, mandó llamar a sus sacerdotes practicantes de magia, quienes, con el auxilio de las potencias demoníacas, consiguieron realizar con sus varas un prodigio semejante.

Suponiendo que el Faraón y sus sacerdotes se recreasen con la escena, la alegría tuvo que ser efímera. Imagínese la cara que pusieron cuando la serpiente de Aarón engulló a las suyas, una tras otra. Todos los presentes pudieron constatar que las divinidades egipcias no se parangonaban con el Dios verdadero, Jehová. (Éxodo 7:8-13.)

Pese a todo, el corazón del Faraón siguió obstinado. Tuvo que padecer diez plagas, o golpes destructivos, enviadas por Dios antes de decir a Moisés y Aarón: “Levántense, salgan de en medio de mi pueblo, tanto ustedes como los demás hijos de Israel, y vayan, sirvan a Jehová, tal como han declarado”. (Éxodo 12:31.)

¿Qué lecciones aprendemos?


¿Qué hizo posible que Moisés y Aarón comparecieran ante el poderoso Faraón de Egipto? En un principio, Moisés reveló que se sentía incapaz, pues afirmó ser “lento de boca y lento de lengua”. Aunque Jehová le garantizó su respaldo, todavía suplicó: “Envía, por favor, por la mano de aquel a quien vas a enviar”, lo que equivalía a rogarle que enviara a otro. (Éxodo 4:10, 13.) Aun así, Jehová se sirvió del manso Moisés y le otorgó la sabiduría y la fortaleza necesarias para cumplir su misión. (Números 12:3.)

En la actualidad, los siervos de Jehová Dios y Jesucristo llevan a cabo el mandato de hacer “discípulos de gente de todas las naciones”. (Mateo 28:19, 20.) Al desempeñar esta comisión, cada uno de nosotros ha de dar buen uso a todo el conocimiento bíblico y las habilidades que tenga. (1 Timoteo 4:13-16.) En vez de centrarnos en nuestras insuficiencias, aceptemos con fe toda labor que nos mande Dios, quien nos capacita y fortalece para hacer su voluntad. (2 Corintios 3:5, 6; Filipenses 4:13.)

Dado que Moisés afrontaba el antagonismo de hombres y demonios, precisaba de ayuda sobrehumana. Por ello, Jehová lo tranquilizó diciéndole: “Mira, te he hecho Dios para Faraón”. (Éxodo 7:1.) En efecto, Moisés contaba con el respaldo y la autoridad de Dios. Imbuido del espíritu de Jehová, no tenía razón para temer al Faraón ni a sus altivos secuaces.
Nosotros, asimismo, debemos valernos del espíritu o fuerza activa de Jehová para efectuar nuestro ministerio. (Juan 14:26; 15:26, 27.) Al contar con el apoyo de Dios, podemos apropiarnos de las siguientes palabras de un cántico de David: “En Dios he cifrado mi confianza. No tendré miedo. ¿Qué puede hacerme el hombre terrestre?”. (Salmo 56:11.)

Jehová se compadeció de Moisés y no lo dejó realizar su misión solo, sino que le dijo: “Aarón tu propio hermano llegará a ser tu profeta. Tú... tú hablarás todo lo que te mande; y Aarón tu hermano se encargará de hablar a Faraón”. (Éxodo 7:1, 2.) ¡Qué considerado y razonable fue Jehová al exigirle a Moisés solo lo que le permitían sus limitaciones!

Dios nos ha dado una hermandad de cristianos que asumen el reto de ser testigos de Jehová, el Dios Altísimo. (1 Pedro 5:9.) Como Moisés y Aarón, proclamemos con valor la palabra de Dios, sin importar qué obstáculos hallemos.


Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Enero de 1996, Puede leer el relato "Las 10 plagas" en "Mi libro de historias bíblicas" (disponible en audio y formato pdf para tablet o impresión) ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

martes, 28 de enero de 2014

Afrontemos con valentía los golpes de la vida


“Dios es para nosotros refugio y fuerza, una ayuda que puede hallarse prontamente durante angustias.” (SAL. 46:1)

VIVIMOS en una época de grandes desgracias. Terremotos, tsunamis, incendios, inundaciones, volcanes, tornados, tifones y huracanes causan estragos en todo el mundo. Además, las personas sufren todo tipo de problemas personales y familiares que las llenan de temor y tristeza. La Biblia lleva mucha razón cuando afirma que a cualquiera nos puede ocurrir un “suceso imprevisto” (Ecl. 9:11).

En conjunto, los siervos de Dios nos hemos enfrentado con valor a todas esas circunstancias difíciles. No obstante, necesitamos estar preparados para lo que pueda venir según se acerca el fin de este sistema. ¿Cómo podemos afrontar los problemas sin dejar que nos abrumen? ¿Qué nos ayudará a sobrellevar con valentía los golpes de la vida?

IMITEMOS A QUIENES AFRONTARON LA VIDA CON VALENTÍA

Aunque los problemas afectan hoy día a más gente que nunca, lo cierto es que existen desde hace milenios. Veamos cómo lograron afrontar los golpes de la vida algunos siervos de Dios de tiempos bíblicos (Rom. 15:4).

En primer lugar, hablemos de David. Entre otras cosas, tuvo que soportar la cólera de un rey, los ataques de sus enemigos, la captura de sus esposas, la traición de sus propios hombres y una enorme angustia emocional (1 Sam. 18:8, 9; 30:1-5; 2 Sam. 17:1-3; 24:15, 17; Sal. 38:4-8). Los relatos bíblicos de su vida reflejan muy bien lo mucho que sufrió. Sin embargo, los problemas no acabaron con su espiritualidad. ¿De dónde sacó las fuerzas? Rebosante de fe, dijo: “Jehová es la plaza fuerte de mi vida. ¿De quién he de sentir pavor?” (Sal. 27:1; léase Salmo 27:5, 10).

Pensemos ahora en Abrahán y Sara. Ambos vivieron la mayor parte de su vida como extranjeros en tiendas de campaña. Y aunque las cosas a veces se ponían difíciles, encararon con decisión problemas como el hambre y los conflictos con naciones vecinas (Gén. 12:10; 14:14-16). ¿Cómo lo lograron? La Palabra de Dios señala que Abrahán “esperaba la ciudad que tiene fundamentos verdaderos, cuyo edificador y hacedor es Dios” (Heb. 11:8-10). En lugar de dejarse arrastrar por el mundo que los rodeaba, los dos se concentraron en el futuro.

Por su parte, Job también soportó presiones muy intensas. Para él debió de ser horrible ver como su vida parecía derrumbarse a su alrededor (Job 3:3, 11). Y lo peor era que no comprendía por qué le estaba ocurriendo todo aquello. Pero nunca se dio por vencido, sino que mantuvo su fe en Dios (léase Job 27:5). ¡Qué gran ejemplo de integridad!

Veamos a continuación el ejemplo de Pablo. Este apóstol atravesó “peligros en la ciudad”, “en el desierto” y “en el mar”. Además, soportó “hambre y sed”, “frío y desnudez”. Incluso dijo que estuvo “una noche y un día [...] en lo profundo”, refiriéndose seguramente a uno de sus varios naufragios (2 Cor. 11:23-27).

Pero siempre manifestó una buena actitud, como lo demuestra lo que dijo tras estar a punto de perder la vida por servir a Dios: “Esto fue para que no tuviéramos nuestra confianza en nosotros mismos, sino en el Dios que levanta a los muertos. De tan grande cosa como la muerte nos libró y nos librará” (2 Cor. 1:8-10). Pocas personas han vivido tantas situaciones extremas como Pablo. No obstante, podemos identificarnos con sus sentimientos y cobrar ánimo al examinar su ejemplo de coraje.

NO DEJEMOS QUE LAS DESGRACIAS NOS ABRUMEN

A mucha gente le abruman los desastres, problemas y presiones del mundo actual. Hasta a algunos cristianos les ocurre. Lani, que servía de tiempo completo junto con su esposo en Australia, recibió como un jarro de agua fría la noticia de que tenía cáncer de mama. Ella recuerda: “Los tratamientos me dejaron muy enferma y con la autoestima por el suelo”. Para colmo, su esposo se sometió a una operación de la columna vertebral y ella tuvo que cuidarlo. ¿Qué podemos hacer si nos vemos en una situación parecida?

No olvidemos que Satanás se vale de los problemas que tenemos para atacar nuestra fe. No permitamos que nos robe la alegría de vivir. Proverbios 24:10 advierte: “¿Te has mostrado desanimado en el día de la angustia? Tu poder será escaso”. Si reflexionamos en ejemplos bíblicos como los que hemos analizado, podremos afrontar con valentía los golpes de la vida.

Por supuesto, no es realista esperar que nunca nos ocurra nada malo; más bien es al contrario (2 Tim. 3:12). Hechos 14:22 asegura que “tenemos que entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones”. Pero en vez de tirar la toalla, debemos ver los problemas como oportunidades de demostrar valor y fe en la ayuda divina.

Necesitamos concentrarnos en cosas positivas. La Palabra de Dios explica: “Un corazón gozoso tiene buen efecto en el semblante, pero a causa del dolor del corazón hay un espíritu herido” (Prov. 15:13). Hace mucho que los científicos conocen los beneficios físicos del optimismo. Muchos de los pacientes a los que se les administra un placebo mejoran simplemente porque creen que están recibiendo un medicamento real.

De hecho, también se ha demostrado la existencia del efecto contrario, conocido como nocebo: los pacientes empeoran simplemente porque alguien les dijo que el fármaco que estaban tomando les perjudicaría. Si nos obsesionamos con situaciones que no podemos cambiar, solo conseguiremos desanimarnos.

La buena noticia es que Jehová nunca nos da simples “placebos”. Cuando sufrimos una desgracia, nos fortalece de manera real con su Palabra, con nuestra amorosa hermandad y con el espíritu santo. Recurriendo a estas tres ayudas, recuperaremos las fuerzas.

Por tanto, en lugar de seguir dándole vueltas a lo negativo, tomemos medidas prácticas para afrontar cada problema y concentrémonos en las cosas buenas de nuestra vida (Prov. 17:22).

En los últimos años, varios países han sufrido desastres muy graves, y los cristianos que viven allí han manifestado un aguante admirable. A principios de 2010 se produjeron en Chile un potente terremoto y un tsunami que arrasaron las viviendas de numerosos hermanos.

Muchos de ellos perdieron sus posesiones, y algunos, su medio de vida. Pero su espiritualidad se mantuvo intacta. Samuel, quien perdió su hogar, aseguró: “A pesar de esta situación tan dura, mi esposa y yo nunca dejamos de ir a predicar y a las reuniones. Creo que eso nos ayudó a no desesperarnos”. Junto con muchos otros, siguieron adelante sirviendo a Jehová.

En septiembre de 2009, las lluvias torrenciales inundaron más del 80% de Manila, la capital de Filipinas. Cierto hombre adinerado que perdió mucho en el desastre dijo: “Las inundaciones nos han puesto a todos al mismo nivel; ricos y pobres estamos padeciendo los mismos problemas”. Esto nos recuerda el sabio consejo de Jesús: “Acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni polilla ni moho consumen, y donde ladrones no entran por fuerza y hurtan” (Mat. 6:20).

Quienes dedican la vida a conseguir cosas materiales —que tan rápido se esfuman— suelen acabar desilusionados. Es mucho mejor centrarnos en cuidar nuestra relación con Jehová, una posesión que no se ve afectada por nada de lo que suceda a nuestro alrededor (léase Hebreos 13:5, 6).

TENEMOS MOTIVOS PARA SER VALIENTES
Jesús avisó a sus discípulos que durante su presencia se producirían problemas, pero luego les dijo: “No se aterroricen” (Luc. 21:9). En efecto, con él como Rey y con el Creador del universo a nuestro lado, tenemos motivos de sobra para ser valientes. Pablo animó a Timoteo con las siguientes palabras: “Dios no nos dio un espíritu de cobardía, sino de poder y de amor y de buen juicio” (2 Tim. 1:7).

Muchos siervos de Dios expresaron su inquebrantable confianza en él. Por ejemplo, David afirmó: “Jehová es mi fuerza y mi escudo. En él ha confiado mi corazón, y se me ha ayudado, de modo que mi corazón se alboroza” (Sal. 28:7). Pablo declaró: “En todas estas cosas estamos saliendo completamente victoriosos mediante el que nos amó” (Rom. 8:37). Y Jesús, al verse ante el peligro, dejó claro que tenía una sólida relación con Dios cuando dijo: “No estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Juan 16:32).

Las palabras de todos ellos evidencian que confiaban por completo en Jehová. Si imitamos su actitud, tendremos valor para hacer frente a cualquier problema (léase Salmo 46:1-3).

JEHOVÁ NOS AYUDA A SER VALIENTES

Los cristianos no somos valientes porque confiemos en nosotros mismos, sino porque conocemos a Dios y nos apoyamos en él. Para ello debemos estudiar su Palabra, la Biblia. Una hermana que padece de depresión explica lo que a ella le ayuda: “Leo una y otra vez los pasajes que más me consuelan”. ¿Y qué hay de la exhortación de dedicar tiempo regularmente a adorar a Dios en familia? ¿Lo estamos haciendo? Si así es, podremos cultivar la actitud del salmista que dijo: “¡Cómo amo tu ley, sí! Todo el día ella es mi interés intenso” (Sal. 119:97).

También disponemos de publicaciones bíblicas que fortalecen nuestra confianza en Jehová. A numerosos hermanos les han ayudado muchísimo las biografías de nuestras revistas. Por citar un caso, una hermana de Asia que sufre trastorno bipolar leyó la historia de un hermano que había sido misionero y que estaba luchando con éxito contra la misma enfermedad. Agradecida, escribió: “Me ayudó a comprender mi problema y me infundió esperanza”.

Además, contamos con una ayuda que está disponible en cualquier situación: la oración. El apóstol Pablo destacó su gran valor cuando dio este consejo: “No se inquieten por cosa alguna, sino que en todo, por oración y ruego junto con acción de gracias, dense a conocer sus peticiones a Dios; y la paz de Dios que supera a todo pensamiento guardará sus corazones y sus facultades mentales mediante Cristo Jesús” (Filip. 4:6, 7).

¿Aprovechamos al máximo esta ayuda para buscar fuerzas cuando las cosas se ponen cuesta arriba? Alex, un joven británico que lucha contra la depresión desde hace mucho, explica: “Hablar con Jehová y escuchar lo que dice a través de su Palabra es para mí un salvavidas”.

Otra ayuda que tenemos a nuestra disposición son las reuniones cristianas. Un salmista escribió: “Mi alma ha anhelado, y también se ha consumido, en su vivo deseo por los patios de Jehová” (Sal. 84:2). ¿Nos sentimos como él? Lani, mencionada anteriormente, cuenta cómo veía las reuniones: “Asistir no era opcional. Sabía que si quería que Jehová me ayudara, tenía que estar allí”.

Predicar las buenas nuevas del Reino también nos ayuda a ser valientes (1 Tim. 4:16). Una hermana de Australia que ha pasado por diversos problemas señala: “Un anciano me invitó a predicar, y aunque en ese momento era lo último que quería hacer, acepté. Y debe de ser que Jehová me estaba ayudando, porque cada vez que salía al ministerio me sentía muy feliz” (Prov. 16:20).

Muchos cristianos han comprobado que, cuando fortalecen la fe de los demás, al mismo tiempo fortalecen la de ellos. Además, alejan de la mente sus problemas y se concentran en “las cosas más importantes” (Filip. 1:10, 11).

Jehová nos ha proporcionado numerosas ayudas para afrontar con valentía los golpes de la vida. Si las aprovechamos, reflexionamos en los relatos de los siervos de Dios e imitamos su ejemplo de valor, podemos estar seguros de que lograremos enfrentarnos con éxito a los problemas que se nos presenten.

A medida que se acerca el fin de este sistema, es posible que nos ocurran cosas negativas, pero podemos hacer nuestras estas palabras del apóstol Pablo: “Se nos derriba, pero no se nos destruye. [...] Por lo tanto no nos rendimos” (2 Cor. 4:9, 16). Mientras tengamos a Jehová de nuestro lado, podemos afrontar con valentía los golpes de la vida (léase 2 Corintios 4:17, 18).

Cuando la vida lo golpee, aproveche las ayudas que nos proporciona Jehová

Artículo de estudio publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Octubre del 2012. También puede descargar el libro: "Ejemplos de fe". Ambos editados por los testigos de Jehová.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Mateo recibe la llamada

Capítulo 27

POCO después de sanar a un paralítico, Jesús sale de Capernaum y va al mar de Galilea. De nuevo vienen muchedumbres a él, y empieza a enseñarles. Al ir caminando, ve sentado en la oficina de los impuestos a Mateo, a quien también llaman Leví. Jesús le extiende la invitación: “Sé mi seguidor”.
Puede que Mateo ya esté familiarizado con las enseñanzas de Jesús, tal como lo habían estado Pedro, Andrés, Santiago y Juan cuando se les llamó. Y como ellos, Mateo responde inmediatamente a la invitación. Se levanta, deja atrás sus responsabilidades de recaudador de impuestos, y sigue a Jesús.

Después, Mateo hace un gran banquete de recepción en su casa, quizás para celebrar su llamamiento. Además de Jesús y sus discípulos, en el banquete están presentes socios anteriores de Mateo. A estos hombres por lo general los desprecian los demás judíos porque recaudan impuestos para las odiadas autoridades romanas. Además acostumbran desplegar falta de honradez al exigir de la gente más dinero que el impuesto regular.

Al ver que Jesús está en el banquete con aquellas personas, los fariseos preguntan a los discípulos de Jesús: “¿Por qué come su maestro con los recaudadores de impuestos y pecadores?”. Jesús, quien oye la pregunta, responde a los fariseos: “Las personas en salud no necesitan médico, pero los enfermizos sí. Vayan, pues, y aprendan lo que esto significa: ‘Quiero misericordia, y no sacrificio’. Porque no vine a llamar a justos, sino a pecadores”.

Parece que Mateo ha invitado a estos recaudadores de impuestos a su hogar para que puedan escuchar a Jesús y recibir curación espiritual. De modo que Jesús se asocia con ellos para ayudarles a conseguir una relación saludable con Dios. Jesús no los desprecia, como lo hacen los fariseos pagados de su propia justicia. Más bien, movido por la compasión, de hecho les sirve de médico espiritual.

Así, el que Jesús muestre misericordia a los pecadores no es una aprobación tácita de los pecados de estos, sino una expresión de la misma ternura que manifestaba para con los que estaban enfermos físicamente.

Por ejemplo, recuerde la ocasión en que él compasivamente extendió la mano y tocó a un leproso, y le dijo: “Quiero. Sé limpio”. Que nosotros también mostremos misericordia ayudando a los necesitados, y especialmente ayudándoles en sentido espiritual. (Mateo 8:3; 9:9-13; Marcos 2:13-17; Lucas 5:27-32.)

Preguntas de repaso

▪ ¿Dónde está Mateo cuando Jesús lo ve?


Mateo se encontraba realizando la recaudación de impuestos.

¿Cuál es el oficio de Mateo, y por qué desprecian otros judíos a estas personas?

Mateo es recaudor de impuestos, los Judios consideran traidores a quienes tienen este oficio porque recolectan los impuestos que exige Roma.

▪ ¿Qué queja expresan algunos contra Jesús, y cómo responde él?

Se quejan resspecto a su asociación con los pecadores. En diversas ocasiones lo culpan de gloton y de beber en exceso. En este aspecto les recuerda que a Juan el bautista lo criticaron por vivir en el desierto, no beber y comer miel silvestre y langostas. Para refutar sus acusaciones les dice que los enfermos necesitan medico.

▪ ¿Por qué se asocia Jesús con pecadores?

Para darles curación de su enfermedad espiritual; claramente menciona: los enfermos necesitan medico. Esto recalca la ncesidad de arepentirse y cambiar de vida para obtener la aprobación de Jehová Dios.


Porción del libro "El hombre más grande de todos los tiempos" descargable en pdf y audio; también puede interesarle el tema: "¿Cúando nació Jésus?".