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lunes, 19 de mayo de 2014

Mientras el corazon lata, mientras la carne palpite, no me explico que un ser dotado de voluntad se deje dominar por la desesperacion."

Julio Verne

Todo lo que tu mano halle que hacer, hazlo con tu mismo poder, porque no hay trabajo ni formación de proyectos ni conocimiento ni sabiduría en el Seol, el lugar adonde vas.

 Eclesiastés 9: 10

viernes, 16 de mayo de 2014

No te apoyes en tu propio entendimiento


“Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento.” (PRO. 3:5)
¿En quién nos apoyamos a la hora de afrontar situaciones angustiosas, tomar decisiones importantes o combatir las tentaciones? ¿Confiamos solo en nosotros mismos, o arrojamos la carga sobre Jehová? (Sal. 55:22.) “Los ojos de Jehová están hacia los justos —asegura la Biblia—, y sus oídos están hacia su clamor por ayuda.” (Sal. 34:15.) Por tanto, es vital que confiemos en Dios con todo el corazón y no en nuestra propia inteligencia (Pro. 3:5).

Confiar en Jehová de todo corazón implica hacer las cosas a su manera, es decir, según su voluntad. Para ello es imprescindible que le oremos siempre y le pidamos con sinceridad su guía. A muchos cristianos, no obstante, les resulta muy difícil confiar de lleno en Jehová.

Tomemos por caso a Linda, una cristiana que admite: “Para mí, aprender a confiar plenamente en Jehová ha sido una lucha continua”. ¿Por qué? “No tengo ningún contacto con mi padre —cuenta—, y mi madre nunca se preocupó por mí, ni física ni emocionalmente. Así que aprendí desde niña a cuidar de mí misma.” Debido a su pasado, a Linda le cuesta mucho confiar en los demás. La capacidad y el éxito personales, por otra parte, pueden hacer que nos creamos autosuficientes.

Hasta un anciano cristiano, apoyándose en su experiencia, pudiera empezar a atender asuntos de la congregación sin orar primero en busca de la guía divina.

Jehová espera que seamos consecuentes con nuestras oraciones y actuemos en armonía con su voluntad. ¿Cómo podemos hallar el equilibrio entre contarle nuestras preocupaciones y esforzarnos por resolver las situaciones difíciles? A la hora de tomar decisiones, ¿qué precaución debemos tener? ¿Por qué es importante orar cuando nos enfrentamos a tentaciones? A continuación responderemos estas preguntas analizando varios ejemplos bíblicos.

En momentos de angustia

Hablando del rey Ezequías de Judá, la Biblia dice: “Él siguió adhiriéndose a Jehová. No se desvió de seguirlo, sino que continuó guardando sus mandamientos que Jehová había mandado a Moisés”. Así fue, “en Jehová el Dios de Israel confió él” (2 Rey. 18:5, 6). ¿Cómo reaccionó Ezequías cuando Senaquerib, el rey de Asiria, envió a Rabsaqué y otros representantes a Jerusalén acompañados de un gran ejército? Las poderosas fuerzas asirias ya habían tomado varias ciudades amuralladas de Judá y ahora su objetivo era Jerusalén.

Ezequías fue a la casa de Jehová y se puso a orar así: “Oh Jehová nuestro Dios, sálvanos, por favor, de su mano, para que sepan todos los reinos de la tierra que tú, oh Jehová, eres Dios, tú solo” (2 Rey. 19:14-19).

Ezequías fue consecuente con su oración. Por ejemplo, incluso antes de subir al templo a orar, ordenó al pueblo que no respondiera a las provocaciones de Rabsaqué. Además envió un grupo de hombres al profeta Isaías en busca de consejo (2 Rey. 18:36; 19:1, 2). Ezequías hizo lo que debía hacer.

En esta ocasión no buscó el apoyo de Egipto ni de naciones vecinas —una solución que no hubiera estado en sintonía con la voluntad de Jehová— ni tampoco se apoyó en su experiencia personal. Ezequías confió en Dios. Tras la matanza de 185.000 soldados enemigos a manos del ángel de Jehová, Senaquerib regresó a Nínive (2 Rey. 19:35, 36).

Ana, la esposa de Elqaná el levita, también se apoyó en Jehová al sentirse angustiada porque no podía concebir hijos (1 Sam. 1:9-11, 18). Y el profeta Jonás fue liberado del vientre de un gran pez tras orar: “Desde mi angustia clamé a Jehová, y él procedió a responderme. Desde el vientre del Seol grité por ayuda. Oíste mi voz” (Jon. 2:1, 2, 10). Resulta muy consolador saber que por difíciles que sean nuestras circunstancias, siempre podemos acercarnos a Jehová con una “petición de favor” (léase Salmo 55:1, 16).

Además, los ejemplos de Ezequías, Ana y Jonás nos enseñan una lección sobre lo que nunca debemos olvidar cuando oramos en momentos difíciles. Los tres sufrieron el dolor de enfrentarse a situaciones amargas; aun así, sus plegarias indican que su mayor preocupación no eran ellos mismos ni sus problemas, sino el nombre de Dios, su adoración y el cumplimiento de su voluntad.

A Ezequías le dolió que se deshonrara el nombre de Jehová. Ana prometió dar al hijo que tanto deseaba para que sirviera en el tabernáculo de Siló. Y Jonás dijo: “Lo que he prometido en voto, ciertamente pagaré” (Jon. 2:9).

Cuando pedimos a Dios que nos libre de una situación compleja, es bueno analizar nuestros motivos. ¿Nos preocupa únicamente resolver el problema, o tenemos presente a Jehová y su propósito? Los sufrimientos pueden hacer que estemos tan atrapados en nuestras circunstancias que el interés por los asuntos espirituales pase a un segundo plano.

Al pedirle a Dios que nos ayude, nunca perdamos de vista a Jehová, la santificación de su nombre y la vindicación de su soberanía. Todo esto nos ayudará a mantener una actitud positiva aunque no se materialice la solución que esperábamos. A veces Jehová responde a nuestras oraciones dándonos fortaleza para aguantar la situación (léanse Isaías 40:29 y Filipenses 4:13).

Al tomar decisiones
¿Cómo toma usted las decisiones importantes? ¿Decide primero, quizás, y luego ora a Jehová para que bendiga su decisión? Veamos lo que hizo Jehosafat, rey de Judá, cuando un ejército combinado de moabitas y amonitas le declararon la guerra. Judá no estaba en condiciones de luchar contra ellos. ¿Qué hizo entonces el monarca?

“A Jehosafat le dio miedo, y dirigió su rostro a buscar a Jehová”, dice la Biblia. Decretó un ayuno para todo Judá y reunió al pueblo “para inquirir de Jehová”. Entonces Jehosafat se puso de pie ante la congregación de Judá y de Jerusalén y oró: “Oh Dios nuestro, ¿no ejecutarás juicio contra ellos? Porque no hay en nosotros poder delante de esta gran muchedumbre que viene contra nosotros; y nosotros mismos no sabemos qué debemos hacer, pero nuestros ojos están hacia ti”.

El Dios verdadero oyó la súplica del rey y libró milagrosamente al pueblo (2 Cró. 20:3-12, 17). A la hora de tomar decisiones, sobre todo aquellas que pudieran repercutir en nuestra espiritualidad, ¿no deberíamos confiar en Jehová más bien que en nuestra inteligencia?

¿Y qué deberíamos hacer ante un problema que nos parece de fácil solución porque en el pasado resolvimos uno parecido? Un relato de la vida del rey David nos dará la respuesta. Cuando los amalequitas arrasaron la ciudad de Ziqlag, se llevaron a las esposas y a los hijos de David y de sus hombres.

David inquirió de Jehová, diciendo: “¿Voy en seguimiento de esta partida merodeadora?”. Jehová le respondió: “Ve en seguimiento, porque sin falta los alcanzarás, y sin falta efectuarás una liberación”. David se puso en marcha y “logró librar todo lo que los amalequitas habían tomado” (1 Sam. 30:7-9, 18-20).

Posteriormente, los filisteos invadieron Israel. David volvió a consultar a Jehová y recibió una clara respuesta: “Sube, porque sin falta daré a los filisteos en tus manos” (2 Sam. 5:18, 19). Al poco tiempo, los filisteos salieron una vez más en batalla contra David. ¿Qué haría él ahora? Podría haber razonado: “Esto es lo mismo que las otras dos veces, así que pelearé contra los enemigos de Dios”.

¿Decidiría él mismo, o buscaría la guía de Jehová? David no se fió de su experiencia y volvió a orar en busca de consejo. ¡Y menos mal que lo hizo, porque las instrucciones esta vez fueron diferentes! (2 Sam. 5:22, 23.) Cuando nos enfrentemos a una situación o problema que ya hayamos tratado, tengamos cuidado de no confiar solamente en nuestra experiencia personal (léase Jeremías 10:23).

Como todos somos imperfectos, nadie —ni siquiera los ancianos experimentados— debe dejar de buscar la dirección de Jehová al tomar decisiones. Pensemos en cómo actuaron Josué, sucesor de Moisés, y los ancianos de Israel cuando unos astutos gabaonitas se les acercaron en son de paz.

Estos se habían disfrazado para dar la apariencia de que venían de un país distante. Sin preguntar a Jehová, Josué y sus hombres sellaron un pacto de paz con ellos. Y aunque es cierto que Jehová aprobó en última instancia aquel acuerdo, se aseguró de que para beneficio nuestro se registrara en las Escrituras el hecho de que no buscaron su dirección (Jos. 9:3-6, 14, 15).

Ante las tentaciones

Al tener “la ley del pecado” en nuestros miembros, debemos luchar decididamente en contra de nuestras malas tendencias (Rom. 7:21-25). Pero ¿cómo salir victoriosos en esta batalla? Jesús dijo a sus discípulos que la oración es imprescindible para resistir las tentaciones (léase Lucas 22:40).

Aun cuando los malos deseos o pensamientos persistan después de haber orado, es necesario que sigamos “pidiéndole a Dios” sabiduría para enfrentarnos a la prueba. El discípulo Santiago nos garantiza que “[Dios] da generosamente a todos, y sin echar en cara” (Sant. 1:5). Y añade: “¿Hay alguno [espiritualmente] enfermo entre ustedes? Que llame a sí a los ancianos de la congregación, y que ellos oren sobre él, untándolo con aceite en el nombre de Jehová. Y la oración de fe sanará al indispuesto” (Sant. 5:14, 15).

A la hora de resistir las tentaciones es esencial orar, pero hemos de hacerlo en el momento debido. Pensemos en el caso del joven que se menciona en Proverbios 7:6-23. Al anochecer camina por una calle donde sabe que vive una mujer inmoral. Seducido por su persuasión y la suavidad de sus labios, el hombre va tras ella, como un toro hacia el degüello. ¿Por qué ha ido hasta allí? Como es “falto de corazón”, es decir, inexperto, es posible que esté librando una batalla interna con algún mal deseo (Pro. 7:7).

¿Cuándo tendría que haber orado? Le hubiera sido útil hacerlo mientras la mujer le hablaba, pero indiscutiblemente hubiera sido mejor que orara en el momento en que le vino la idea de pasar por esa calle.

En la actualidad, quizás un hombre esté esforzándose por no ver pornografía. Pero supongamos que entre en páginas de Internet donde él sabe que hay fotos o videos provocativos. ¿No sería este un caso parecido al que se plantea en el capítulo 7 de Proverbios? La verdad es que correría un serio peligro.

Para resistir la tentación de ver pornografía, la persona debe buscar la ayuda de Jehová antes de ponerse a navegar por páginas de Internet que pudieran despertar tal deseo.

No es fácil vencer una tentación o un vicio. “La carne está contra el espíritu en su deseo —escribió el apóstol Pablo—, y el espíritu contra la carne.” Por lo tanto, “las mismísimas cosas que quisiéramos hacer, no las hacemos” (Gál. 5:17). Para triunfar, debemos orar fervientemente en cuanto se presenten las tentaciones o los malos pensamientos, y entonces ser consecuentes con nuestros ruegos.

La Biblia nos recuerda: “Ninguna tentación los ha tomado a ustedes salvo lo que es común a los hombres”; así que con la ayuda de Jehová podemos serle fieles (1 Cor. 10:13).

Tanto si nos hallamos en medio de una situación difícil, tomando una decisión importante o tratando de resistir una tentación, contamos con un regalo maravilloso de parte de Jehová: el precioso don de la oración. Cuando buscamos su guía, demostramos que confiamos en él. Además, debemos seguir pidiéndole su espíritu santo para que nos guíe y nos fortalezca (Lucas 11:9-13).

Y sobre todo, confiemos siempre en Jehová y no nos apoyemos en nuestro propio entendimiento.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" fechada el 15 de Noviembre de 2011. Para ampliar el tema lea el libro: "Ejemplos de fe".

jueves, 15 de mayo de 2014

Enséñame a hacer tu voluntad

“Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios.” (SAL. 143:10)

Ver las cosas desde la elevada perspectiva del Creador nos permite andar en el camino que él aprueba (Is. 30:21).

Durante la mayor parte de su existencia, el rey David de Israel fue un sobresaliente ejemplo de alguien que tuvo presente la voluntad de Dios. Repasemos algunos episodios de su vida a fin de aprender de la conducta de un hombre que sirvió a Jehová con un corazón completo (1 Rey. 11:4).

DAVID REVERENCIÓ EL NOMBRE DE DIOS


Pensemos en el joven David cuando se enfrentó al campeón filisteo Goliat. ¿Qué lo impulsó a luchar con un gigante de casi 3 metros (9,5 pies) de altura y armado hasta los dientes? (1 Sam. 17:4, nota.) ¿Su valor? ¿Su fe en Dios? Es verdad que ambas cualidades tuvieron mucho que ver. Sin embargo, lo que lo motivó de un modo especial fue su respeto a Jehová y a su gran nombre. Indignado, David preguntó: “¿Pues quién es este filisteo incircunciso para que tenga que desafiar con escarnio a las líneas de batalla del Dios vivo?” (1 Sam. 17:26).

Ya frente a Goliat, le dijo: “Tú vienes a mí con una espada y con una lanza y con una jabalina, pero yo voy a ti con el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de las líneas de batalla de Israel, a quien tú has desafiado con escarnio” (1 Sam. 17:45).

Confiando en el Dios verdadero, derribó al imponente filisteo de una sola pedrada. Tal como en aquella ocasión, David confió en Jehová y tuvo su nombre en la más alta estima a lo largo de toda su vida. De hecho, instó a sus hermanos israelitas: “Jáctense en el santo nombre de él” (léase 1 Crónicas 16:8-10).

¿Se siente usted orgulloso de tener a Jehová como su Dios? (Jer. 9:24.) ¿Cómo reacciona cuando sus vecinos, compañeros o parientes hablan mal de él y se burlan de sus Testigos? ¿Sale en defensa del nombre de Jehová confiando en su apoyo? Claro está, hay un “tiempo de callar”, pero no hay que avergonzarse de ser testigos de Jehová y discípulos de Jesús (Ecl. 3:1, 7; Mar. 8:38).

Aunque debemos tratar con tacto y amabilidad a quienes no responden favorablemente a nuestro mensaje, nunca seamos como aquellos israelitas que “se aterrorizaron y tuvieron muchísimo miedo” al oír las provocaciones de Goliat (1 Sam. 17:11). Más bien, actuemos con decisión para santificar el nombre de Jehová. Nuestro deseo es ayudar a las personas a conocerlo como el Dios que es en realidad, y por eso usamos su Palabra escrita para que vean la importancia de acercarse a él (Sant. 4:8).

El enfrentamiento con Goliat nos enseña otra lección esencial. Cuando David llegó corriendo a la línea de batalla, preguntó: “¿Qué se le hará al hombre que derribe a ese filisteo allá y realmente aparte el oprobio de sobre Israel?”. En respuesta, los hombres de Israel le repitieron lo que ya habían dicho antes: “Al hombre que lo derribe, el rey lo enriquecerá con grandes riquezas, y le dará su propia hija” (1 Sam. 17:25-27).

Pero la recompensa material no era la principal preocupación de David. Él tenía un objetivo mucho más noble: glorificar al Dios verdadero (léase 1 Samuel 17:46, 47). ¿Y nosotros? ¿Es nuestra principal preocupación hacernos un nombre en este mundo ganando riquezas y alcanzando un puesto prominente? Sin duda, queremos ser como David, quien cantó: “Oh, engrandezcan ustedes a Jehová conmigo, y juntos ensalcemos su nombre” (Sal. 34:3). Por consiguiente, confiemos en Jehová y antepongamos su nombre al nuestro (Mat. 6:9).

La valerosa actuación de David exigió que confiara por completo en Jehová. Aquel joven tenía una fe fuerte, y ello se debió en parte a que confió en Dios cuando era pastor (1 Sam. 17:34-37). Nosotros también necesitamos una fe fuerte para perseverar en el ministerio, sobre todo si no nos reciben amigablemente.

Podemos cultivar esa fe confiando en Dios en nuestras actividades cotidianas. Por ejemplo, si utilizamos el transporte público, podríamos empezar conversaciones sobre la verdad bíblica con quienes vayan sentados junto a nosotros. ¿Y por qué no hablar con las personas que encontramos en la calle mientras vamos predicando de casa
en casa? (Hech. 20:20, 21.)

DAVID ESPERÓ EN JEHOVÁ
Otro ejemplo de la inclinación de David a confiar en Jehová tuvo que ver con Saúl, el primer rey de Israel. Por celos, este trató de clavarlo a la pared con una lanza en tres ocasiones, pero en todas ellas David esquivó el ataque y renunció a vengarse. Al final no tuvo más remedio que huir (1 Sam. 18:7-11; 19:10). Entonces, Saúl salió a perseguirlo en el desierto con tres mil hombres escogidos de todo Israel (1 Sam. 24:2).

Un día entró sin saberlo en la misma cueva en que estaban David y sus hombres. Este pudo aprovechar la oportunidad para acabar con aquel rey que lo quería ver muerto. Al fin y al cabo, la voluntad de Dios era que él lo reemplazara al frente de Israel (1 Sam. 16:1, 13). Y, de hecho, si hubiera seguido el consejo de sus hombres, lo habría matado.

Pero en vez de eso dijo: “Es inconcebible, de parte mía, desde el punto de vista de Jehová, que yo haga esta cosa a mi señor, el ungido de Jehová” (léase 1 Samuel 24:4-7). Saúl seguía siendo el rey ungido por Dios, y David no quería arrebatarle el trono, ya que Jehová aún le permitía sentarse en él. Al limitarse a cortarle la vestidura sin mangas, demostró que no tenía ninguna intención de hacerle daño (1 Sam. 24:11).

David volvió a tratar con respeto al ungido de Jehová la última vez que lo vio. David y Abisai llegaron al lugar donde Saúl estaba acampado y lo hallaron dormido. Aunque Abisai concluyó que Dios le había entregado a su enemigo y se ofreció para clavarlo en el suelo con su lanza, David se lo impidió (1 Sam. 26:8-11). Puesto que buscaba la guía divina, no permitió que la insistencia de su compañero debilitara su determinación de actuar en armonía con la voluntad de Jehová.

Nosotros también podemos afrontar situaciones en las que alguien, en vez de apoyarnos para que hagamos lo que Jehová desea, trate de presionarnos para que adoptemos su punto de vista humano. Al igual que Abisai, puede que incluso nos anime a actuar sin tomar en cuenta la voluntad divina sobre un asunto en particular. Para no ceder, debemos tener muy claro cómo ve Jehová la cuestión y estar decididos a seguir andando en sus caminos.

David le oró a Jehová: “Enséñame a hacer tu voluntad” (léase Salmo 143:5, 8, 10). En vez de confiar en sus propias ideas o ceder a la insistencia de los demás, anhelaba que Dios le enseñara sus caminos. Pudo decirle: “He meditado en toda tu actividad; de buena gana me mantuve intensamente interesado en la obra de tus propias manos”. Nosotros podemos comprender cuál es la voluntad divina profundizando en las Escrituras y meditando en los numerosos relatos bíblicos que revelan cómo ha tratado Jehová con los seres humanos.

DAVID COMPRENDÍA LOS PRINCIPIOS EN QUE SE BASABA LA LEY

También son dignos de imitar la comprensión que David tenía de los principios reflejados en la Ley y su deseo de regirse por ellos. Analicemos lo que ocurrió cuando expresó que tenía muchas ganas de “beber del agua de la cisterna de Belén”. Tres de sus hombres entraron por la fuerza en la ciudad —ocupada entonces por los filisteos— y volvieron con el agua.

Sin embargo, “David no consintió en beberla, sino que se la derramó a Jehová”. ¿Por qué? Él mismo explicó: “¡Es inconcebible, de parte mía, en lo que respecta a mi Dios, hacer esto! ¿Es la sangre de estos hombres lo que debería beber a riesgo de sus almas? Porque fue a riesgo de sus almas que la trajeron” (1 Crón. 11:15-19).

Como conocía la Ley, David sabía que la sangre no debía ingerirse, sino derramarse ante Jehová. También entendía el porqué, ya que la Ley indicaba que “el alma de la carne [es decir, su vida] está en la sangre”. Pero si aquello era agua y no sangre, ¿por qué se negó a beberla? Porque comprendía el principio en que se basaba ese requisito legal: que Jehová considera sagrada la sangre.

En vista de que estos tres hombres habían arriesgado su vida, David llegó a la conclusión de que beber esa agua habría sido una falta de respeto a la sangre de ellos. Por lo tanto, le resultaba inconcebible beberla. Más bien, razonó que debía derramarla en el suelo (Lev. 17:11; Deut. 12:23, 24).

David procuró que la Ley de Dios le llegara a lo más hondo de su ser. Por eso cantó: “En hacer tu voluntad, oh Dios mío, me he deleitado, y tu ley está dentro de mis entrañas” (Sal. 40:8). Estudió la ley divina y meditó profundamente en ella. Como confiaba en la sabiduría de los mandatos de Jehová, no solo obedecía la letra de la Ley mosaica, sino que también actuaba en armonía con su espíritu.

Al estudiar la Biblia, nos conviene meditar en lo que leemos y guardarlo en el corazón. Así podremos determinar lo que a Jehová le complace en cualquier situación que surja.

Salomón, el hijo de David, recibió muchas bendiciones de Jehová. No obstante, con el tiempo dejó de respetar la Ley de Dios. Por ejemplo, él sabía que los reyes israelitas tenían prohibido “multiplicarse esposas”, pero desobedeció ese mandato (Deut. 17:17). De hecho, se casó con muchas extranjeras.

Ya en su vejez, “sus esposas habían inclinado el corazón de él a seguir a otros dioses”. Sin importar las excusas que pusiera, el caso es que “empezó a hacer lo que era malo a los ojos de Jehová, y no siguió de lleno a Jehová como David su padre” (1 Rey. 11:1-6). ¡Qué importante es que nos dejemos guiar por las leyes y principios de la Palabra de Dios! Esto es esencial, por ejemplo, cuando uno planea casarse.

Si un no creyente se nos insinúa, ¿reflejará nuestra respuesta que pensamos como David, o como Salomón?

Los verdaderos cristianos están bajo el mandato de casarse “solo en el Señor” (1 Cor. 7:39). Si un cristiano opta por casarse, debe elegir un cónyuge dedicado y bautizado. Y si percibimos el espíritu de este requisito bíblico, no solo evitaremos casarnos con un no creyente, sino que también rechazaremos cualquier insinuación que nos haga.

El ejemplo de David en cuanto a buscar la guía divina también nos ayuda a resistir la tentación de ver pornografía. Lea los siguientes pasajes, piense en los principios que contienen y procure percibir la voluntad de Jehová a este respecto (léanse Salmo 119:37; Mateo 5:28, 29 y Colosenses 3:5).

Meditar en sus elevadas normas nos prepara para mantenernos alejados de la trampa de la pornografía.

TENGA PRESENTE EN TODO MOMENTO EL PUNTO DE VISTA DE DIOS


Aunque David fue ejemplar en muchos sentidos, a lo largo de su vida cometió varios pecados graves (2 Sam. 11:2-4, 14, 15, 22-27; 1 Crón. 21:1, 7). Sin embargo, en cada caso demostró su arrepentimiento. Puede decirse que anduvo con Dios “con integridad de corazón” (1 Rey. 9:4). ¿Por qué? Porque siempre trató de actuar en armonía con la voluntad divina.

A pesar de nuestra imperfección, podemos conservar el favor de Jehová. Con ese fin, estudiemos con empeño su Palabra, reflexionemos en lo aprendido y actuemos con decisión según lo que hemos guardado en el corazón. Así haremos nuestra la humilde solicitud que el salmista le hizo a Jehová: “Enséñame a hacer tu voluntad”.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" fechada el 15 de Noviembre del 2012. Para ampliar el tema lea el libro: "Ejemplos de fe"