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sábado, 8 de febrero de 2014

Cántico 22: "Jehová es mi pastor" (Basado en el Salmo 23)

Mi Buen Pastor es Jehová Dios,
ningún mal yo temeré;
pastor tan tierno como él no hay,
sabrá protegerme bien.

A frescas aguas me guía,
a mi alma sustento da;
por los senderos de rectitud
mis pasos conducirá.
Por los senderos de rectitud
mis pasos conducirá.


Si voy por un valle oscuro,
sin miedo caminaré;

mi Gran Pastor anda junto a mí,
su vara mi amparo es.

Con fino aceite me unta,
mi copa hace rebosar;
agradecido por su bondad,
en su casa he de morar.

Agradecido por su bondad,
en su casa he de morar.


Oh mi Pastor bueno y sabio,
te alabo de corazón;
tu incomparable ternura es

el tema de mi canción.

Tu ley es mi gran tesoro,
muy dentro la guardaré;
a todos les hablaré de ti,
mi amado Pastor y Rey.


A todos les hablaré de ti,
mi amado Pastor y Rey.


 

(Véanse también el Salmo 28: 9 y 80: 1) Se puede descargar el cántico 22 en audio, que es parte de Cantemos a Jehová (coro y orquesta) disco 4, Así como El libro de canticos. con las letras y partituras.

viernes, 7 de febrero de 2014

¿Qué hago si mis padres dan mal ejemplo?

Los jóvenes preguntan...

“Mi padre es cristiano desde hace diez años, pero ahora está inactivo. No estudia la Biblia ni es asiduo a las reuniones; se pasa todo el tiempo criticando a los hermanos de la congregación y tiene opiniones mundanas sobre la raza y tantísimos asuntos más. Pienso que tiene muchos defectos.” (Una adolescente.)
NINGÚN padre es perfecto. “Todos han pecado y no alcanzan a la gloria de Dios”, dice la Biblia. (Romanos 3:23.) Pero es cosa distinta cuando un padre o una madre desempeña el papel de cristiano modélico en público y sufre una horrible metamorfosis en privado. “Mi padre es muy simpático delante de la gente —dice una muchacha—, pero en casa es diferente. Es irritante. Nada de lo que hago le gusta, y hace sufrir a toda la familia. He llegado al punto de que ya no encuentro felicidad en la vida. Lo único que siento por él es odio.”

La ira y el rencor pueden ser particularmente intensos en el caso de los jóvenes que son víctimas de abuso en secreto. Una mujer llamada Mary relata que fue objeto de “violencia y abuso verbal y de todo otro tipo” a manos de su padre, un alcohólico encubierto, y recuerda con amargura: “La gente solía decirnos a nosotros, los hijos, lo afortunados que éramos al tener un padre tan maravilloso”.

La Biblia reprueba todo género de hipocresía. (Santiago 3:17.) Asimismo, advierte que aun entre los verdaderos adoradores de Dios habría quienes ‘esconderían lo que son’. (Salmo 26:4; compáralo con Judas 4.) No obstante, saber esto quizás no te sirva de mucho si el hipócrita resulta ser uno de tus padres, alguien a quien debes amar y respetar. Algunos jóvenes se debaten en un mar de emociones contradictorias. “Necesito ayuda —implora una joven—. La Biblia manda ‘honrar al padre’, pero no puedo honrar al mío.”

El verdadero significado de honrarlos

Es verdad que el mandamiento bíblico de honrar a los padres no contiene una ‘cláusula de escape’ para los jóvenes que consideran que los suyos no son merecedores de dicha honra. (Efesios 6:1, 2.) Sin embargo, cumplir con el precepto divino no significa forzosamente que uno apruebe su forma de vida o sea feliz por el trato que le dan. “Honrar”, según la Biblia, puede tener el significado restringido de reconocer la autoridad debidamente constituida.

Por ejemplo, el apóstol Pedro exhortó a los cristianos a que ‘dieran honra al rey’. (1 Pedro 2:17.) Pedro sabía por experiencia propia que los monarcas por lo general eran personajes indeseables. Herodes Agripa I, por citar un caso, era un hombre extravagante e insensato.
Tras haber recibido de Roma el título de rey de Palestina, lanzó una persecución contra los cristianos. “Con la espada eliminó a Santiago hermano de Juan. Como vio que esto fue del agrado de los judíos, prosiguió a arrestar también a Pedro.” (Hechos 12:1-3.)

A pesar de todo, en vez de fomentar la rebelión, Pedro promovió la obediencia a los reyes; y con sobrada razón, pues es la voluntad de Jehová que obedezcamos a la autoridad civil. Además, en los días del apóstol había monarcas que ejercían el poder y la autoridad con carácter absoluto. Salomón dijo: “Todo aquello que él se deleita en hacer lo hace, porque la palabra del rey es el poder de control; y ¿quién puede decirle: ‘¿Qué haces?’?”. (Eclesiastés 8:3, 4.)

Del mismo modo, sean cuales sean sus faltas, tus padres son los que mandan en casa y tienen potestad sobre ti. Por lo tanto, no sería prudente rebelarse contra ellos o tratarlos con desdén. No solo haría más penosa tu vida, sino que podrías perder el favor divino. (Compáralo con Proverbios 30:17; Eclesiastés 10:4.) Por otra parte, si cooperas al máximo, podrás mantener cuando menos cierta paz y tranquilidad en el trato con tus padres. (Colosenses 3:20.)

Cómo mitigar la ira y el rencor

Ahora bien, ¿cómo puedes tratar con respeto a alguien que te ha herido y desilusionado? No es fácil. Sin embargo, pensar demasiado en los errores y debilidades de tus padres solo alimentará tu resentimiento. ¿Pudiera ser que necesites un concepto más positivo de ellos, reconociendo su mérito por cualesquier virtudes que posean?

Observa las palabras de Proverbios 19:11: “La perspicacia del hombre ciertamente retarda su cólera”. Tratar de entender a los que te dieron la vida podría darte una nueva percepción de los asuntos. ¿En realidad están actuando de manera perversa? ¿O acaso sea que están débiles o desanimados y precisan ayuda? ¿Pudiera obedecer su comportamiento a que están enfermos, deprimidos, se sienten solos o padecen estrés debido al trabajo? De ser así, comprender estos problemas te ayudará a mostrarles más compasión y seguramente atenuará tu ira.

En cualquier caso, conviene que abras tu corazón a alguien. (Proverbios 12:25.) “Papá bebía mucho —recuerda una joven—. Como no podía manifestar mis sentimientos a mis padres, me guardaba todo para mí.” Mas no hay por qué sufrir a solas. Existen en la congregación cristiana personas maduras que, si bien no sustituyen a tus progenitores, pueden hacer mucho para compensar la atención que te haga falta en casa. (Compáralo con Marcos 10:30.) Proverbios 17:17 lee: “El amigo ama en todas las circunstancias, y es como un hermano en las adversidades”. (Salvatore Garofalo.)

‘Puedo hacer que cambie’

Algunos jóvenes sufren emocionalmente debido a un sentido equivocado del deber. Mary, antes mencionada, dice refiriéndose a ella y sus hermanos: “Vivíamos horrorizados con la idea de que alguien descubriera que nuestro padre bebía”. Otros se agotan intentando en vano cambiar al padre o la madre que actúa incorrectamente.

Por mucho que ames y cuides a tus padres, tú no tienes la culpa de sus defectos. Cada quien ‘lleva su propia carga’ de responsabilidad ante Dios. (Compáralo con Gálatas 6:5; Santiago 5:14.) No estás obligado a vigilar ni controlar sus actos, y las quejas y reproches constantes solo les causarán disgusto.

Lo anterior no significa que no puedas hacer nada. Por lo menos puedes ‘orar incesantemente’ para que el corazón de tus padres cambie. (1 Tesalonicenses 5:17.) Las reiteradas muestras de cariño y las alabanzas sinceras, siempre que sea apropiado, pueden contribuir también a ablandar su actitud. Aparte de eso, quizás no te quede más remedio que soportar la situación lo mejor que puedas.

Claro está que si tú y tus padres son cristianos y uno de ellos está cometiendo un mal grave, como beber en exceso o tener arrebatos de ira, naturalmente sería tu obligación procurar que los ancianos de la congregación trataran el asunto. (Santiago 5:14.) Tal acción no constituiría una falta de lealtad, sino un gesto amoroso para que tu padre, o tu madre, reciba la ayuda urgente que requiere.

Es cierto que algunos padres han negado airadamente sus malas acciones y luego han castigado a sus hijos en secreto; pero cuando un joven ‘sufre por causa de la justicia’ así, puede contar con que Jehová aprueba su valeroso proceder y hará que la verdad salga a la luz a su debido tiempo. (1 Pedro 3:14; 1 Timoteo 5:24, 25.)
Obra tu propia salvación

Salomón declaró: “La mera opresión puede hacer que un sabio se porte como loco”. (Eclesiastés 7:7.) Sí, lamentablemente, algunos jóvenes se han amargado por el mal ejemplo de sus padres y han comenzado a comportarse mal. Hay quienes hasta se han encolerizado con Dios y han abandonado el camino cristiano. (Proverbios 19:3.) La Biblia aconseja: “Cuida que la furia no te atraiga a actuar con rencor. Manténte alerta para que no te dirijas a lo que es perjudicial”. (Job 36:18-21.)

En lugar de preocuparte excesivamente por la condición de tus padres ante Dios, debes ‘seguir obrando tu propia salvación con temor y temblor’. (Filipenses 2:12.) Así lo hizo un joven príncipe de la antigüedad llamado Ezequías, que se hallaba en circunstancias parecidas. Su padre, el rey Acaz, aseguraba que rendía culto a Jehová. (Isaías 7:10-12.) Pero en realidad veneraba a dioses paganos, y llegó al punto de ofrecer en sacrificio a uno de sus propios hijos. (2 Reyes 16:1-4.)

Imagínate el dolor que esta apostasía imperante debió de causar a Ezequías. El Salmo 119:28, que algunos atribuyen a la pluma de este joven príncipe, dice: “Mi alma se ha desvelado de desconsuelo. Levántame conforme a tu palabra”.

Y así obró Jehová. Según Ezequías se aplicaba a la oración y al estudio de la Palabra de Dios, su espiritualidad crecía a pesar del entorno. (Salmo 119:97.) Además, vigiló sus amistades. (Salmo 119:63.) ¿El resultado? Por encima del triste ejemplo de su padre hipócrita, Ezequías “siguió adhiriéndose a Jehová”. (2 Reyes 18:6.) Tú también puedes hacer lo mismo. Tal vez uno de tus progenitores esté comportándose hipócritamente, pero tú no tienes por qué copiar su ejemplo. Sigue fiel a Jehová, y quizás tus apacibles actos de fidelidad hagan que cambie algún día.

Nota

Esto no quiere decir que el joven deba tolerar el abuso físico o sexual. Quien se halle en esa situación debe procurar ayuda, incluso si para ello tiene que acudir a alguien ajeno al círculo familiar.
Artículo publicado en la revista "¡Despertad!" del 22 de Mayo de 1995. Para
complementar el tema lea: "¿Vale la pena vivir?"

jueves, 6 de febrero de 2014

“Tiempo de callar y tiempo de hablar”

¿Cuántas veces se ha lamentado: “Me pesa haber dicho eso”? No obstante, tal vez recuerde otras ocasiones en que se quedó callado y luego pensó: ‘Me pesa no haber dicho nada’.
La Biblia dice que hay “tiempo de callar y tiempo de hablar”. (Eclesiastés 3:7.) El problema estriba en decidir cuándo hablar y cuándo permanecer callados. Nuestra naturaleza humana imperfecta con frecuencia nos impele a hacer y decir cosas inoportunas. (Romanos 7:19.) ¿Cómo podemos dominar la ingobernable lengua? (Santiago 3:2.)

Maneras de dominar la lengua


No necesitamos una larga lista de directrices que abarquen cada situación que pudiera presentarse para ayudarnos a decidir cuándo hablar y cuándo permanecer callados. Antes bien, debemos guiarnos por las cualidades intrínsecas de la personalidad cristiana. ¿Cuáles son estas?


Jesucristo explicó que el amor es la cualidad principal que impulsa a sus discípulos. “En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre sí” dijo él. (Juan 13:35.) Cuanto más mostremos dicho amor fraternal, mayor dominio tendremos de la lengua.


Hay otras dos cualidades que también nos ayudarán grandemente. Una es la humildad, la cual nos permite ‘considerar que los demás son superiores a nosotros’. (Filipenses 2:3.) La otra es la apacibilidad, que nos mantiene ‘reprimidos bajo lo malo’. (2 Timoteo 2:24, 25.) Jesucristo es el ejemplo perfecto de cómo manifestar estas cualidades.


Como es más difícil dominar la lengua cuando estamos bajo presión, veamos lo que sucedió la noche antes de la muerte de Jesús, cuando estaba ‘hondamente contristado’. (Mateo 26:37, 38.) No sorprende que se sintiera así, pues el futuro eterno de la humanidad dependía de que él permaneciera fiel a Dios. (Romanos 5:19-21.)


No cabe duda de que era un momento oportuno para que Jesús hablara con su Padre celestial. Por eso se fue a orar, y pidió a tres de sus discípulos que se mantuvieran alerta. Al cabo de algún tiempo regresó y los halló durmiendo. Ante eso dijo a Pedro: “¿No pudieron siquiera mantenerse alerta una hora conmigo?”.

Su amorosa censura estuvo acompañada de palabras que indicaban que comprendía las debilidades de ellos. Dijo: “El espíritu, por supuesto, está pronto, pero la carne es débil”. Después, Jesús se fue y volvió otra vez y halló a los discípulos dormidos. Les habló con bondad y “se fue [...] y oró por tercera vez”. (Mateo 26:36-44.)


Cuando Jesús encontró a los discípulos dormidos por tercera vez, no los trató con severidad, sino que les dijo: “¡En una ocasión como esta ustedes duermen y descansan! ¡Miren! Se ha acercado la hora en que el Hijo del hombre ha de ser traicionado en manos de pecadores”. (Mateo 26:45.) Solo una persona que tuviera el corazón lleno de amor y una disposición verdaderamente apacible y humilde podría utilizar la lengua de esa manera en una ocasión tan difícil. (Mateo 11:29; Juan 13:1.)

Poco después, Jesús fue arrestado y sometido a juicio. Lo que ocurrió nos enseña que a veces lo mejor es permanecer callados, incluso cuando participamos en el ministerio cristiano. Resueltos a incriminar a Jesús, los sacerdotes principales no tenían ningún interés en aprender la verdad. De modo que en ese ambiente explosivo, Jesús guardó silencio. (Compárese con Mateo 7:6.)

Sin embargo, no se quedó callado cuando el sumo sacerdote le exigió lo siguiente: “¡Por el Dios vivo te pongo bajo juramento de que nos digas si tú eres el Cristo el Hijo de Dios!”. (Mateo 26:63.) Como se le puso bajo juramento, era tiempo de que Jesús hablara. Por eso contestó: “Tú mismo lo dijiste. Sin embargo, digo a ustedes: De aquí en adelante verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y viniendo sobre las nubes del cielo”. (Mateo 26:64.)


Durante aquel día trascendental, Jesús dominó perfectamente la lengua. En su caso, el amor, la apacibilidad y la humildad eran cualidades innatas de su personalidad. ¿Cómo podemos utilizar estas cualidades para controlar la lengua cuando estamos bajo presión?


Cómo dominar la lengua cuando estamos enojados


A menudo perdemos el control de la lengua cuando nos enojamos. Por ejemplo, en cierta ocasión Pablo y Bernabé tuvieron una diferencia de opinión. “Bernabé estaba resuelto a llevar consigo también a Juan, que se llamaba Marcos. Pero a Pablo no le pareció propio tomar consigo a este, puesto que se había apartado de ellos desde Panfilia y no había ido con ellos a la obra. Ante esto, ocurrió un agudo estallido de cólera, de modo que se separaron el uno del otro.” (Hechos 15:37-39.)

A veces es prudente permanecer callados cuando estamos enojados. “Un hombre de discernimiento es sereno de espíritu”, dice Proverbios 17:27. El discernimiento y el amor fraternal nos ayudarán a controlar el impulso de decir algo hiriente. Si se nos ha ofendido, hablemos con la persona a solas con un espíritu apacible y humilde con el objetivo de hacer las paces. ¿Qué hacer si ya ha ocurrido un estallido de cólera? Entonces el amor nos moverá a tragarnos el orgullo e intentar reparar el daño con humildad. Es el momento de hablar, de expresar nuestro pesar y sanar los sentimientos heridos mediante la comunicación sincera. (Mateo 5:23, 24.)

Cuando el silencio no es la solución

La cólera o la irritación pudieran hacer que dejáramos de dirigirle la palabra a la persona que nos molesta. Esto puede ser muy dañino. 
Puede que en tales circunstancias el resentimiento aumente y se perjudique la relación. Jesús dijo que debemos ‘ocuparnos en arreglar prestamente los asuntos’. (Mateo 5:25.) “Una palabra hablada al tiempo apropiado” puede ayudarnos a ‘seguir tras la paz’. (Proverbios 25:11; 1 Pedro 3:11.)

También debemos hablar cuando necesitamos ayuda. Si estamos sufriendo a causa de un problema espiritual, tal vez no queramos ser una carga para otros. Pero si permanecemos callados, el problema puede agravarse. Los ancianos cristianos nombrados se interesan por nosotros, y si les damos la oportunidad, nos ayudarán con gusto. Estas son ocasiones en que debemos hablar. (Santiago 5:13-16.)

Sobre todo debemos hablar con Jehová regularmente, orándole con sinceridad, como Jesús. ‘Derramemos el corazón’ delante de nuestro Padre celestial. (Salmo 62:8; compárese con Hebreos 5:7.)
“Tiempo de hablar” del Reino de Dios

El ministerio cristiano es una comisión divina que tiene que cumplirse antes de que venga el fin. Por eso, ahora más que nunca es vital que los siervos de Jehová declaren las buenas nuevas del Reino. (Marcos 13:10.) Al igual que los apóstoles, los cristianos verdaderos ‘no pueden dejar de hablar de las cosas que han visto y oído’. (Hechos 4:20.)


Claro está que no todo el mundo quiere oír las buenas nuevas. De hecho, cuando Jesús envió a sus discípulos a predicar les aconsejó que ‘buscaran hasta descubrir quiénes eran merecedores’. Como Jehová nunca obliga a nadie a adorarlo, no seguiremos hablando tercamente a alguien que rechaza con firmeza el mensaje del Reino. (Mateo 10:11-14.)

No obstante, nos encanta hablar de la gobernación real de Jehová a ‘todos los que están correctamente dispuestos para vida eterna’. (Hechos 13:48; Salmo 145:10-13.)


El amor, la apacibilidad y la humildad pueden ayudarnos a controlar nuestra inclinación imperfecta a hablar sin reflexión o a sumirnos en un silencio tenso. Cuanto más cultivemos estas cualidades mejor equipados estaremos para saber cuándo hablar y cuándo no.



Artículo aparecido en la revista "La Atalaya" del 15 de Mayo de 1996. Para complementar el tema lea: ¿Qué ha pasado con la paciencia?