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viernes, 29 de agosto de 2014

¿Hay algún beneficio en el sufrimiento?

MUCHAS personas se amargan cuando se encaran a intenso sufrimiento. Otras que pasan por la misma experiencia o hasta por peores experiencias llegan a ser más compasivas y tiernas en sus sentimientos para con sus semejantes humanos. De manera similar, hay personas que niegan la existencia misma de Dios cuando son sometidas a dificultades prolongadas, mientras que otras pasan por pruebas severas con fe inquebrantable en el Todopoderoso. ¿Por qué sucede esto?

A menudo las personas se amargan y pierden la fe debido a que se consideran demasiado importantes y no reconocen que son humanos pecaminosos que viven en un mundo que pasa por alto las leyes de Dios. Incorrectamente atribuyen al Todopoderoso las cosas malas de las cuales los hombres son culpables. Por lo tanto, no aprenden nada provechoso de las dificultades y, después que experimentan alivio, quizás reflejen aun más características indeseables que anteriormente.

Para que esto no suceda en nuestro caso, debemos hacer un esfuerzo por beneficiarnos de todo lo que pudiera acontecernos. Para esto se requiere que tengamos el punto de vista correcto en cuanto al sufrimiento humano. El libro bíblico de Lamentaciones ayuda mucho a poner este asunto en la perspectiva correcta.

Mantenga la esperanza
El libro mismo contiene cinco poemas en los que se expresa lamento por la terrible destrucción que le sobrevino a Jerusalén a manos de los babilonios. En el tercer poema, el profeta Jeremías, llevado por el espíritu de Dios, desahoga sus sentimientos intensos y los transfiere a la entera nación en la figura de un hombre físicamente capacitado. (Lamentaciones 3:1.) Aunque Jeremías sufrió junto con la entera nación, la experiencia no lo amargó. Él esperaba con optimismo el tiempo cuando el favor de Dios estaría con Su pueblo de nuevo, y aceptó lo que le ocurrió a la nación como una justa ejecución del juicio divino.

La esperanza de una liberación en el futuro sustentó a Jeremías. Leemos: “Sin falta se acordará tu alma [Jehová mismo] y se inclinará sobre mí. Esto es lo que traeré de vuelta a mi corazón. Por eso mostraré una actitud de espera”. (Lamentaciones 3:20, 21.) No había ninguna duda en la mente de Jeremías de que Jehová con el tiempo miraría con aprobación a Su pueblo arrepentido. Es cierto que ellos habían sido sumamente humillados en derrota completa. Pero Jehová bajaría, por decirlo así, de su alta posición en el cielo para levantarlos de su estado degradado. Con esto presente, Jeremías podía consolar su corazón y esperar con paciencia hasta que Jehová actuara a favor de Su pueblo arrepentido.

Así que, cuando estemos pasando por una experiencia angustiosa, no deberíamos perder la esperanza. Debemos recordar el hecho de que las pruebas tienen un comienzo y también tienen un fin. El Altísimo nunca permitirá que sus siervos fieles sufran indefinidamente junto con las personas que no están dedicadas a él. Por esa razón deberíamos esperar con paciencia hasta que Jehová traiga alivio seguro.

El mismo hecho de que la persona todavía esté viva debería darle razón para tener esperanza. En el tiempo de Jeremías la ciudad de Jerusalén y la tierra de Judá fueron desoladas, y muchos israelitas perecieron. Aun así, hubo sobrevivientes. Esto dio la seguridad de que Dios continuaría mostrándole misericordia a su pueblo. Leemos: “Son los hechos de bondad amorosa de Jehová el que no nos hayamos acabado, porque sus misericordias ciertamente no terminan. Son nuevas cada mañana. Es abundante tu fidelidad. ‘Jehová es la parte que me corresponde —ha dicho mi alma—, por eso mostraré una actitud de espera por él’”. (Lamentaciones 3:22-24.)

Si no fuera por la bondad amorosa de Dios y el interés compasivo en su pueblo, no habría habido ningún sobreviviente entre los israelitas. Pero Jehová Dios sí mostró misericordia. De modo que sus expresiones de misericordia continuarían fluyendo hacia su pueblo y serían renovadas cada mañana. El hecho de que la fidelidad de Jehová es abundante aseguraba que se podía depender de sus misericordias. Estas serían constantes, y nunca débiles ni ineficaces. Puesto que el Altísimo permaneció como la parte que le correspondía —o herencia— a su pueblo, había buena razón para que ellos continuaran a la espera de un cambio en las circunstancias difíciles en las que él les había permitido hallarse debido a su infidelidad.

Cómo esperar con paciencia
¿Qué debería caracterizar a tal espera? El libro de Lamentaciones contesta: “Bueno es Jehová al que espera en él, al alma que sigue buscándolo. Bueno es que uno espere, aun callado, la salvación de Jehová. Bueno le es al hombre físicamente capacitado llevar el yugo durante su juventud. Que se siente solitario y se quede callado, porque él le ha impuesto algo. Que ponga su boca en el mismísimo polvo. Quizás exista una esperanza. Que dé su mejilla al mismísimo que lo golpea. Que tenga suficiente cantidad de oprobio”. (Lamentaciones 3:25-30.)

Note que durante dicho tiempo de aflicción uno debería continuar esperando en Dios con optimismo por alivio, y acercarse más a él. La persona querrá ser paciente y esperar callada o sin quejarse hasta que el Todopoderoso haya traído la liberación o salvación. Por lo tanto, es muy beneficioso el que uno aprenda a llevar un yugo de sufrimiento durante su juventud. ¿Por qué? Porque esto hará que sea mucho más fácil para uno aguantar una experiencia similar más tarde en la vida sin perder la esperanza. El saber que se ha enfrentado a grandes dificultades anteriormente le dará una base para tener la esperanza de que podrá hacerlo de nuevo.

Ahora bien, cuando se le ha impuesto un yugo de aflicción a una persona, esta no debería estar corriendo por todas partes expresando sus quejas. No, más bien, debería sentarse solitaria, como alguien en duelo, y permanecer callada. Debería postrarse con su boca en el mismísimo polvo. Esto significa que debería someterse humildemente a las pruebas que Dios ha permitido que experimente, y debería esperar con optimismo la liberación venidera.

No debería alzarse en rebelión contra sus perseguidores, sino aguantar con paciencia el abuso físico y verbal. Esto nos hace recordar la manera como Jesucristo se comportó. El registro bíblico dice: “Cuando lo estaban injuriando, no se puso a injuriar en cambio. Cuando estaba sufriendo, no se puso a amenazar, sino que siguió encomendándose al que juzga con justicia”. (1 Pedro 2:23.)

Otro punto vital que debemos recordar cuando experimentemos sufrimiento es el hecho de que Dios no aprueba las cosas odiosas que los hombres quizás hagan. Sin embargo, el Altísimo sí permite que ciertas cosas sucedan con un buen propósito en mira. Esto se expresa bien en las siguientes palabras del libro de Lamentaciones:

“Porque Jehová no seguirá desechando hasta tiempo indefinido. Porque aunque haya causado desconsuelo, también ciertamente mostrará misericordia conforme a la abundancia de su bondad amorosa. Porque no de su propio corazón ha afligido ni desconsuela a los hijos de los hombres. El aplastar debajo de los pies de uno a todos los prisioneros de la tierra, el desviar el juicio de un hombre físicamente capacitado delante del rostro del Altísimo, el torcer a un hombre en su causa judicial, no lo ha aprobado Jehová mismo”. (Lamentaciones 3:31-36.)


En el caso de los infieles israelitas, Jehová Dios les permitió sufrir una terrible experiencia a manos de los babilonios. Los desechó hasta el grado de permitir que fueran llevados al exilio. No obstante, lo hizo con un buen propósito en mira, a saber, producir un resto arrepentido de entre los sobrevivientes y su prole. Para con este resto Jehová mostraría misericordia. El Todopoderoso no sintió ningún placer en castigar a los israelitas.

No fue el deseo de su corazón causarles desconsuelo y aflicción al entregarlos en manos de sus enemigos. Jehová no apoyó el terrible trato que estos dieron a su pueblo. Él no miraba con aprobación a los hombres que oprimían a los prisioneros de guerra, a los que negaban al hombre sus derechos dados por Dios ni a los que rehusaban rendir justicia en un caso legal.

Por consiguiente, cuando nosotros suframos en manos de los hombres, no debemos culpar a Dios por los males que los hombres cometan. El Altísimo no aprueba la opresión ni la violencia de ellos. Al fin y al cabo ellos tendrán que responderle por sus hechos malos.

No obstante, la gente pudiera causarse sufrimiento a sí misma. Los israelitas infieles dieron la espalda a Jehová Dios, rechazando su cuidado protector. Entonces, con justicia, él los abandonó a sus enemigos. De modo que no tenían base para quejarse respecto a lo que les había sobrevenido. Esto se enfatiza en la pregunta: “¿Cómo puede un hombre viviente entregarse a quejas, un hombre físicamente capacitado, a causa de su pecado?”. (Lamentaciones 3:39.)

En vez de quejarse, los israelitas deberían haberse vuelto a Jehová con arrepentimiento, suplicándole misericordia. Leemos: “De veras escudriñemos nuestros caminos y explorémoslos, y volvámonos, sí, hasta Jehová. Levantemos nuestro corazón junto con las palmas de nuestras manos a Dios en los cielos: ‘Nosotros mismos hemos transgredido, y nos hemos portado rebeldemente’”. (Lamentaciones 3:40-42.)

En efecto, no era tiempo para quejarse. Era un tiempo para que examinaran cuidadosamente sus caminos, su derrotero en la vida o conducta, y para considerar en lo que habían resultado. Más bien que continuar en sus propios caminos para perjuicio suyo, debían regresar a Jehová y obedecer sus mandatos. Las expresiones exteriores de arrepentimiento —el meramente levantar las palmas de las manos en oración— no era suficiente. Era necesario que se arrepintieran sinceramente de sus transgresiones.

Así que, cuando experimentemos sufrimiento, deberíamos examinar nuestro derrotero en la vida. ¿Nos hemos acarreado problemas nosotros mismos debido a que pasamos por alto la ley de Dios? Si así es, entonces no tenemos base para culpar al Altísimo. Más bien, deberíamos mostrar que nos hemos beneficiado de la dolorosa disciplina mediante abandonar el derrotero incorrecto y volvernos a Dios con arrepentimiento.

Si nos hemos esforzado por llevar una vida recta y aun experimentamos aflicción, no debemos olvidar que Dios no aprueba lo que los inicuos quizás nos hagan. Mientras tanto, deberíamos someternos humildemente a nuestras pruebas, esperando con paciencia y sin quejarnos hasta que Jehová Dios traiga alivio. Nos beneficiaremos si ponemos en práctica el consejo de la Palabra de Dios cuando nos encaremos al sufrimiento.

Jeremías, compositor de Lamentaciones, podía escribir sobre el sufrimiento por experiencia propia. Aprendamos a ser pacientes, a aguantar y a depender completamente de Jehová. Nunca imitemos el proceder odioso del hombre opresivo, sino continuemos siendo bondadosos y compasivos para con nuestro semejante.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de Febrero de 1987. Lea el folleto: "La Biblia y su mensaje". Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

viernes, 22 de agosto de 2014

El Reino ¿es una realidad para usted?

“Mi reino no es parte de este mundo. Si mi reino fuera parte de este mundo, mis servidores habrían peleado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero, como es el caso, mi reino no es de esta fuente.”—Juan 18:36.

HACE más de 2.600 años Isaías, con vista profética, dijo lo siguiente respecto al asunto de gobierno y reino:

“Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; y el gobierno principesco vendrá a estar sobre su hombro. Y por nombre se le llamará Maravilloso Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. De la abundancia del gobierno principesco y de la paz no habrá fin, sobre el trono de David y sobre su reino a fin de establecerlo firmemente y sustentarlo por medio del derecho y por medio de la justicia, desde ahora en adelante y hasta tiempo indefinido. El mismísimo celo de Jehová de los ejércitos hará esto.” (Isa. 9:6, 7)

Siglos antes de que Isaías escribiera eso, nuestro Padre celestial habló figurativamente de este mismo reino y gobierno y de cómo entraría en acción. Encabezado por la ‘descendencia de Su mujer,’ habría de dar un golpe de muerte al archienemigo del gobierno del Reino.—Gén. 3:15.

El Creador del cielo y la Tierra no dejó que esa promesa original muriera. Años después, Jehová dijo a su amigo Abrahán:

“Ciertamente bendeciré a los que te bendigan, y al que invoque mal sobre ti lo maldeciré, y ciertamente se bendecirán por medio de ti todas las familias del suelo.” (Gén. 12:3)

La bendición para “todas las familias del suelo” se realizaría únicamente por medio del cumplimiento de aquella primera promesa, y Abrahán reconoció esto. Por eso, el apóstol cristiano Pablo informa:

“Por fe [Abrahán] residió como forastero en la tierra de la promesa como en tierra extranjera, y moró en tiendas con Isaac y Jacob, herederos con él de la mismísima promesa. Porque esperaba la ciudad [reino] que tiene fundamentos verdaderos, cuyo edificador y hacedor es Dios.” (Heb. 11:9, 10)

Abrahán estaba tan absorto en su esperanza en el gobierno de ese Reino que actuó como extranjero y como residente forastero, aunque estaba residiendo en la Tierra Prometida.

¿Qué punto de vista adoptamos nosotros personalmente acerca de este mundo? ¿Nos vemos como ‘extranjeros’ y ‘forasteros,’ aunque quizás estemos morando en la tierra de nuestro nacimiento con nuestra propia raza? ¿Nos consideran diferentes de otras personas los de nuestra comunidad? ¿Nos ven como personas separadas de las demás? Si no, ¿cuán fuerte es nuestra fe en el gobierno del Reino? ¿Estamos simplemente ‘entremezclándonos’ con nuestra comunidad, o somos amigos de Dios, como lo fue Abrahán?—Sant. 2:23.

Jehová mantuvo viva aquella esperanza dentro de Abrahán por medio de recordarle mucho más tarde:

“Seguramente te bendeciré y seguramente multiplicaré tu descendencia como las estrellas de los cielos y como los granos de arena que hay en la orilla del mar; y tu descendencia tomará posesión de la puerta de sus enemigos. Y por medio de tu descendencia ciertamente se bendecirán todas las naciones de la tierra debido a que has escuchado mi voz.” (Gén. 22:17, 18)

En realidad, por medio de la misma “descendencia” que se menciona en Génesis 3:15 se bendecirían, no solo algunas, sino todas las naciones de la tierra. Sí, y también lo haría todo individuo de esas naciones, sin importar de qué raza fuera, ni si fuera rico o pobre, con tal que reconociera y confesara la importancia de aquella “descendencia.” En realidad, en conformidad con el resultado de las cosas, “todo el que ejerce fe en él no [será] destruido, sino que [tendrá] vida eterna.” Hay oportunidad para que muchos sean súbditos de ese gobierno, si ejercen fe.—Juan 3:16; Hech. 10:34, 35.

¿Cómo sabemos que Jesucristo fue verdaderamente aquella “descendencia” principal de Abrahán? Con franqueza sorprendente, Pablo dice: “Ahora bien, las promesas se hablaron a Abrahán y a su descendencia. No dice: ‘Y a descendencias,’ como si se tratara de muchos, sino como tratándose de uno solo: ‘Y a tu descendencia,’ que es Cristo.” (Gál. 3:16) Entonces, al escribir a los cristianos efesios, el apóstol señala a cómo Jehová maneja los asuntos respecto a la unificación de los discípulos de Jesús bajo Cristo, la prometida “Descendencia” y Rey, y a poner al resto de la humanidad en la Tierra en armonía con Dios mediante Su Hijo. Pablo escribió:

“Es según su beneplácito que él se propuso en sí mismo para una administración al límite cabal de los tiempos señalados, a saber, de reunir todas las cosas de nuevo en el Cristo, las cosas que están en los cielos y las cosas que están sobre la tierra.”—Efe. 1:8-10.

EL GOBIERNO DEL REINO LLEGA A SER LA CUESTIÓN
Antes de residir temporáneamente en la Tierra, “el Cristo” había actuado como la Palabra, Verbo (o Logos), el vocero de nuestro Padre celestial. (Juan 1:1) De modo que Jesús estaba enterado de las profecías registradas en Génesis 3:15 e Isaías 9:6, 7. Estaba al tanto de las palabras dirigidas a Abrahán. (Gén. 12:3; 22:17, 18) Adicionalmente, estaba consciente del hecho de que él sería el que cumpliría las maravillosas promesas relacionadas con la descendencia prometida y con el gobierno del Reino.

Durante la residencia temporal de Jesús en la Tierra y especialmente los tres años y medio de su ministerio, Jesús llamó atención al papel de rey que desempeñaría. De sus labios se oyeron tales expresiones como “el reino de Dios en medio de ustedes está” y “el reino de Dios se ha acercado.” Por medio de sus muchas ilustraciones y parábolas, Jesús llamó atención a ese reino.—Mat. 13:1-52; Mar. 1:14, 15; Luc. 17:21.

Como la persona designada para ser Rey, Jesús también hizo muchas cosas milagrosas. Por medio del poder del espíritu santo, anduvo sobre el agua. Dio vista a los ciegos y oído a los sordos. Jesús sanó a los enfermos y cojos, y devolvió la vida a los muertos. Si tal hombre estuviera hoy día ante un entrevistador de la televisión, ¡imagínese las preguntas que probablemente le dirigirían! ‘¿Es usted el hombre que anduvo sobre el agua? ¿Cómo pudo usted dar vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos? ¿Cómo es posible eso?’ Bueno, cuando se halló ante el “entrevistador” Poncio Pilato, ¿qué hizo Jesucristo?

Sobresalientemente Jesús hizo del Reino la cuestión de importancia. Por decirlo así, Pilato siguió dócilmente a Cristo en esto al continuar con el tema del gobierno del reino y enfatizarlo. Por supuesto, Pilato no pudo hacer otra cosa, debido a la manera diestra en que Jesús manejó los asuntos en aquellas últimas horas de su vida terrestre. Tomemos nuestras Biblias y dirijámonos al capítulo 18, versículo 33, del Evangelio de Juan.

La primera pregunta que Pilato le dirigió a Jesús fue: “¿Eres tú el rey de los judíos?” De modo que, en la mente del gobernador romano, ya se había fijado el tema. Era precisamente el tema con el cual era necesario proseguir aquel día, porque cuando Pilato había preguntado a los judíos qué acusación presentaban contra Jesús, habían dicho: “A este hombre lo hallamos subvirtiendo a nuestra nación y prohibiendo pagar impuestos a César y diciendo que él mismo es Cristo, un rey.” Fue propio, pues, que Pilato preguntara a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”—Luc. 23:1-3.

Si usted hubiese estado en el lugar de Jesús y se le hubiese hecho la misma pregunta, ¿qué respuesta habría dado? En un esfuerzo por conseguir un juicio más ligero, y así posiblemente evitar una sentencia de muerte, ¿habría usted relatado todo lo que hubiera o no hubiera hecho? Para la mayoría de las personas, ése hubiese sido el modo normal de responder, pero no lo fue para Jesús. Él pudiera haber desviado a Pilato del tema del Reino. Pero el gobierno del Reino realmente era el punto en cuestión. A través de las décadas el Reino siempre ha sido la cuestión, y ahora, con el pueblo de Dios del día moderno, la cuestión todavía es el Reino. Lo fue durante la II Guerra Mundial en la Alemania nazi, la Italia fascista, los Estados Unidos, Australia, Canadá y otras partes de la Tierra.

La cuestión ha sido: ¿Qué gobierno es supremo en la vida de la persona?... ¿el del hombre, o el de Dios? En los últimos tiempos, también, la cuestión sigue siendo la misma, sea en Malawi, China, o en cualquier otro país. El principal punto en cuestión no es uno que tenga que ver con transfusiones de sangre ni con ninguna otra prohibición, sino que siempre la cuestión es al fin: ¿Qué gobierno es esencialmente superior en la vida de la persona?

Jesús no contestó directamente la pregunta que le hizo Pilato, sino que respondió:

“Mi reino no es parte de este mundo. Si mi reino fuera parte de este mundo, mis servidores habrían peleado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero, como es el caso, mi reino no es de esta fuente.”

Note que en su breve respuesta Jesús mencionó el Reino tres veces. Esto hizo que Pilato y todos los que estaban escuchando volvieran al tema del gobierno del Reino, puesto que Pilato entonces dijo: “Bueno, pues, ¿eres tú rey?” (Juan 18:36, 37) La escena ya se había fijado firmemente en aquel escenario dramático, y nadie podría pasar por alto la razón por la cual Cristo se hallaba sometido a juicio. Note la sucesión de acontecimientos. Jesús respondió y dijo:

“Tú mismo dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz.”—Juan 18:37.


A estas alturas Pilato dijo a los líderes religiosos y a la chusma judía: “No hallo ningún crimen en este hombre.” Sin embargo, la muchedumbre insistió y le dijo a Pilato que la enseñanza de Jesús acerca del Reino se había esparcido por toda Judea, empezando desde Galilea. En aquel tiempo Herodes Antipas era tetrarca de Galilea y aspiraba al puesto de rey de los judíos. Según el parecer de Pilato, ¿qué pudiera ser más apropiado que el confrontar a Jesús con Herodes, ya que Herodes estaba en Jerusalén en aquella ocasión?

De modo que envió a Jesús a Herodes, quien le interrogó extensamente con la esperanza de que Jesús ejecutara alguna señal. Pero Jesús, el Rey ungido de Jehová, no tuvo el menor deseo de rebajar su dignidad real simplemente para satisfacer la curiosidad de Herodes. Permaneció callado. Sintiéndose frustrado, Herodes, el aspirante a rey, se burló de la dignidad real de Jesús e hizo que sus soldados vistieran a Jesús con una prenda de vestir regia y lo envió de nuevo a Pilato.—Luc. 23:4-11.

Aunque Pilato se hizo amigo de Herodes desde aquel día, eso no benefició a Herodes de modo alguno. De paso, podemos notar el contraste entre el resultado final del asunto de la dignidad real en el caso de Herodes y el de Jesús. La historia relata que, algunos años después, el ambicioso Herodes, al ser incitado por su adúltera esposa, Herodías, fue a Roma y le pidió dignidad real, el puesto de rey, al emperador Calígula. Pero esto airó a César, quien desterró a Herodes a Galia.

Herodes perdió su puesto y también sus riquezas. Jesús, por su parte, había rehusado dejar que lo hicieran rey terrestre. Se había despojado de todo lo que pudiera haber poseído aquí en la Tierra. (Mat. 8:20; Juan 6:15) Se humilló, haciéndose completamente sumiso a la voluntad de Jehová. Le ocasionó gozo cumplir con aquella voluntad y hacer del reino celestial su meta. “Por el gozo que fue puesto delante de él” aguantó toda la indignidad y el tormento que le pudieron imponer sus enemigos, pues sabía que su integridad hasta la muerte lo capacitaría para la gloriosa dignidad real que le esperaba.—Heb. 12:2; Mat. 25:31.

De nuevo Jesús se halló delante de Pilato. Y de nuevo se destacó la cuestión del Reino, puesto que Pilato preguntó a la chusma judía: “¿Desean que les ponga en libertad al rey de los judíos?” Pero el asunto no terminó allí. Los soldados romanos captaron el tema de que había dignidad real y gobierno como cuestión. En burla, hicieron una corona de espinas y tomaron una prenda de vestir exterior de color púrpura y se las pusieron a Jesús. Lo abofetearon a la vez que lo llamaron rey de los judíos. (Juan 18:39-19:3)

No hay nada que indique que Jesús haya tratado de quitarse aquella corona de espinas. Esta permaneció sobre su cabeza, y eso sirvió para hacer resaltar la cuestión de que se trataba. Nadie había de quedar en dudas. Cuando Pilato sugirió a los judíos que ellos mismos tomaran a Jesús y lo fijaran en un madero, ellos, muy astutamente, pero con falsedad, enfocaron el asunto como una infracción de la autoridad gubernamental de Roma, diciendo: “Si pones en libertad a éste no eres amigo de César. Todo el que se hace rey habla contra César.”—Juan 19:12.

Parecía que Pilato estaba sirviendo para el propósito de Dios en aquel día, como Ciro el persa lo había hecho en el pasado. (Compare con Isaías 45:1-7.) Luego Pilato empezó a llevar los asuntos a su culminación al decir: “¡Miren! ¡Su rey!” Ante eso, los judíos insistieron en que Jesús fuera fijado al madero, por lo cual Pilato preguntó: “¿A su rey fijo en un madero?” ¿Cómo respondieron? “No tenemos más rey que César.” (Juan 19:14, 15) En esencia, estas personas mismas estaban testificando acerca de la cuestión por la cual Cristo estaba a punto de ser muerto, y no fue necesario que Jesús dijera una sola palabra. Por boca de la chusma el asunto se estaba enfatizando muy bien.

Finalmente el énfasis sobre la cuestión del gobierno del Reino resaltó cuando Pilato hizo que en el madero de tormento de Jesús se colocara un título escrito en hebreo, latín y griego. Todos los que estaban presentes allí aquel día podían leerlo y no quedarían en duda en cuanto a por qué había acontecido la ejecución en el madero. Este título decía: “Jesús el nazareno el rey de los judíos.” Cuando los sacerdotes principales de los judíos vieron el título, se indignaron y dijeron a Pilato: “No escribas ‘El rey de los judíos,’ sino que él dijo: ‘Soy rey de los judíos.’” No obstante, Pilato respondió: “Lo que he escrito, he escrito.”—Juan 19:19-22.

Los acontecimientos dramáticos de aquel día penoso deberían hacer muy claro a todos los cristianos en qué asunto debería estar concentrada su vida hoy día. Todo siervo dedicado de Jehová debería hacer un examen para determinar cuán real es el Reino para él o para ella ¿Nos vemos como súbditos futuros de ese gobierno? ¿Qué esfuerzos estamos haciendo como apoyadores del gobierno del Reino? ¿Cuán celosa es nuestra actividad en apoyo de ese gobierno? ¡‘Que el Señor esté con el espíritu que manifestemos’ al apoyar el Reino!—2 Tim. 4:22.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Septiembre de 1981. Los testigos de Jehová lo invitan a la asamblea regional: "Sigamos buscando primero el reino de Dios"

viernes, 15 de agosto de 2014

Aprendiendo de un experimento que fracasó (Segunda parte)

La enseñanza acerca de ganarse mérito y favor con Dios mediante actos buenos hizo que muchos fariseos se creyeran muy buenos, que fueran pagados de su propia rectitud, y condenaran a otras personas.

Una parábola que Jesús dio respecto a “algunos que confiaban en sí mismos de que eran justos y consideraban como nada a los demás” declara: “Dos hombres subieron al templo a orar, el uno fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo se puso en pie y oraba para sí estas cosas: ‘Oh Dios, te doy gracias de que no soy como los demás hombres, dados a extorsión, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana, doy el décimo de todas las cosas que adquiero.’” (Luc. 18:9-12)

Como ejemplo de los extremos a los que puede llevar a la gente una actitud como ésta, se cita el siguiente pasaje tomado de antiguos escritos judíos:

“El R[abí] Ezequías dijo en nombre del R[abí] Jeremías: Así dijo el R[abí] Simeón b[en] Yohai: El mundo posee no menos de treinta hombres tan justos como Abrahán. Si hay treinta, mi hijo y yo somos dos de ellos; si hay diez, mi hijo y yo somos dos de ellos; si hay cinco, mi hijo y yo somos dos de ellos; si hay dos, somos mi hijo y yo; si solo hay uno, soy yo.”

Puesto que los fariseos consideraban ritualmente impura a la gente común, evitaban tener contacto estrecho con ella. En el libro The Life and Times of Jesus the Messiah (La vida y tiempos de Jesús el Mesías), Alfred Edersheim explica que el fariseo “se encargaba de no venderle [al individuo ordinario] ningún líquido ni sustancia seca [alimento nutritivo o fruta], de no comprar de él tal líquido, de no ser convidado junto con él, ni hospedarlo como convidado en su propia ropa (debido a la posible impureza de ésta).”

Eso explica por qué los fariseos se oponían a que Jesús ‘comiera con los pecadores y recaudadores de impuestos.’ (Mar. 2:16) Ellos creían que el que se asociaba con personas ritualmente impuras contraía aquella impureza.

JESÚS Y LOS FARISEOS
Para el tiempo en que el Hijo de Dios empezó su ministerio terrestre, los fariseos habían estado en existencia por aproximadamente dos siglos. Eso era suficiente tiempo como para que se viera si su experimento en cuanto a promover la rectitud o justicia por medio de obras buenas tendría buen éxito o no. No lo tuvo. En su Sermón del Monte, Jesús declaró: “Si su justicia no abunda más que la de los escribas y fariseos, de ningún modo entrarán en el reino de los cielos.”—Mat. 5:20.

En sus tratos con los fariseos y sus comentarios acerca de ellos, el Hijo de Dios aclaró lo que la teoría de ellos tenía de incorrecto. Note lo que dijo acerca de los esfuerzos escrupulosos de los fariseos por diezmar: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! porque dan el décimo de la hierbabuena y del eneldo y del comino, pero han desatendido los asuntos de más peso de la Ley, a saber, la justicia y la misericordia y la fidelidad.” (Mat. 23:23)

En los escritos rabínicos se hace referencia a mandamientos “ligeros” (que exigen poco sacrificio personal) y mandamientos “pesados” (que exigen gran esfuerzo). Jesús mostró que los requisitos “de más peso” de Dios tienen que ver con el mostrar verdadero interés en el semejante de uno, tratarlo con justicia, misericordia y fidelidad.

Con referencia a los lavados rituales de las manos y otros rasgos de la limpieza ceremonial, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas’ porque limpian el exterior de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de saqueo e inmoderación. Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa y del plato, para que su exterior también quede limpio.” (Mat. 23:25, 26)

A los fariseos se les había desviado de modo que creían que la impureza se adquiría por contacto con alguna fuente externa de contaminación. Jesús declaró que la verdadera fuente de la impureza es interna. En otra ocasión aclaró aún más el asunto al decir enfáticamente:

“‘¿No se dan cuenta de que nada que de fuera entra en el hombre puede contaminarlo, puesto que no entra en su corazón, sino en sus intestinos, y sale a la cloaca?’ . . . Además dijo: ‘Lo que procede del hombre es lo que contamina al hombre; porque de dentro, del corazón de los hombres, proceden razonamientos perjudiciales: fornicaciones, hurtos, asesinatos, adulterios, codicias, actos de iniquidad, engaño, conducta relajada, el ojo envidioso, blasfemia, altanería, irracionalidad. Todas estas cosas inicuas de dentro proceden y contaminan al hombre.’”—Mar. 7:18-23.

A los ojos de Dios la verdadera fuente de la impureza es el pecado que el hombre ha heredado. (Job 14:4; Sal. 51:5; Rom. 5:12) Ninguna cantidad de lavados rituales ni de otros actos piadosos pueden limpiar al individuo de la contaminación que se debe al pecado. Solo el arrepentimiento y el poner fe en el arreglo de Dios para la cancelación de los pecados por medio de Jesucristo pueden lograr el perdón y la salvación. (Hech. 4:12) Por eso Zacarías, padre de Juan el Bautista, profetizó que Dios estaba a punto de “dar conocimiento de salvación a su pueblo,” no por medio de librarlos de una nación enemiga, sino “por el perdón de sus pecados.”—Luc. 1:77.

A los fariseos no les agradaba aquel mensaje, puesto que ‘confiaban en sí mismos de que eran justos y consideraban como nada a los demás.’ (Luc. 18:9, 10) Pero la piedad de ellos era solamente externa, superficial. No desarraigaba la inmundicia interna manifestada por vicios como las “codicias,” “el ojo envidioso” y la “altanería.” (Mar. 7:22) Los escritos judíos testifican en cuanto a esto. Por ejemplo, leemos del “fariseo shikmi,” que “lleva sus deberes religiosos sobre el hombro (shekem), es decir, ostentosamente.”

También se hace mención del “fariseo nikpi... éste es uno cuyos pies chocan el uno contra el otro” porque anda con exagerada humildad. Además, está el “fariseo kizai,” quien al dar intencionadamente contra la pared y lastimarse “hace que su sangre corra contra las paredes” en los esfuerzos que hace por no mirar a una mujer. Con buena razón Jesús dijo de los escribas y fariseos:

“Todas las obras que hacen las hacen para ser vistos por los hombres; porque ensanchan las cajitas que contienen escrituras que llevan puestas como resguardos, y agrandan los flecos de sus prendas de vestir. Les gusta el lugar más prominente en las cenas y los asientos delanteros en las sinagogas, y los saludos en las plazas de mercado y el ser llamados por los hombres Rabí.”—Mat. 23:5-7

Abundan los hechos históricos que muestran que el experimento de los fariseos para promover la rectitud o justicia por el modo en que observaban los preceptos religiosos y ejecutaban obras de caridad fue un fracaso. No influyó en la mayoría de las personas de modo que se esforzaran por ser piadosas, ni ayudó a los fariseos mismos a llegar a ser mejores personas. Al contrario, influyó en ellos y los llevó a cometer el peor crimen de toda la historia: el asesinato del Hijo de Dios.

Sin embargo, el experimento no careció por completo de utilidad. Preparó la escena para que Jesús antes de su muerte diera su poderoso mensaje respecto al pecado humano y la necesidad de buscar la salvación, no por medio de obras, sino como don gratuito sobre la base de arrepentimiento y fe en el sacrificio expiatorio de Jesucristo. (Isa. 53:5, 10-12; Mat. 20:28; Rom. 10:5-9) ¡Esa lección es una que todos los que están vivos hoy también tienen que aprender!

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Septiembre de 1980. Lea el interesante tema: "¿Qué hará el reino de Dios por usted?". Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

jueves, 14 de agosto de 2014

Aprendiendo de un experimento que fracasó (Primera parte)

DURANTE toda la historia se han hecho numerosos esfuerzos por influir en la gente para que viva de un modo más recto. Llevaron a cabo un experimento de esa clase los fariseos, un grupo de hombres que recibe considerable atención en las inspiradas Escrituras Griegas Cristianas. El experimento que hicieron fracasó.

El término “fariseo” viene de una raíz hebrea que quiere decir “separado,” “distinguido.” Al grupo que se conocía por ese nombre se le menciona por primera vez en escritos históricos que tratan de acontecimientos que ocurrieron en el segundo siglo a. de la E.C. Aunque los fariseos vivían en los mismos lugares que los demás judíos, los extraordinarios esfuerzos que hacían por observar plenamente la ley mosaica los separaba o distinguía de ellos.

A los fariseos se les llegó a conocer especialmente por el hecho de que pagaban diezmos y observaban las reglas de la limpieza ceremonial. La ley que Dios dio a los israelitas por medio de Moisés requería que ellos dieran la décima parte del producto de su tierra, manadas y rebaños. Se empleaba ese diezmo para el sostén del sacerdocio levítico y para otras cosas necesarias relacionadas con la adoración de Dios. (Deu. 14:22, 23)

Los fariseos llegaron al extremo de diezmar hasta las cosas más diminutas, como los frutos de vainas (frijoles, guisantes y otras legumbres), hojas y hierbas aromáticas. No solo daban la décima parte del producto de sus propios campos, sino también de los artículos que adquirían por medio de compra, cambio u otra negociación. (Luc. 11:42; 18:11, 12) Hacían esto por temor de que los dueños originales no hubiesen diezmado los artículos debidamente.

Bajo la ley mosaica, había ocasiones en que la limpieza ceremonial exigía lavados rituales. Esto era especialmente cierto en el caso de los sacerdotes, quienes tenían que estar física y ceremonialmente limpios cuando servían en el santuario de Jehová. (Éxo. 30:17-21; Lev. 21:1-7; 22:2-8) Antes de participar de su porción de las comidas relacionadas con los sacrificios, los sacerdotes tenían que lavarse las manos y los pies en agua.

La mayoría de los fariseos no eran sacerdotes. No obstante, ellos mismos optaron por obligarse a observar las leyes sacerdotales de limpieza ceremonial hasta en los asuntos cotidianos que no estaban relacionados directamente con la adoración. Practicaban el lavado ritual de las manos antes y después de cada comida. Si la comida consistía en varios platos, también se lavaban las manos después de terminar cada plato.

El evangelista Marcos explica: “Los fariseos y todos los judíos no comen a menos que se laven las manos hasta el codo, teniendo firmemente asida la tradición de los hombres de otros tiempos, y, al volver del mercado, no comen a menos que se limpien por rociadura; y hay muchas otras tradiciones que han recibido para tenerlas firmemente asidas: bautismos de copas y cántaros y vasos de cobre.”—Mar. 7:3, 4.

Aunque estos esfuerzos extensos por observar el diezmar y la limpieza ceremonial no violaban la ley escrita de Dios, sí iban más allá de lo que la ley exigía. Es de interés el hecho de que una leyenda rabínica da una descripción en la cual la congregación de Israel dice: “Señor del universo, me he impuesto más restricciones que las que Tú me has impuesto, y las he observado.”

“UNA VALLA” PARA IMPEDIR LA COMISIÓN DE MALES
La resolución de los fariseos de no cometer transgresión contra la ley de Dios, ni siquiera en detalles diminutos, los hizo ir hasta más allá de lo prescrito por ella. El historiador judío Flavio Josefo escribe: “Los fariseos habían pasado al pueblo ciertos reglamentos que las generaciones anteriores habían transmitido y que no estaban registrados en las Leyes de Moisés.” Estos reglamentos incluían una grandísima cantidad de preceptos para la observancia correcta del Sábado o Día de Descanso.

Respecto a aquellos “reglamentos” no bíblicos, el código judío de leyes tradicionales, conocido como La Mishna, declara: “Las reglas acerca del Sábado, Ofrendas Festivas y el Sacrilegio son como si fueran montañas colgadas de un pelo, pues [la enseñanza de] la Escritura [respecto a ellas] es escasa y las reglas muchas.”

¿Cuál era el propósito de tener tantas reglas de conducta? Nos ayuda a penetrar en el porqué de ello la siguiente declaración pronunciada por líderes religiosos judíos antes de la era común: “Sed deliberados en juicio, levantad muchos discípulos, y haced una valla alrededor de la Ley.” La “valla” se refiere a tradiciones que supuestamente impedirían que las personas violaran la ley escrita de Dios. Según la teoría, si uno no cruzaba la valla, nunca sería culpable de trasgredir un decreto que fuera verdaderamente bíblico.

¿Tuvo buen éxito dicho experimento? ¿Logró aquella imponente recopilación de tradiciones orales hacer mejores personas de los israelitas, y de los fariseos en particular?

BUSCANDO EL FAVOR DE DIOS MEDIANTE ACTOS
El dar atención excesiva a reglamentos detallados tuvo un efecto perjudicial. Llevó a la gente a creer que el llegar a ser justo a los ojos de Dios simplemente era asunto de llevar a cabo actos religiosos y caritativos en conformidad con lo prescrito. Se creía que cada acto bueno ganaba “mérito” para uno ante Dios, mientras que con cada acto malo se incurría en “demérito” o “deuda.” Supuestamente, llegaría el día en que Dios sumaría los méritos y las deudas y los compararía para determinar si la persona era justa o inicua.

Los escritos rabínicos dejan ver el grado a que llegó a estar arraigada esta idea cuando hablan del “fariseo calculador, es decir, el que hace un acto bueno y luego un acto malo, poniendo así uno contra el otro.” También se menciona al “fariseo [que exclama constantemente:] ‘¿Cuál es mi deber, para que lo haga?’” Pero, ¿no es eso una virtud? El relato rabínico responde: “No; lo que él dice es: ‘¿Qué otro deber me queda, para que lo haga?’” Estos individuos, que confiaban en sí mismos, creían que habían hecho todo lo necesario para recibir el favor de Dios.

Un joven rico desplegó esa actitud cuando le preguntó a Jesús: “¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?” Después que Jesús le recalcó la importancia de obedecer los mandamientos de la ley escrita de Dios, el hombre respondió: “Todos éstos los he guardado; ¿qué me falta aún?”—Mat. 19:16-20.


Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 01 de Septiembre de 1980. Para leer mas acerca de la vida de Jesucristo lea el libro "El hombre más grande de todos los tiempos". También disponible en audio libro. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.


miércoles, 13 de agosto de 2014

Blanco del ataque soviético (Segunda parte)

Qué logró la deportación
Los soviéticos no tardaron en aprender que suprimir la adoración de estos cristianos les iba a costar mucho más de lo que creían. A pesar de las protestas de sus captores, durante aquel viaje forzado cantaban alabanzas a Dios y exhibían en los vagones el letrero: “Testigos de Jehová a bordo”. Uno de ellos explicó: “En las estaciones ferroviarias del camino encontramos más trenes de deportados cuyos vagones llevaban el letrero”. De este modo recibían mucho ánimo.

Aquellos cristianos no se dejaban vencer por el desánimo y reflejaban el espíritu de los apóstoles, quienes, como dice la Biblia, “continuaban sin cesar enseñando y declarando las buenas nuevas acerca del Cristo”, a pesar de haber sido azotados y habérseles prohibido predicar (Hechos 5:40-42).

Como indicó Kolarz con respecto a la deportación, “no fue el final de los ‘Testigos’ en Rusia, sino solo el principio de un nuevo capítulo de sus actividades proselitistas. Incluso intentaban propagar su fe cuando se detenían en las estaciones camino del confinamiento”.

En sus lugares de destino se labraron la reputación de ser laboriosos y obedientes, al tiempo que, al dirigirse a sus opresores, se hicieron eco de las palabras de los apóstoles: “No podemos dejar de hablar de [nuestro Dios]” (Hechos 4:20). Muchas personas aceptaron lo que los Testigos enseñaban y comenzaron también a servir a Jehová.

Kolarz explica cuáles fueron las consecuencias: “El gobierno soviético no pudo hacer nada mejor para la diseminación de su fe que deportarlos. Se les sacó del aislamiento de sus pueblos de las repúblicas soviéticas occidentales y se les introdujo en un mundo mucho más amplio, aunque este no fuera más que el mundo terrible de los campos de concentración y trabajos forzados”.

Combaten el crecimiento
Al pasar los años, las autoridades soviéticas trataron de frenar las actividades de los Testigos con otros métodos. Dado que la atroz persecución no había producido los frutos deseados, orquestaron un programa de propaganda difamatoria con libros, películas y programas de radio, e infiltraron en las congregaciones a agentes de la KGB que habían recibido preparación especial.

Las calumnias que se lanzaban contra los Testigos infundieron en muchas personas miedo y recelo, como se ve en el libro de Vladímir Bukovsky Ese dolor lacerante de la libertad, publicado en 1982. El autor, ciudadano ruso a quien se le permitió emigrar a Inglaterra en 1976, escribió: “En Londres, una vez iba yo de noche y, al pasar junto a un macizo edificio, eché una mirada distraída al rótulo. Era una placa que ponía ‘Testigos de Jehová’ y algo más que no llegué a leer, tal fue el fulminante asombro, rayano en susto, que me invadió”.

Bukovsky explicó la causa de su pánico infundado: “Son los ‘sectarios-verdugos’, con quienes las autoridades asustan a nuestros hijos. No es posible ver jehovistas vivos más que en las cárceles y los campos de concentración. Y de pronto, aquí tienes: una casa, un rótulo. Entonces, ¿cualquiera puede entrar aquí sin ambages, puede tomar con ellos una taza de té?”, preguntó.

Para recalcar la razón de su alarma, concluyó: “En nuestro país se persigue a los jehovistas casi con el mismo encarnizamiento que a la mafia, y el misterio que los rodea es casi idéntico”.

Pese a la atroz persecución y la propaganda difamatoria, perseveraron y crecieron numéricamente. Algunos libros soviéticos, como Las verdades sobre los testigos de Jehová (en ruso), que en 1978 tuvo una tirada de 100.000 ejemplares, recomendaron que se redoblara el ataque propagandístico contra ellos. Su autor, V. V. Konik, tras explicar cómo predicaban bajo severas restricciones, dio este consejo: “Los estudiosos de la religión soviéticos deberían aprender métodos más eficaces para contrarrestar las doctrinas de los testigos de Jehová”.

Por qué fueron el blanco del ataque
En pocas palabras, fueron el blanco principal del ataque soviético por imitar a los primeros discípulos de Jesús. En el siglo I, las autoridades ordenaron a los apóstoles que “no siguieran enseñando sobre la base del nombre de Jesús”. Pero luego, sus acusadores protestaron: “¡Miren!, han llenado a Jerusalén con su enseñanza”. Sin negar que habían predicado pese a la prohibición, los apóstoles respondieron respetuosamente: “Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres” (Hechos 5:27-29).

Hoy, los testigos de Jehová también tomamos muy en serio el mandato de Jesús a sus discípulos: ‘predicar al pueblo y dar testimonio cabal’ (Hechos 10:42). En su libro The Kremlin’s Human Dilemma (El dilema humano del Kremlin), Maurice Hindus explicó que el “irreprimible celo evangelizador” de los Testigos los convirtió en “una carga muy pesada para Moscú y los [colocó] en confrontación constante con la policía soviética”. Luego añadió: “No hay modo de detenerlos. Cuando se les pone coto en un lugar, reaparecen en otro”.

“De acuerdo con la información de que dispongo, la única organización religiosa que aumentó numéricamente en la URSS, pese a estar proscrita y perseguida, fueron los testigos de Jehová”, escribió el historiador ruso Sergei Ivanenko. Es cierto que también se mantuvieron activas otras confesiones, entre las que destaca la Iglesia Ortodoxa Rusa. Pero resulta muy interesante ver lo que hicieron unos y otros para sobrevivir al ataque soviético.

“La colectividad perseguida con más saña”
A Concise Encyclopaedia of Russia (1964) señala que los testigos de Jehová realizaban “un proselitismo muy activo” y constituían “la colectividad religiosa perseguida con más saña en la URSS”.

Fyodor Kalin relata la deportación de su familia

Vivíamos en el pueblo de Vilshanitsa, en el oeste de Ucrania. El 8 de abril de 1951, antes del amanecer, nos despertaron unos funcionarios acompañados de perros y nos dijeron que, por orden del gobierno de Moscú, nos enviarían a Siberia a menos que firmáramos un documento de renuncia a los testigos de Jehová. Los siete miembros de mi familia (mis padres, mis hermanos y yo, que tenía para entonces 19 años) estábamos decididos a seguir siendo Testigos.

Uno de los hombres dijo: “Llévense frijoles, maíz, harina, encurtidos y repollo. Si no, ¿qué van a comer los niños?”. También nos permitieron matar algunos pollos y un cerdo para tener carne. Trajeron dos carretas tiradas por caballos, y cargamos todo en ellas para llevarlo a la localidad de Hriplin, donde nos metieron a unos cuarenta o cincuenta en un vagón de carga y luego cerraron la puerta.

En el vagón había algunos tablones sobre los que nos podíamos acostar —aunque no bastaban para todos— y una estufa con algo de carbón y leña, en la que cocinábamos con nuestros cacharros. Pero no teníamos retrete, así que utilizábamos un balde; más tarde lo encajamos en un agujero que abrimos en el suelo y colocamos unas mantas alrededor para tener cierta intimidad.

Apiñados, hicimos el lento viaje de miles de kilómetros hasta nuestro desconocido lugar de destino. Al principio estábamos algo desalentados. Pero cuando nos pusimos a entonar juntos cánticos del Reino —con tanta energía que casi se nos fue la voz—, sentimos mucho gozo.

El comandante abría las puertas y nos mandaba callar, pero seguíamos hasta terminar el cántico. Cuando nos deteníamos en las estaciones durante el trayecto, mucha gente se enteraba de que a los testigos de Jehová nos estaban deportando. Finalmente, después de diecisiete o dieciocho días en aquel tren, nos bajaron en Siberia, cerca del lago Baikal.

Armagedón
película propagandística soviética

Las autoridades produjeron la cinta Armagedón para desacreditar a los testigos de Jehová. Contaba una historia de amor ficticia entre un joven soldado soviético y una muchacha a la que captaban los Testigos. En el desenlace, la hermana pequeña de la chica moría en un accidente causado por un superintendente Testigo, que aparecía como instrumento del servicio de espionaje de Estados Unidos.

Sobre esta película, que agitaba las emociones del público, el 14 de mayo de 1963 se publicó el siguiente comentario en el periódico ucraniano La Bandera Roja: “La propaganda atea es eficaz, convincente y utilizable en otros pueblos del país donde se exhiben producciones similares”.

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 22 de Abril del 2001. Lea el comunicado de prensa: "Informe sobre la situación de los Testigos en Ucrania y Crimea"

martes, 12 de agosto de 2014

Blanco del ataque soviético (Primera parte)

PESE a las concesiones que le había hecho el gobierno —a fin de ganar la II Guerra Mundial—, la Iglesia Ortodoxa Rusa aún vivía dominada por este. De ahí que el libro de 1999 The Sword and the Shield (La espada y el escudo), que refiere la historia de la KGB (Comité de Seguridad del Estado), realizara esta observación: “A la KGB le preocupaban mucho más las actividades ‘subversivas’ de los cristianos que escapaban a su control directo”. ¿A qué confesiones aludía?

La mayor era la Iglesia Católica Griega de Ucrania (hoy Iglesia Católica Ucraniana), que tenía 4.000.000 de fieles. “A causa de su fe —señala la obra The Sword and the Shield—, 8 de sus 10 obispos, así como miles de sacerdotes y laicos, murieron en los gulags [campos de trabajo] siberianos.” Otros blancos del Comité de Seguridad eran las iglesias protestantes no inscritas, que también escapaban al control directo del Estado.

A finales de la década de 1950, la KGB calculaba que estas agrupaciones reunían a unos cien mil integrantes.
Entre dichas confesiones evangélicas incluía a los testigos de Jehová, a quienes en 1968 atribuía una afiliación de veinte mil miembros en la Unión Soviética. Hasta el inicio de la II Guerra Mundial, en 1939, les prestó poca o ninguna atención, pues su número era pequeño. No obstante, la situación cambió por completo cuando aparecieron de súbito en la URSS por millares. ¿De dónde surgieron?

Se dispara el crecimiento
En su libro Religion in the Soviet Union (La religión en la Unión Soviética), publicado en 1961, Walter Kolarz indica dos factores que contribuyeron a acelerar el aumento. Primero, en “los territorios que se anexionó la URSS en 1939-1940 [Letonia, Lituania, Estonia y Moldavia]” había muchos “grupos de testigos de Jehová [...] activos”.

Además, la Unión Soviética anexó a Ucrania ciertas regiones orientales de Polonia y Checoslovaquia en las que vivían más de un millar de estos cristianos, que quedaron integrados en territorio soviético de la noche a la mañana.

El crecimiento, “por increíble que parezca”, provino en segundo lugar de “los campos de concentración alemanes”, agrega Kolarz. Los nazis recluyeron en ellos a miles de Testigos por no apoyar a Hitler y su guerra de agresión. Kolarz añade que los prisioneros rusos de los campos “quedaron admirados por el valor y firmeza de los ‘Testigos’, razón que probablemente los atrajo a su teología”.

De ahí que muchos internos jóvenes regresaran a la URSS con fe en Jehová Dios y sus maravillosos designios para la Tierra (Salmo 37:29; Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4).

Ambos factores explican la rápida aparición de miles de Testigos en el país. A principios de 1946 ya eran como mínimo 1.600, y al finalizar la década, más de ocho mil. La KGB observó alarmada el aumento pues, como se indicó al principio, le inquietaban “las actividades de los cristianos que escapaban a su control directo”.

El comienzo de los ataques
Pese a su reducido número, no tardaron en sufrir ataques oficiales contra su celosa evangelización. En Estonia, la ofensiva comenzó en agosto de 1948, al ser encarcelados los cinco cristianos que dirigían la obra. “Enseguida quedó claro que la KGB tenía intenciones de detener a todo el mundo”, indicó Lembit Toom, Testigo estonio. El objetivo fue el mismo en cada república donde había Testigos.

El gobierno los denigró como delincuentes de la peor calaña y como amenaza de primer orden para el Estado ateo. En todas las regiones los persiguió, detuvo y encarceló. La obra The Sword and the Shield explica: “La obsesión antijehovista de los altos funcionarios de la KGB tal vez sea el mejor ejemplo de la total desproporción con que se combatía hasta la disidencia más nimia”.

Una clara muestra de tal obsesión es el ataque organizado de abril de 1951. Hace solo dos años, en 1999, el profesor Sergei Ivanenko, respetado intelectual ruso, indicó en su libro (en ruso) Gente que nunca anda sin la Biblia que a principios de aquel mes “se envió a ‘un asentamiento permanente’ en Siberia, el Lejano Oriente y Kazajstán a más de cinco mil familias de testigos de Jehová de las repúblicas de Ucrania, Bielorrusia, Moldavia y el Báltico”.

Una historia que merece recordarse
¿Comprendemos lo que significa detener en un solo día a tantas personas de un área tan amplia? De forma coordinada, cientos de funcionarios —si no miles— las identificaron para, al amparo de la noche, arrestarlas por sorpresa en su hogar, llevarlas en carretas y otros vehículos a las estaciones y montarlas en vagones de carga.

Pensemos también en el sufrimiento de las víctimas. ¿Nos imaginamos el viaje forzoso de miles de kilómetros —a veces por más de tres semanas— en un vagón atestado y antihigiénico cuyo único excusado era un balde? Y todo para luego ser abandonadas en los inhóspitos yermos siberianos, conscientes de que tendrían que trabajar arduamente para sobrevivir a duras penas.

Para guardar memoria de la fidelidad de los Testigos durante décadas de persecución, se han grabado en vídeo las experiencias de muchos sobrevivientes. Su ejemplo, como el de los cristianos del siglo I, revela que toda tentativa de coartar la adoración a Dios terminará fracasando.

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 22 de Abril del 2001. Lea el comunicado de prensa: "Ciudadanos rusos van a juicio por su fe"

jueves, 31 de julio de 2014

¡Las heridas de Hiroshima han desaparecido!

Según lo relató Taeko Enomoto, de la ciudad de Hiroshima

UN DESCONOCIDO llegó a nuestra casa con una camisa quemada y hecha jirones que había llevado puesta un muchacho de edad escolar. Lo único que quedaba de la camisa era el cuello junto con la parte superior de esta. Pero todavía se podía leer claramente en el frente de la camisa el nombre Miyakawa Shiro. Aquella era la camisa de mi hermano.

La mañana del 6 de agosto de 1945, como de costumbre, me fui a trabajar. Como muchacha típica de 19 años de edad, me había contagiado de la fiebre patriótica que dominaba al país en aquel tiempo y me había unido al Cuerpo de Mujeres Voluntarias. Mi hermano, quien todavía era de edad escolar, había ido al centro de la ciudad para trabajar. Mi padre había muerto peleando en Manchuria. Por esto mi madre quedó sola en casa.

Temprano aquella mañana se habían divisado unos aviones militares enemigos cerca de Hiroshima, y se habían dado toques de alarma tocante a un ataque aéreo. Mientras terminábamos nuestros ejercicios militares y estábamos a punto de entrar en el edificio, una tremenda explosión estremeció la zona. Todo cuanto había delante de mis ojos se puso completamente rojo. El calor procedente del estallido me dio la sensación de que había caído dentro de un horno caliente... en ese momento quedé inconsciente.

Tan pronto recobré el conocimiento, pensé en mi familia. Aunque era pleno día, el velo de partículas radiactivas producido por la bomba hacía que las cosas parecieran horripilantes. Pronto comenzó a caer una lluvia de partículas negras como el hollín, y continuó cayendo por casi dos horas. Lo que vi de camino a casa fue espantoso.

Había personas a quienes les chorreaba sangre del cuello y otras que se cubrían los ojos con las manos mientras les fluía sangre entre los dedos. Vi a muchas que tenían el cuerpo entero rojo como una brasa. A algunas les colgaba de las puntas de los dedos la piel de las manos y los brazos, mientras que otras arrastraban la piel que se les había desprendido de las piernas. Había personas que tenían el cabello rizado y de punta.

Cuando llegué a casa, hallé el entero vecindario, incluso nuestra casa, aplanado por el estallido. ¡Qué alegre me sentí de encontrar a mi madre todavía viva, aunque estaba gravemente herida por los fragmentos de vidrio que habían salido volando! Pero ¿qué le había ocurrido a mi hermano? Decidimos esperar hasta la madrugada del día siguiente antes de ir a la ciudad a buscarlo.

La búsqueda para hallar a mi hermano
Al ver la ciudad el día siguiente me di cuenta de que aquello no había sido sencillamente otro ataque aéreo. Aquella bomba había sido grande. La devastación no tenía precedente.

A lo largo del puente que conducía a la ciudad estaban amontonados los cuerpos carbonizados de los que habían muerto, lo cual dejaba solo un pasaje estrecho en el centro. A veces oía gemidos que provenían de entre los cuerpos amontonados, y de vez en cuando había movimientos repentinos entre ellos. Sin pensar, me acercaba de prisa para ver si era mi hermano. Pero todos estaban tan quemados e hinchados que era difícil saber quiénes eran. Cuando llegaba a los diferentes centros encargados de ayudar a las víctimas a establecerse en otros lugares, yo gritaba el nombre de mi hermano, pero él no aparecía.

Después de dos o tres días, la gente comenzó a preparar listas de los difuntos. Los soldados reunían los cuerpos carbonizados, les echaban gasolina y los incineraban. Se podía hacer muy poco a favor de los heridos y los moribundos. Se les daba un poco de agua y una ración diaria de una bola de arroz. No había ni equipo ni tratamiento médico para ellos.

Dentro de unos días, el cabello de la gente empezó a caerse. Se veían moscas y gusanos moverse en las heridas abiertas de los que estaban demasiado débiles para limpiarlas. El hedor de los cadáveres ardientes y las heridas desatendidas viciaban el aire. Pronto, aparentemente sin ninguna razón, los que estaban lo suficientemente saludables como para cuidar de los heridos empezaron a morir, uno a uno. Evidentemente habían sucumbido a los efectos de la radiación. Yo también comencé a experimentar diarrea, debilidad y trastornos nerviosos.

Después de una búsqueda de casi dos meses, finalmente me enteré de lo que le había ocurrido a mi hermano. El desconocido que mencioné antes vino a vernos. Nos explicó que había dado agua a un muchacho que estaba gravemente quemado y ciego por la bomba. Cuando finalmente murió mi hermano, esta persona fue lo suficientemente amable como para quitarle la camisa y tomarse la molestia de buscarnos y traérnosla.

El efecto que todo eso tuvo en mí, una muchacha de 19 años de edad, fue traumático. Perdí la fortaleza para pensar en cosa alguna. También perdí todo sentido de temor. Sencillamente lloré y lloré. Cada vez que cerraba los ojos, veía a las víctimas, que tenían miradas perdidas en el rostro, vagar a la deriva en la penumbra. ¡Cuánto detestaba la guerra!

Odiaba a los estadounidenses por dejar caer la bomba, y odiaba a los líderes japoneses por permitir que la guerra llegara hasta ese extremo.

Hallé algo mejor

Durante los siguientes diez años me casé y con el tiempo tuve tres hijos. Pero mi corazón continuaba ardiendo de odio. Aunque quería desesperadamente deshacerme de aquellos sentimientos, me preguntaba cómo podría yo olvidar alguna vez todo aquello.

Probé diferentes grupos religiosos y me uní a la religión Seicho No Ie, pues ellos parecían ser los más amorosos y generosos. Pero no pudieron darme respuestas satisfacientes. Cuando preguntaba por qué tuvo que morir mi hermano, solamente decían: “Las personas que hacen cosas buenas mueren jóvenes. Ese era su destino”.

Luego nos mudamos a Tokio. Cierto día, un testigo de Jehová tocó a mi puerta. Me habló acerca del Reino de Dios y me leyó de la Biblia algo acerca de personas que batirían sus espadas en rejas de arado (Isaías 2:4).

Y él ciertamente dictará el fallo entre las naciones y enderezará los asuntos respecto a muchos pueblos. Y tendrán que batir sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, ni aprenderán más la guerra (Isaías 2:4)

Me impresionó su bondad y su conocimiento de la Biblia, y acepté de él dos revistas. Más tarde me enteré de que él también había perdido a la mayor parte de su familia en el estallido de la bomba de Hiroshima. Él hizo arreglos para que una señora me visitara.

La señora vino muchas veces, siempre con una sonrisa afectuosa. Pero yo todavía sentía amargura e indiferencia. Aunque escuchaba su mensaje de la Biblia, sencillamente no podía creer que pudiera haber algún poder salvador en una religión de un país que había ocasionado la desgracia de aquel día en Hiroshima. Pero había algo en ella que me hacía seguir escuchando.

“¿Cree usted —le pregunté un día— que es posible que alguien como yo, cuyo corazón está lleno de odio, llegue a ser una persona cariñosa como usted?”
“Sí, es posible”, contestó ella con confianza. “Yo llegué a ser de la manera que soy después de estudiar la Biblia”, explicó ella.


De modo que comencé un estudio sistemático de la Biblia usando el folleto titulado “¡Mira! Estoy haciendo nuevas todas las cosas”. En el estudio aprendí que las acciones de las naciones llamadas cristianas no concordaban con el cristianismo que se enseña en la Biblia, y que la cristiandad, también, se encara al juicio de Dios.

Mi entusiasmo aumentaba a medida que seguía estudiando. Llegué a comprender por qué ha permitido Dios la iniquidad hasta ahora y que solo el Reino de Dios tiene el poder de librar a la humanidad del sufrimiento. También me conmovió profundamente el amor que Jesucristo mostró al dar su vida en un madero de tormento para el provecho de toda persona. Poco a poco el mensaje bíblico cambió mis sentimientos, y pronto desapareció el odio que había en mi corazón. En su lugar sentí amor afectuoso hacia otros y un fuerte deseo de hablarles acerca del Reino de Dios.

Comencé a asistir con regularidad a las reuniones celebradas en el Salón del Reino y fui bautizada en junio de 1964. Por siete años desde entonces, pude ser precursora (ministra de tiempo completo de los testigos de Jehová) y disfruté del privilegio de ayudar a 12 personas a llegar a conocer al único Dios verdadero, Jehová.

Pongo en práctica mi experiencia
Ahora mi esposo y yo hemos regresado a Hiroshima. Aquí todavía encuentro a muchas personas que, al igual que yo, recuerdan la bomba. Habiendo pasado por la misma experiencia que ellos, puedo ayudarles a ver que la única esperanza verdadera de un mundo sin más guerra radica en el mensaje bíblico de la venida de la gobernación del Reino mediante Cristo Jesús.

Hoy día en Hiroshima casi han desaparecido las cicatrices del estallido de la bomba. Pero más importante aún, he podido deshacerme de las heridas y el odio que llevé en mi corazón por muchos años y los he reemplazado con esperanza y amor. Ahora anhelo ver el tiempo en que Dios resucitará a todos aquellos a quienes él recuerda con afecto. Mi deseo es compartir el gozo incomparable que tengo ahora con las muchas personas que murieron en Hiroshima hace casi 70 años... incluso mi querido hermano menor.

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 22 de Agosto de 1985. Para complementar lea la revista "La Atalaya" con el tema de portada ¿Por qué hay tanto sufrimiento?. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

miércoles, 30 de julio de 2014

Hiroshima... ¿ha sido en vano la lección?

LA GENTE del Japón lloraba mientras permanecía cerca de sus receptores de radio aquel mediodía del 15 de agosto de 1945. Escuchaba la voz de su emperador: “Es según los dictados del tiempo y el destino que Nosotros hemos decidido preparar el terreno para una grandiosa paz para todas las generaciones por venir al aguantar lo insoportable y sufrir lo que es insufrible”.

Apenas había transcurrido una semana desde que el pueblo japonés había oído que cierto tipo de bomba nuevo había devastado a Hiroshima y a Nagasaki. Ahora se le dijo que la guerra en el Pacífico había terminado... y ellos habían perdido. Había lágrimas de tristeza, pero también lágrimas de alivio.

La guerra había costado muchísimo. La gente estaba agotada física y emocionalmente; el país, asolado. Más de tres millones de japoneses habían muerto en la guerra, y 15.000.000 habían quedado sin hogar. Noventa ciudades principales habían sido bombardeadas repetidas veces, y dos millones y medio de edificios y hogares habían sido destruidos. Tokio había sido reducida a montones de cenizas y escombros; su población, diezmada por la guerra. Esa fue la tragedia de la derrota... un momento sombrío en la historia de aquella nación.

Esfuerzos por renunciar a la guerra
En medio de las ruinas de la derrota, es fácil ver que la guerra es inútil, un desperdicio de vidas humanas y bienes preciados. Así que, inmediatamente después de la guerra, el Japón volvió a redactar su constitución de acuerdo con principios democráticos y renunció a la guerra para siempre. El artículo 9 de la nueva constitución dice:

“Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o el empleo de la fuerza como medio de resolver conflictos internacionales.
”A fin de lograr el objetivo del párrafo precedente, las fuerzas terrestres, marítimas y aéreas, así como otro potencial bélico, nunca serán mantenidas. El derecho de beligerancia del Estado no será reconocido”.

En vista de esa denodada y noble declaración, parecería que el Japón había aprendido una lección. El pueblo japonés ciertamente tiene una fuerte aversión a la guerra y un temor, en particular, a la guerra nuclear. El país ha adoptado una norma de tres aspectos con relación a las armas nucleares: no fabricarlas, poseerlas ni permitirlas en el país. Cada año, centenares de miles de japoneses se reúnen a través del país para organizar manifestaciones de protesta contra las armas nucleares. Las armas nucleares nunca deberían utilizarse de nuevo... ¡en ningún sitio!

Una asombrosa rehabilitación... ¿de qué?
Ahora a casi 70 años después de lo ocurrido en Hiroshima, el contraste de la esplendorosa opulencia del Japón del día moderno es casi increíble. Sin la carga de gastos militares, el Japón ha podido dedicar sus recursos a la reconstrucción de sí mismo. Hoy hay hermosos hogares y rascacielos con acondicionadores de aire donde una vez estaba todo en ruinas. Automóviles lustrosos, personas bien vestidas y restaurantes caros contrastan con la pobreza y el sufrimiento de los años siguientes de la posguerra.

Las tiendas están bien surtidas con todo tipo de artículos lujosos, y las fábricas están produciendo a raudales un sin fin de productos para el uso doméstico y para la exportación. Sí, el Japón se ha convertido en una de las naciones más prósperas del mundo.

Pero ¿qué ha traído consigo la prosperidad material? ¿Ha borrado de la mente de la gente el recuerdo de Hiroshima y Nagasaki la seguridad económica? ¿Ha desaparecido el aborrecimiento de la guerra junto con las cicatrices de la guerra?
Encuestas recientes indican que, aunque el pueblo japonés todavía quiere que su gobierno permanezca sin poder nuclear, hay pesimismo en cuanto al futuro. La mitad de los entrevistados temen que pudiera haber una guerra nuclear. ¿Por qué teme esto la gente? Bueno, considere los desenvolvimientos progresivos.

Después de la guerra se estableció una Reserva Policíaca Nacional de 70.000 soldados de infantería armados. Más tarde, estas fuerzas se ampliaron a 250.000 hombres, agrupados en un pequeño ejército, marina y fuerza aérea, y se les llamó jieitai, o Fuerzas de Defensa Propia. Con todo, el presupuesto militar del Japón era meramente 1 por 100 de su producto nacional bruto. Pero con el aumento de las tensiones en muchas partes del mundo, el Japón está siendo aguijoneado para ensanchar su capacidad y sus gastos de defensa.

El primer ministro Nakasone declaró su intención de convertir el Japón en “un gran portaaviones”. A pesar de la opinión pública, se hicieron planes para aumentar los gastos de defensa hasta 7 por 100 en 1985. Y —según el periódico The Daily Yomiuri— el Japón se ha comprometido a llevar a cabo un plan quinquenal (1986-1990) de aumento sistemático y continuo de los medios de defensa... en soldados, buques de guerra, submarinos y aviones.

No solo se ven cambios en la política del gobierno, sino también en la actitud de la gente para con la guerra. En 1970, uno de los disturbios políticos más traumáticos de la historia del Japón se desencadenó cuando se renovó el tratado de seguridad militar posbélico... por el cual los Estados Unidos suministrarían protección en tiempo de crisis a cambio del establecimiento de bases militares en el Japón. Sin embargo, cuando el tratado se renovó de nuevo en 1980, no hubo siquiera una manifestación importante de protesta.

El hecho es que hoy día en el Japón pocas personas menores de 80 años de edad recuerdan la guerra, o les interesa hablar de ella. Algunos ven en la cuidadosa redacción revisada de libros de texto para niños de edad escolar el esfuerzo de eliminar completamente hechos importantes que llevaron a aquella terrible guerra.

Tal como las olas eliminan poco a poco las pisadas en una playa arenosa, así las condiciones mundiales cambiantes afectan los puntos de vista políticos de la gente. Algunas preguntas importantes que hay en la mente de muchos son: ¿Qué haría el Japón precisamente en una emergencia futura? ¿Entraría el Japón en guerra de nuevo si la razón pareciera correcta? ¿Ha sido en vano la lección de lo ocurrido en Hiroshima?

Solo el tiempo dirá qué derrotero seguirá la nación en conjunto. Pero muchas personas del Japón ya han tomado una decisión personal al respecto. Una de ellas estaba en la cárcel de Hiroshima en el mismísimo momento en que estalló la bomba atómica, pero sobrevivió a aquella destrucción en una de las celdas profundas de la cárcel. Él no estaba en la cárcel por haber cometido algún delito. Más bien, se oponía por conciencia a participar en la guerra. Era testigo de Jehová.

Mediante un estudio de la Biblia, él había aceptado el punto de vista de Dios tocante a las guerras peleadas por los hombres y había aprendido que el Reino de Dios es el único medio por el cual puede lograrse verdadera paz.

Y él ciertamente dictará el fallo entre las naciones y enderezará los asuntos respecto a muchos pueblos. Y tendrán que batir sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, ni aprenderán más la guerra (Isaías 2:4)

Y en los días de aquellos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que nunca será reducido a ruinas. Y el reino mismo no será pasado a ningún otro pueblo. Triturará y pondrá fin a todos estos reinos, y él mismo subsistirá hasta tiempos indefinidos (Daniel 2:44.)


Debido a predicar este mensaje por amor a Dios y a su semejante, se le encarceló allí. Hoy hay más de 100.000 personas como él en el Japón, que están ocupadas predicando “estas buenas nuevas del reino” (Mateo 24:14). Muchas de ellas han pasado personalmente por los horrores de Hiroshima y Nagasaki. Cómo permitió una de ellas que aquella experiencia extraordinaria la moviera a buscar algo mejor —y lo que ella halló— es una historia que le invitamos a leer en el siguiente artículo.

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 22 de Agosto de 1985. (Nota: se actualizo el curso de los años desde 1945 al presente 2014). Recomiendo el artículo ¿Se puede confiar en las noticias?. Ambos distribuidos por los testigos de Jehová.

martes, 29 de julio de 2014

Hiroshima... una experiencia inolvidable

POR años ha sucedido lo mismo. Exactamente a las 8.15 de la mañana, un silencio cae sobre la multitud reunida en el Parque de la Paz, en Hiroshima. La multitud guarda un minuto de silencio en memoria de aquel momento catastrófico de hace 40 años. El 6 de agosto de 1945, una bomba atómica explotó sobre Hiroshima, Japón. En un instante, la ciudad quedó devastada y unas 80.000 personas perdieron la vida. Tres días después, otra bomba atómica destruyó la ciudad de Nagasaki y mató a unas 73.000 personas.

De todas partes del mundo, millares de personas vienen regularmente a conmemorar ese acontecimiento trascendental. Además de los acostumbrados desfiles, oraciones, servicios de conmemoración, y así por el estilo, hay acontecimientos especiales como la Conferencia Mundial de Alcaldes por la Paz mediante la Solidaridad entre las Ciudades... una reunión de los alcaldes de veintenas de ciudades del Japón y de alrededor del mundo.

Sobrevivientes cuentan su historia
Se han empleado grandes cantidades de papel para registrar las desgarradoras historias de los que sobrevivieron a las bombas. Aunque la mayoría de los sobrevivientes son ahora de mediana edad, todavía tienen vívidos recuerdos de “aquel día”. He aquí sus historias

Nobuyo Fukushima, quien recuerda bien su experiencia durante el estallido de la bomba en Hiroshima, relata: “Estaba limpiando las escaleras de mi casa cuando repentinamente un brillante destello y una terrible explosión me dejaron inconsciente. Cuando recobré el conocimiento, podía oír a mi madre que gritaba pidiendo ayuda. La casa estaba en ruinas. Creí que había ocurrido un terremoto. Cuando nos abrimos paso y salimos de la casa rumbo a la orilla del río, vi a muchos niños y a sus padres con la ropa reducida a jirones y pegada a la piel. No podía entender por qué tenían quemaduras tan graves.

”Cuando llegamos al hospital, este estaba atestado de gente. La cabeza y el rostro de muchas personas estaban cubiertos de sangre, mientras que otras tenían carne quemada que les colgaba en tiras. El cabello de algunas de ellas, chamuscado por el calor, estaba erizado. Otras, que tenían fragmentos de madera y de vidrio incrustados en el cuerpo, gemían profundamente. Tenían el rostro tan hinchado que era difícil distinguir entre una persona y otra. Todas parecían estar suplicando que se les diera agua, pero para cuando se les llevaba el agua, muchas ya no respiraban. Mi madre también murió tres meses después por los efectos de la bomba.

”La ciudad había llegado a ser un gran campo quemado completamente, donde solo aquí y allá entre las cenizas quedaba en pie una pared de hormigón que se desmoronaba. Por las noches había fuegos a la orilla del río donde se incineraba a los muertos. Recuerdo vívidamente el resplandor rojizo de las llamas y el horrible olor de los cuerpos quemándose, como si se estuviera asando a la parrilla pescado grasiento. Todavía me estremezco y me acongojo cuando pienso en ello”.

Tomiji Hironaka fue uno de los soldados enviados a Hiroshima inmediatamente después del estallido de la bomba para sacar a cualesquier sobrevivientes de la cárcel de allí. Aunque había sido militar por muchos años, lo que vio en Hiroshima hizo que él viera claramente el horror de la guerra.

“La carretera estaba repleta de camiones cargados de heridos. Las personas que todavía podían caminar se tambaleaban a lo largo de la orilla de la carretera. Muchas estaban casi desnudas, salvo en las partes donde trozos de tela se habían quemado y se habían adherido a la piel. Por todas partes había cadáveres amontonados, con la piel de un rojo vivo.

Las orillas del río estaban atestadas de gente que trataba de aliviar el dolor de sus quemaduras. Entre ellas vi a una madre, llena de quemaduras rojas, sujetando a su bebé, también gravemente quemado, y tratando lastimosamente de amamantarlo.

Recuerdo bien el intenso sentimiento que tuve entonces. ‘¡Detesto la guerra! ¡Detesto la guerra!’ No obstante, había participado en matar, y me preguntaba: ‘¿Qué clase de conciencia tengo?’. Estaba muy consciente de mi culpa por derramamiento de sangre.”

Munehide Yanagi, un muchacho de 14 años de edad en aquel tiempo, sobrevivió milagrosamente al estallido de la bomba en Nagasaki. Estaba a solo 980 metros (3.200 pies) del lugar donde estalló la bomba. “Yo formaba parte del arreglo de movilización estudiantil que estaba asignado a construir refugios antiaéreos”, explica él.

“Mientras estábamos trabajando, oí el zumbido de un avión grande que sonaba como un fuerte estruendo. Precisamente cuando me preguntaba si era un avión estadounidense, oí el grito: ‘¡Tekki!’ [‘¡Avión enemigo!’]. Soltamos las cosas que habíamos estado cargando y corrimos con todas nuestras fuerzas hacia el refugio.

”En el momento en que llegué a la barrera de hormigón enfrente del refugio antiaéreo, hubo un inmenso destello de luz azul blancuzca y una tremenda explosión que me lanzó inconsciente a la parte de atrás del refugio. Lo próximo que supe fue que me despertaron los gritos angustiosos de ‘¡Aigo! ¡Aigo!’ [una expresión coreana que indica profunda emoción]. Los gritos provenían de alguien que tenía el rostro tiznado por el humo y estaba tan gravemente quemado que era difícil saber si era hombre o mujer.

”Afuera se sentía como una hoguera. Vi a uno de mis condiscípulos que estaba gravemente quemado. Su ropa había quedado hecha jirones, y se le desprendía la piel. Una muchacha que había estado trabajando conmigo se había desplomado en la carretera... había perdido la parte inferior de las piernas y suplicaba que le dieran agua. Yo no sabía dónde conseguir agua, pero hice cuanto pude por animarla.

”El fuego asoló la ciudad. Vi postes telefónicos consumidos que se estrellaban contra la calle, un tren ardiendo en las vías, y un caballo convulsionando debido al calor. El fuego incontenible me obligó a meterme en el río. Tenía calor y estaba asustado. De algún modo llegué a casa.” Más tarde, las encías de Munehide empezaron a sangrar y él comenzó a padecer de diarrea. Incluso ahora tiene hepatitis crónica. Pero se considera afortunado en comparación con muchos a quienes él vio aquel día.

Una lección para todos


La experiencia de las explosiones de bombas atómicas ciertamente dejaron una cicatriz profunda en la mente y la conciencia de muchas personas. Hasta las que han visto los efectos secundarios de las explosiones han quedado profundamente impresionadas por el horror y la destructividad de la guerra.

Hoy a casi 70 después del acontecimiento, la tensión entre las naciones está aumentando, y las reservas de armas nucleares están creciendo. El temor a una tercera guerra mundial y a una destrucción nuclear se vislumbra muy real. Es comprensible que cada vez más personas por todo el mundo estén instando a todas las naciones y los pueblos a recordar la tragedia de Hiroshima y Nagasaki como una lección para todos.

Pero ¿han acercado el mundo realmente a la verdadera paz algunos de esos esfuerzos? ¿Bastan los horrores de la guerra nuclear —el dolor, el sufrimiento y la destrucción— para hacer que la gente repudie la guerra? En realidad, ¿qué efecto duradero tuvo la tragedia de Hiroshima y Nagasaki en el Japón como nación, en lo que tiene que ver con la búsqueda de paz?

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 22 de Agosto de 1985. (Nota: se actualizo el numero de años que han sucedido desde 1945 al presente 2014). Para ampliar lea la revista "La Atalaya" con el tema de portada ¿Es Dios cruel? Ambas distribuidas por los testigos de Jehová.

lunes, 12 de mayo de 2014

El diluvio, una vista desde la antigua Mesopotamia

EL JOVEN con quien yo hablaba era estudiante de historia. Cuando le hablé acerca de mi interés en la historia bíblica, me dijo algo que todavía retiñe en mis oídos: “¿Qué espera usted ganar con la Biblia? Usted se niega a reconocer que hay relatos históricos que son mucho más antiguos.”

Le respondí: “¿En qué relatos está pensando usted?” “En la Epopeya de Gilgamés,” contestó. “Se remonta hasta mucho más atrás que el relato bíblico.”

Recordé que la antigua epopeya babilónica de Gilgamés contenía un relato acerca de un enorme diluvio que destruyó a toda la humanidad. Muchos alegan que la leyenda de un diluvio se basa en historia que es mucho más antigua que el relato bíblico de un diluvio mundial que se encuentra en los capítulos 6 a 8 de Génesis.

Despertada mi curiosidad, decidí investigar el asunto. La bien surtida Biblioteca Nacional de Viena puso a mi disposición varias publicaciones técnicas acerca de la Epopeya de Gilgamés. Permítame compartir con usted algunos de los resultados de mi investigación.

Relatos babilónicos del Diluvio

Descubrí que a principios del siglo diecinueve el registro bíblico de un diluvio mundial al cual sobrevivieron Noé y su familia fue sometido a mucha crítica y descartado por muchos como una simple leyenda. Pero debido a un descubrimiento arqueológico hecho en la primavera de 1850 se despertó nuevamente gran interés en el diluvio del día de Noé. Excavaciones efectuadas en Nínive resultaron en el descubrimiento de una habitación llena de tabletas o planchas de arcilla.

Los arqueólogos habían encontrado la biblioteca de tabletas de arcilla del gobernante asirio Asurbanipal. Luego, a medida que George Smith, del Museo Británico, procedió a descifrar textos cuneiformes de esta colección, encontró una serie de tabletas conocidas como la Epopeya de Gilgamés. Mientras Smith trabajaba en una de aquellas tabletas, el corazón le saltó de gozo. Letra por letra fue descifrando:
“¡Hombre de Shurippak, hijo de UbaraTutu! ¡Derriba tu casa, construye un barco! ¡Abandona tus posesiones, procura salvar tu vida! . . . Haz que suba al barco la simiente de toda criatura viviente. Del barco que has de construir, sus medidas serán medidas con exactitud . . .”
Smith se dio cuenta de que estaba examinando un informe del Diluvio desde el punto de vista asirio-babilónico.

Aunque a esta versión se le asignaba la fecha del séptimo siglo antes de la E.C., los doctos se daban cuenta de que el material que había sido fuente de esta composición era mucho más antiguo. Hoy día se han descubierto algunos de esos relatos más antiguos. El más antiguo relato no bíblico que se ha encontrado del Diluvio está en una narración sumeria.

Fragmentos de esa narración se encontraron en Nippur, en el sur de Mesopotamia, en una tableta quebrada de arcilla. Algunos expertos creen que ésta fue escrita entre los siglos veintiuno y dieciocho antes de la E.C. Un pasaje de este documento sumerio dice: “Presta oído a mi instrucción: Por nuestro . . . un diluvio barrerá sobre los centros de adoración; Para destruir la simiente de la humanidad . . . Es la decisión, la palabra de la asamblea de los dioses.”

La Epopeya de Gilgamés

Pero volvamos a la Epopeya de Gilgamés. Aprendí que se cree que Gilgamés fue un antiguo gobernante del pueblo de Uruk (llamado Erec en Génesis 10:10). Una lista de reyes sumerios lo asigna a la primera dinastía de Uruk. Un diccionario dice sobre este personaje: “Un siclo de poesía épica y mítica sumeria se edificó en torno a Gilgamés, y se ha entregado solamente en fragmentos desde aproximadamente 1900 a. de la E.C.”

La Epopeya de Gilgamés contiene varios poemas combinados en una sola obra. Abarca 12 tabletas de arcilla, de las cuales la número 11 presenta el relato del Diluvio que tanto me interesaba. En resumen, su contenido es el siguiente: Gilgamés se entera de que su amigo Enkidu ha muerto. Por consiguiente, el temor a la muerte impulsa a Gilgamés a buscar a Utnapistim, quien, según se dice, es el único mortal que ha obtenido la vida eterna. Gilgamés cruza el río de la muerte con la ayuda de un barquero y conoce a Utnapistim, quien le habla del Diluvio y de cómo logró pasar con vida a través de él. En un más antiguo relato babilónico del Diluvio, Utnapistim lleva el nombre de Atrahasis, que significa
“el sumamente sabio.”

Esa información de las tabletas de arcilla es verdaderamente significativa. Aunque esté llena de detalles fantásticos, demuestra que un diluvio de grandes proporciones había quedado grabado en la memoria de la humanidad.

Una diferencia de opinión

Después que los expertos hubieron examinado cuidadosamente la Epopeya de Gilgamés, hubo diferencias de opinión en cuanto a cuál relato diluviano era más antiguo: el mesopotámico que se mencionaba en la epopeya, o el que se encontraba en la Biblia. Muchos adoptaron el punto de vista de que el relato no bíblico había existido antes. Por ejemplo, en su libro Gods, Graves and Scholars (Dioses, sepulcros y doctos), C. W. Ceram afirma que es “imposible dudar el hecho de que se ha hallado la versión original de la leyenda bíblica del Diluvio.” Quizás el joven con quien yo había hablado había basado su punto de vista en una afirmación de esta índole.

Pero, ¿es correcto eso? ¿Tiene realmente la narración del Diluvio de Génesis su origen en leyendas sumerias y babilónicas? Me pareció que lo mejor era buscar la respuesta a esta pregunta por medio de comparar el relato bíblico del Diluvio con el relato que se encuentra en la Epopeya de Gilgamés.

Algunas similitudes


El diluvio universal o mundial ocupa un lugar prominente en las historias de las naciones antiguas. Se han encontrado más de 100 narraciones distintas acerca del Diluvio en todas partes de la Tierra, entre éstas la que aparece en la Epopeya de Gilgamés.

Como salió a relucir en mi investigación, el antiguo relato mesopotámico del Diluvio se parece en algunos detalles al que aparece en las Santas Escrituras. Por ejemplo: Ambas fuentes de información relatan que, con la excepción de unos cuantos sobrevivientes, la entera raza humana sufre destrucción. A una persona se le dice que construya una embarcación para preservar la vida. Las aguas caen desde los cielos día tras día. Después, se envían aves fuera de la embarcación para determinar si ha emergido la tierra seca. Después de abandonar la nave de salvación, los sobrevivientes ofrecen un sacrificio.

¿Constituyen tales similitudes prueba de que la Epopeya de Gilgamés o las leyendas mesopotámicas del Diluvio tengan precedencia sobre el registro bíblico? Antes de contestar esta pregunta, hallé útil aislar algunas de las . . .

Diferencias conspicuas

Primero, con relación a la causa del diluvio. De acuerdo con la Epopeya de Gilgamés, una asamblea de dioses decidió destruir a la humanidad por medio de un diluvio. Aunque se suponía que aquella decisión se mantuviera en secreto, el dios Ea (en el relato sumerio “Enki”) advirtió a su favorecido, Utnapistim, acerca de ello.

La epopeya babilónica de Atrahasis, aún más antigua, declara que a uno de los dioses (Enlil) le molestaba el ruido que hacían los humanos, que le perturbaba el sueño. Acudió por ayuda a la asamblea divina de los “grandes dioses,” quienes entonces enviaron un hambre por seis años, pero sin que ésta produjera el silencio deseado. Cuando los dioses decidieron enviar un diluvio, Ea avisó de aquel plan a Atrahasis, quien construyó una nave para la supervivencia de acuerdo con las medidas que le fueron dadas divinamente.

El relato bíblico del Diluvio es del todo diferente. En él se cita una causa justa para el Diluvio:
 
“Vio Jehová que abundaba la maldad del hombre en la tierra y que toda inclinación de los pensamientos de su corazón era solamente mala todo el tiempo. Y la tierra llegó a estar arruinada a la vista del Dios verdadero y se llenó la tierra de violencia. De modo que vio Dios la tierra y, ¡mire! estaba arruinada, porque toda carne había arruinado su camino sobre la tierra. Después de eso Dios le dijo a Noé: ‘El fin de toda carne ha llegado delante de mí, porque la tierra está llena de violencia como resultado de ellos; y aquí estoy arruinándolos junto con la tierra.’”—Gén. 6:5, 11-13.

En cuanto a perecer en el Diluvio o sobrevivir, la Biblia relata que la gente murió debido a que “no hicieron caso” de la obra que Noé y su familia hacían en el arca para la supervivencia ni hicieron caso de Noé como “predicador de justicia.” (Mat. 24:39; 2 Ped. 2:5) Si hubieran hecho caso de la advertencia y el ejemplo de Noé, habrían sobrevivido.

También, en la Biblia no hay un mandato en el sentido de que Noé mantuviera secreto el hecho de que Dios iba a traer un diluvio global. Sin embargo, la leyenda mesopotámica indica que el dios Ea llegó hasta el punto de insinuar que Utnapistim debería engañar a sus contemporáneos para mantenerlos en oscuridad con relación a la catástrofe venidera.

Aparecen también diferencias importantes con relación al efecto del Diluvio. La Epopeya de Gilgamés relata que los dioses se llenaron de temor y buscaron refugio en los cielos más altos del dios Anu. Antes de entrar se “encogieron como perros,” se acurrucaron en angustia y se apretaron contra la pared. Con llanto alzaron voces de protesta. Especialmente la diosa Istar se censuró a sí misma fuertemente por haber consentido al principio, en el consejo de los dioses, en la destrucción de la humanidad.

Hay otras diferencias. La Epopeya informa que, después del Diluvio, cuando Utnapistim estaba a punto de ofrecer un sacrificio, “los dioses se aglomeraron como moscas sobre el que ofrecía el sacrificio.” Istar, “la gran diosa,” deseaba excluir a Enlil del sacrificio y los censuró por haber causado la calamidad. El relato mesopotámico pinta a Enlil enfurecido por el hecho de que uno de la humanidad sobreviviera.

Encontré que este análisis de similitudes y diferencias era muy útil para determinar qué relato del Diluvio vino primero, y las otras obras de consulta que había allí en la Biblioteca Nacional confirmaron mis conclusiones.

‘Dependencia completamente improbable’

Después de señalar diferencias entre el relato diluviano de la Biblia y los de la antigua Babilonia, P. J. Wiseman escribió en New Discoveries in Babylonia About Genesis (Nuevos descubrimientos en Babilonia acerca de Génesis): “El relato bíblico es sencillo en sus ideas, e irreprochable en lo que enseña acerca de Dios, mientras que las tablas babilónicas son complejas y politeístas. La diferencia muy bien se pudiera comparar con la que existe entre las aguas puras de los manantiales en la fuente del Támesis y las aguas contaminadas de los puertos de Londres.

Hay similitudes entre un río en su fuente y en su terminación: ambos son en un sentido el mismo río; así en Génesis encontramos la narración en su fuente pura, mientras que en lo babilónico se ve ya desarrollado con contaminación.”

En cuanto a si la Biblia depende de los relatos del Diluvio de la antigua Babilonia, el Lexikon zur Bibel, por Fritz Rienecker, contiene este comentario: “Sin embargo, el que el relato bíblico dependa del relato completamente mitológico de las narraciones babilónicas del Diluvio parece totalmente improbable en vista de las diferencias de ambos textos en forma y contenido.”

Por mi propio estudio de la cronología bíblica yo sabía que el escritor de Génesis no tenía que sacar nada de alguna leyenda babilónica. Debido a las vidas que se traslaparon, la verdad acerca del Diluvio pudo ser pasada fácilmente desde el hijo de Noé, Sem (quien fue testigo ocular), a través de tres eslabones humanos hasta Moisés, el escritor de Génesis. Es irrazonable pensar que los hebreos, que adoraban el mismo Dios a quien adoraba Noé, no hubieran de incluir un suceso de tanta importancia en su historia.

Yo también sabía que otros escritores bíblicos habían apoyado el relato de Génesis. Por ejemplo, Isaías y Ezequiel hablaron acerca de Noé y el Diluvio. (Isa. 54:9; Eze. 14:14, 18, 20) Los apóstoles Pedro y Pablo hicieron referencias específicas al Diluvio. (1 Ped. 3:20; 2 Ped. 2:5; 3:5, 6; Heb. 11:7) Y todos estos escritores bíblicos, incluso Moisés, fueron ‘inspirados por Dios,’ lo cual me da seguridad en cuanto a la veracidad de sus relatos.—2 Tim. 3:16.

Jesucristo también reconoció que el relato de Génesis era cierto. Cuando habló acerca de la venidera destrucción del presente sistema de cosas inicuo, dijo: “Porque como en aquellos días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, los hombres casándose y las mujeres dándose en matrimonio, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no hicieron caso hasta que vino el diluvio y los barrió a todos,” así sería al final de este sistema de cosas.—Mat. 24:37-39.

Por lo tanto, la investigación que hice fortaleció mi convicción de que el relato bíblico del Diluvio es auténtico, genuino. No descansa sobre el tambaleante y exagerado folklore de pueblos primitivos.

—Contribuido.

Artículo publicado en la revista ¡Despertad! del 22 de Noviembre de 1980. Para complementar el tema lea el folleto: ¿Qué es para usted la Biblia?. Ambos editados por los testigos de Jehová.