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lunes, 13 de enero de 2014

La pobreza no es natural, es creada por el hombre y puede superarse y erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Y erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia.


Nelson Mandela

Por favor, que se acabe la maldad de los inicuos, y que tú establezcas al justo; y Dios como justo está poniendo a prueba corazón y riñones. . .

(Salmo 7:9)

sábado, 11 de enero de 2014

¿Qué piensas de la disciplina? (los jovenes preguntan)

Capítulo 13

PROBABLEMENTE conoces a alguien —quizás un compañero de estudios o hasta un maestro— que nunca admite que ha cometido un error o se ha equivocado. ¿Qué piensas de una persona como ésa? ¿Mejoraría o empeoraría tu opinión de esa persona si cierto día confesara con toda franqueza: “Lo siento mucho; veo que me equivoqué”?

En realidad, todos cometemos errores, ¿verdad? Ninguno de nosotros es perfecto o sin tacha. La Biblia nos dice eso. Muestra que, debido a la desobediencia de Adán nuestro primer padre, todos los hombres nacen con una herencia de imperfección, pecado. La Biblia explica que “por medio de un solo hombre [Adán] el pecado entró en el mundo y la muerte por medio del pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado.”—Romanos 5:12.

Algunos errores se deben solo a ‘falta de conocimiento.’ Pero no todos. Muchos errores se deben a falta de interés. Por ejemplo, en un avión pudiera suceder que un pasajero no prestara atención mientras la azafata explicara el uso de los chalecos salvavidas o el suministro de oxígeno del avión. Si, como resultado de esto, el pasajero no usara estas provisiones en una emergencia y perdiera la vida, su muerte no se debería sencillamente a que le faltara conocimiento. Más bien, a él le faltó interés en conocer.

No todos los males se pueden achacar a simple error. Muchas veces la causa es ignorancia voluntariosa. Peor todavía, alguien pudiera hacer lo que sabe que es malo... mientras se excusa con una razón u otra.

Todo esto muestra que se necesita disciplina, la cual envuelve corrección. Todos necesitamos corrección, seamos jóvenes o viejos. De hecho, si no hubiera disciplina o corrección no podría haber progreso en ningún campo del vivir humano. La gente seguiría cometiendo las mismas equivocaciones, creyendo las mismas ideas erróneas, y nunca adelantaría en conocimiento o aptitud.

Pero ¿sabes que la disciplina significa más que solo corrección? También puede ser entrenamiento que amolde, fortalezca o mejore. Debidamente, la disciplina se da con el fin de corregir y mejorar para el futuro.

LO QUE HACE DIFÍCIL ACEPTARLA

Pero si la disciplina es tan provechosa, ¿por qué se les hace tan difícil de aceptar a la mayoría de las personas? Es en realidad por la misma razón que, para empezar, necesitamos la disciplina, a saber, nuestra imperfección. La disciplina puede causarnos fácilmente turbación, o quizás hiera nuestro orgullo.

Nota, sin embargo, el otro lado de este cuadro según lo explica el apóstol Pablo: “Es cierto que ninguna disciplina parece por el presente ser cosa de gozo, sino penosa; sin embargo después, a los que han sido entrenados por ella, da fruto pacífico, a saber, justicia.”—Hebreos 12:11.

El desplegar humildad le quita a la disciplina mucho del dolor que encierra. Sin embargo, muchas personas dejan que el orgullo y la terquedad las lleven a resistir la disciplina. Pero cuando la corrección o censura está bien fundada, la persona que tercamente la rechaza lo único que logra es parecer insensata a los ojos de los demás. Dice la Palabra de Dios: “La sabiduría y la disciplina son lo que han despreciado los meros tontos.”—Proverbios 1:7.
En contraste, leemos: “Da una censura a un sabio y te amará.” ¿Por qué? Porque sabe que por medio de la corrección “aumentará en saber.”—Proverbios 9:8, 9.

¿CÓMO RESPONDERÁS?
La cuestión verdadera es: ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Quieres solo ir flotando con la corriente, o estás anuente a esforzarte por tener un futuro que valga? ¿Qué piensas de este asunto? ¿Concuerdas con la Palabra de Dios, que da este consejo: “Escucha el consejo y acepta la disciplina, a fin de que te hagas sabio en tu futuro”?—Proverbios 19:20.

Sea cual sea tu punto de vista, inevitablemente recibirás disciplina alguna vez en la vida. Y te será más agradable y fácil aceptarla si tienes presente que es el arreglo de Dios. Él suministra disciplina porque nos ama y desea ayudarnos a mejorar. Por eso la Biblia dice que cualquiera que odia la disciplina está, en realidad, ‘arrojando detrás de sí las palabras de Dios.’—Salmo 50:17.

Correctamente la disciplina viene de una fuente autorizada. ¿Quiénes crees tú que están en la mejor posición para administrar disciplina a personas más jóvenes? Dios ha asignado esta tarea a los padres, porque ellos son responsables de la vida de sus hijos. Y, dentro de la congregación cristiana, Dios ha suministrado hombres que espiritualmente son “ancianos” que ‘pueden exhortar por la enseñanza que es sana y también censurar a los que contradicen.’—Tito 1:5-9.

¿Cómo respondes a la disciplina que recibes de tus padres? Muchos jóvenes se resienten por ella, por lo menos por algún tiempo, hasta el punto de abandonar el hogar por esa razón. Si a ti te perturba el que alguien te dé consejo o censura, piensa un momento en esto: ¿Por qué dedicaron tiempo y esfuerzo a hacerlo? En la mayoría de los casos, aunque no en todos, tú sabes que el impartir censura no es exactamente agradable para ellos. Lo hacen porque se interesan lo suficiente en ti como para hacer ese esfuerzo. Ese solo hecho debería hacer que pensaras con seriedad en lo que dicen.

Es verdad que el encararnos resueltamente a nuestros errores exige fortaleza. Y exige humildad el aceptar la disciplina, especialmente si uno cree que no era necesaria. Pero si la aceptas calladamente y no despliegas rebeldía contra ella, probablemente te aprovechará, y esto hará más llevadera la situación.

Recuerda, también, que probablemente los que ofrecen la disciplina no están tratando de “estorbarte” de modo que te sientas bajo estrechez en el camino de la vida. Lo más probable es que estén tratando de ayudarte a progresar. La disciplina sabia protege de accidentes dañinos, te mantiene libre de cosas que te atan con problemas y te hacen difícil el camino.

Si aceptas la corrección, la promesa de la Biblia es ésta: “Cuando andes, no será estrecho tu paso; y si corres, no tropezarás. Ásete de la disciplina; no sueltes. Salvaguárdala, pues ella misma es tu vida.”—Proverbios 4:10-13.

Por supuesto, no es necesario que esperes hasta que otros te corrijan. Puedes practicar la autodisciplina, el disciplinarse uno mismo. Si estás alerta, puedes reconocer muchos de tus propios errores y equivocaciones y tomar medidas para corregirlos.

El que uno esté dispuesto a aceptar la disciplina resulta en muchos beneficios. El admitir las equivocaciones con franqueza te da un mejor sentimiento interno. Fortalece tu corazón y mente para lo que es correcto. Contribuye a las buenas relaciones con otras personas; ellas te aceptan como persona honrada, humilde y equilibrada, refrescantemente diferente de tantas otras de hoy. Sobre todo, es cosa esencial para ponerte en buena relación con Jehová Dios y mantenerte en esa condición. También puede asegurarte una vida duradera y feliz. Sí, “las censuras de la disciplina son el camino de la vida.”—Proverbios 6:23.

PARA MEDITAR
  •  ¿Por qué tendemos todos a cometer errores? (b) Además de falta de conocimiento, ¿qué otra cosa hace que se cometan errores?
  •  ¿Por qué es beneficiosa la corrección tanto para los jóvenes como para los viejos? (b) ¿Qué objetivo tiene la disciplina? (Proverbios 1:1-4)
  •  ¿Por qué con frecuencia se hace difícil aceptar la disciplina? (b) ¿Cómo puede vencerse esta actitud?
  •  Como muestra Proverbios 19:20, ¿cómo puede ser afectada nuestra vida por la disciplina? (b) ¿Por qué nos disciplina Dios? (Hebreos 12:5, 6) (c) ¿Quiénes tienen autoridad para disciplinarnos?
  •  Si nos inclinamos a resentirnos por la disciplina, ¿qué pensamientos pudiéramos recordar que pueden ayudarnos a reajustar nuestra manera de pensar? (Proverbios 4:1, 2; 13:24; 15:32)
  • Cuando recibes corrección, ¿cómo respondes?
Porción del libro "Tu juventud... aprovechándola de la mejor manera" editado en el año 1976 por los testigos de Jehová. También puede ser de su interes el tema: "¿Que hago si ya desobedecí?

jueves, 9 de enero de 2014

¡Logré mi libertad en prisión! (Segunda y Última Parte)


Una campaña de predicación de celda en celda

El proselitismo estaba prohibido en el penal. Pero yo estaba autorizado a pasar por las celdas distribuyendo la comida. Sentía el impulso de compartir con otros esa sensación de libertad que yo experimentaba. (Juan 8:32.) De modo que, o bien al barrer o al distribuir las comidas, metía revistas por debajo de las pesadas puertas metálicas. Hasta llevaba un registro de cada celda para saber qué número de las revistas había dejado. Mis días amables habían comenzado.

De aquel penal pasé a varios más, y fui conducido a uno en París. Allí me retuvieron durante una corta temporada bajo observación, con el objeto de determinar mi grado de peligrosidad. Como me esperaba un nuevo destino, solicité el penal de Eysses, al sudoeste de Francia. Había oído decir que allí se hallaban unos Testigos.

En efecto, había un hermano; sin embargo, en los tres años que estuve en aquel penal, nunca pudimos coincidir. Él estaba en una zona a la que yo no tenía acceso. De modo que organicé mi actividad como pude. Empecé a distribuir revistas en la prisión y di comienzo a varios estudios bíblicos. Hasta pude conducir un estudio de La Atalaya cada domingo con dos de los reclusos. Con el tiempo, inicié tres estudios bíblicos: uno con un francés, otro con un español y un tercero con un marroquí.

Pruebas de neutralidad en la prisión
En cualquier prisión, el espíritu solidario es parte de la ética del recluso.
Hay momentos en que los antecedentes, raza o nacionalidad desaparecen y cada recluso se ve atado al mismo “cordón umbilical”, unido a una “placenta” común: la cárcel. Es como si por el “rito de iniciación” del delito, uno fuese investido miembro de la “orden del recluso”.

Esta comunión de intereses obligaba a participar en amotinamientos
—incendiar la celda, agresiones y huelgas— siempre que la “voluntad popular” del recluso lo decidiera. Pero yo había roto con “la orden”. Tenía que permanecer neutral y no envolverme en las acciones de los otros reclusos.

Sufrí algunas represalias por mi neutralidad.
En tres ocasiones me golpearon, una vez vaciaron un cubo de agua sobre mi cama, recibí amenazas de muerte. Pero estaba extrañado: ¡eso era lo mínimo que podía ocurrir! Otros habían sido apuñalados o habían recibido fuertes palizas por negarse a tomar parte en sublevaciones comunes. ¿Cómo es que a mí no me había pasado prácticamente nada? Con el tiempo supe que había tenido un protector. ¿Cómo así?

En el traslado de París a la prisión de Eysses, yo había dado testimonio a un preso que iba de conducción conmigo. Él era un recluso de gran influencia, un mafioso. Empezamos un estudio bíblico. El mensaje del Reino lo había impresionado, pero no como para cambiar su vida; de modo que, más tarde, descontinuó el estudio. Sin embargo, ¡él se hizo mi protector! Cuando los presos decidían alguna manifestación, intervenía en mi defensa, advirtiéndoles que me dejaran tranquilo. Pero luego, fue trasladado a otro penal.

Por aquellos días se planeaba un nuevo amotinamiento. Se proponían incendiar el penal. En esta ocasión, pedí ser encerrado en una celda de aislamiento para evitar posibles represalias. Llevaba nueve días incomunicado cuando, al décimo, se desató un alboroto general que culminó en un incendio. El destrozo fue total, y tuvieron que intervenir fuerzas especiales de seguridad. Afortunadamente, no sufrí ningún daño físico.

Lo más sobresaliente para mí es que pude, pese a todo, organizar campañas de predicación en la prisión. Para poder repartir unos tratados que yo mismo había mecanografiado, hablé con los reclusos responsables de cada patio con el fin de que ellos los distribuyeran en sus respectivas zonas, a las que yo no tenía acceso.

Bautismo y libertad definitiva

Los hermanos de la congregación francesa local me visitaban regularmente. En su momento, les manifesté mi deseo de bautizarme. Pero, ¿cómo lo haríamos? En la prisión no había posibilidades. ¿Me dejarían salir para algo así? La idea parecía quimérica. Se iba a celebrar una asamblea de circuito en Rodez, una ciudad que quedaba cerca del penal. Me armé de valor y pedí permiso para asistir.

Contra todo pronóstico, me concedieron un permiso de tres días, e iría acompañado únicamente por los hermanos de la congregación local. Algunos funcionarios de la prisión se opusieron a esta decisión. Estaban convencidos de que si me dejaban salir, no regresaría. Pero el permiso ya era oficial.

El 18 de mayo de 1975 simbolicé mi dedicación a Dios por bautismo en agua. ¡Ahora sí estaba verdaderamente libre! Naturalmente, aunque para el asombro de los que se habían opuesto a dejarme salir, regresé al penal. Después de aquello, me otorgaron otros dos permisos de hasta seis días cada uno. Los aproveché para predicar y reunirme con los hermanos. ¡Qué sensación de verdadera libertad!

En enero de 1976, gracias a una reducción de tres años de condena por buena conducta, salí definitivamente en libertad. Por fin crucé la frontera franco-española. Atrás habían quedado cinco años muy intensos de mi vida. Al llegar a Barcelona, inmediatamente me puse en contacto con una congregación de testigos de Jehová. ¡Cómo ansiaba disfrutar de condiciones de vida más normales!

La verdadera manera de reformarse


Hoy estoy casado. Tenemos dos hijos y una hija, y disfruto de algo que no había podido saborear en mi niñez: una vida de familia unida y feliz. Reconozco que Jehová ha sido misericordioso conmigo en gran manera. Cuando leo en el Salmo 103, versículos 8 al 14, que Él ‘no ha traído sobre nosotros, conforme a nuestros pecados, lo que merecemos, porque su bondad amorosa es superior’, comprendo que solo un Dios de amor puede restaurar este deteriorado sistema de cosas.

Por mi experiencia, he descubierto que las cárceles no tienen, ni podrán tener jamás, el poder de reformar. Ese poder procede de una fuerza y motivación interior que actúa sobre la mente. (Efesios 4:23.) Son muchos los que en prisión se envilecen aún más y, cuando la abandonan, salen con daños morales y emocionales casi irreversibles.

Pero, felizmente, en mi caso aquellos infranqueables muros de prisión se habían desmoronado mucho antes de mi puesta en libertad. Porque no hay nada que pueda fijar límites, sujetar o encerrar la verdad de la Palabra de Dios. Lo sé, porque ¡yo logré mi libertad en prisión!

Narrado por Enrique Barber González.

Experiencia relatada en la revista "¡Despertad! del 22 de Septiembre de 1987, publicada por los Testigos de Jehová. Lea la siguiente noticia relacionada: "Armenia libera a todos los testigos de Jehová que quedaban en prisión"