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martes, 21 de enero de 2014

Preste atención a cómo escucha

“Yo, Jehová, soy tu Dios, Aquel que te enseña para que te beneficies a ti mismo, Aquel que te hace pisar en el camino en que debes andar.”

(Isaías 48:17)
 
Escuchar es un factor importante en el aprendizaje y, en ocasiones, una cuestión de vida o muerte.
Poco antes de liberar a su pueblo del yugo de Egipto, Jehová ordenó a Moisés que dijera a los ancianos de Israel qué pasos debían dar para salvar del ángel exterminador a sus primogénitos (Éxo. 12:21-23).

A su vez, tales ancianos transmitieron esta información a cada familia. Por tratarse de una comunicación oral, el pueblo tenía que escuchar con cuidado. ¿Cómo respondió? La Biblia señala: “Todos los hijos de Israel hicieron tal como Jehová había mandado a Moisés y Aarón. Hicieron precisamente así” (Éxo. 12:28, 50, 51). Como resultado, Israel vivió una formidable liberación.

Hoy día, Jehová nos prepara para una liberación aún más grandiosa, de modo que sus instrucciones, que recibimos en las reuniones de la congregación, merecen la más seria atención.

¿Se aprovecha usted a plenitud de tales reuniones? En buena medida dependerá de cómo escuche.
¿Logra usted retener los puntos clave que se presentan? ¿Reflexiona todas las semanas en cómo aplicarlos a su propia vida o compartirlos con su prójimo?

Prepare el corazón

Para obtener el pleno beneficio de la enseñanza que se imparte en las reuniones cristianas, es preciso preparar el corazón. La importancia de ello se destaca en la crónica del reinado de Jehosafat de Judá. Este valeroso defensor de la adoración verdadera “quitó de Judá los lugares altos y los postes sagrados” y encargó a los príncipes, levitas y sacerdotes que enseñaran la Ley al pueblo en todas las ciudades de la nación. Sin embargo, “los lugares altos mismos no desaparecieron” (2 Cró. 17:6-9; 20:33).

En estos centros paganos se adoraba a deidades falsas y se rendía culto ilícito a Jehová; tales ritos estaban tan arraigados que no pudieron eliminarse.

¿Por qué no tuvo un efecto perdurable el programa educativo de Jehosafat? La narración prosigue diciendo: “El pueblo mismo todavía no había preparado su corazón para el Dios de sus antepasados”. Los judíos oyeron las explicaciones, pero no actuaron en consecuencia. Tal vez les pareciera que viajar al templo de Jerusalén para ofrecer sacrificios era demasiada molestia. En cualquier caso, no los impulsaba la fe.

Si no queremos acabar en las sendas del mundo de Satanás, tenemos que preparar el corazón para asimilar la enseñanza que Jehová imparte hoy. ¿Cómo podemos hacerlo? Un factor importante es la oración. Pidámosle a Dios que nos conceda recibir con gratitud sus instrucciones (Sal. 27:4; 95:2).

Tal ruego nos permitirá valorar la labor de los hermanos que, aunque son imperfectos, se brindan para que Jehová los utilice en la educación de Su pueblo. Nos moverá a dar gracias al Creador, no solo por las nuevas verdades que aprendemos, sino también por la posibilidad de acrecentar nuestro aprecio por lo que ya hemos estudiado.

El deseo de cumplir toda la voluntad de Dios nos induce a rogarle: “Instrúyeme, oh Jehová, acerca de tu camino. [...] Unifica mi corazón para que tema tu nombre” (Sal. 86:11).
Concéntrese
Hay muchas cosas que pudieran impedirnos estar atentos. Quizá las preocupaciones nos agobien, los ruidos y movimientos dentro o fuera del lugar de reunión nos distraigan, o un malestar físico nos dificulte la concentración. Y los padres también tienen que atender a sus hijos pequeños.

¿Qué nos ayudará a mantenernos pendientes del programa?

Dado que la vista desempeña un papel decisivo, fije la mirada en el orador. Busque los pasajes bíblicos que este cite —incluso los más conocidos— y siga su lectura. Resista el impulso de girar la cabeza cada vez que se produzca un ruido o un movimiento. Si permite que sus ojos lo distraigan, se perderá buena parte de lo que se enseñe desde la plataforma.

Si hay “pensamientos inquietantes” que le dificultan la concentración, pídale a Jehová el sosiego necesario (Sal. 94:19; Fili. 4:6, 7). Insista una y otra vez si es preciso (Mat. 7:7, 8). Las reuniones de congregación son una dádiva de Jehová, así que puede estar seguro de que él desea que se beneficie de ellas (1 Juan 5:14, 15).

Al escuchar discursos

Es probable que recuerde algunos puntos especialmente interesantes de los discursos que ha oído. Sin embargo, no escuchamos una conferencia con el simple propósito de reunir algunas ideas sobresalientes. Un discurso es como un viaje: en el trayecto puede haber lugares atractivos, pero lo primordial es el destino, el objetivo. Del mismo modo, el orador trata de llevar a sus oyentes a cierta conclusión o inducirlos a actuar de alguna manera.

Examinemos el discurso que Josué dirigió a los israelitas, recogido en Josué 24:1-15. Su propósito era que se pusieran firmemente de parte de la adoración verdadera y se apartaran por completo de la idolatría de las naciones que los rodeaban.

¿Por qué era tan importante esta cuestión? Pues bien, el predominio de la religión falsa suponía una grave amenaza para el pueblo, pues podía llevarlo a perder el favor de Jehová.

Los israelitas respondieron al ruego de Josué con estas palabras: “Es inconcebible, por nuestra parte, dejar a Jehová para servir a otros dioses; nosotros serviremos a Jehová”. De hecho, así lo hicieron (Jos. 24:16, 18, 31).

Al escuchar un discurso, procure determinar cuál es el objetivo de este.
Piense en cómo contribuyen a él las ideas que expone el orador, y pregúntese qué acción requiere de usted lo que está oyendo.

Durante las sesiones de preguntas y respuestas

El Estudio de La Atalaya, el Estudio de Libro de Congregación y ciertas porciones de la Reunión de Servicio consisten en el análisis de alguna publicación cristiana por preguntas y respuestas.

Estas sesiones guardan cierto parecido con un diálogo, de modo que si escucha con atención, obtendrá el máximo provecho. Observe el rumbo que toman las ideas y cómo destaca el conductor el tema y los puntos principales.

Responda mentalmente a sus preguntas, y esté atento a las explicaciones y aplicaciones de los presentes, pues quizá le den un nuevo enfoque de un tema conocido. Asimismo, contribuya a que se produzca un intercambio de estímulo aportando sus propias expresiones de fe (Rom. 1:12).

La preparación le ayudará a participar y a seguir los comentarios de los demás. Si las circunstancias le impiden estudiar a fondo la información programada, aprovechará mejor la reunión si se toma al menos unos minutos para hacerse una idea general de lo que trata.

En las asambleas

En estas ocasiones es probable que las distracciones sean más frecuentes que en las reuniones de la congregación, así que prestar atención tal vez se haga aún más difícil. ¿Qué puede ayudarlo?

Es importante descansar lo suficiente por la noche. Antes de que empiece el programa, grabe en la memoria el tema del día, lea los títulos de los discursos e intente imaginar su contenido. Haga buen uso de la Biblia.
Numerosos asistentes han comprobado que tomando apuntes breves sobre las ideas clave se concentran mejor.

Anote lo que piense poner en práctica en su vida o en el ministerio. Asimismo, al desplazarse cada día a la asamblea y al volver de esta, converse sobre algunos de los puntos presentados. Seguir estos consejos lo ayudará a retener las ideas.

Enseñe a sus hijos a escuchar
Los cristianos ayudan a sus hijos —incluso a los más pequeños— a hacerse “sabios para la salvación” cuando los llevan a las reuniones de la congregación y a las asambleas (2 Tim. 3:15). Puesto que la actitud y la capacidad de concentración varían en cada caso, se requiere perspicacia para enseñarles a escuchar. Tal vez le resulten útiles las siguientes sugerencias.

Haga que sus hijos pequeños se sienten tranquilamente en casa durante períodos fijos y lean las publicaciones cristianas o miren sus ilustraciones.

En las reuniones, procure no entretenerlos con juguetes. La razón de que estén presentes es la misma hoy que en el antiguo Israel: “A fin de que escuchen y a fin de que aprendan” (Deu. 31:12).

Cuando resulta práctico, algunos padres facilitan a sus hijos, aun a los más pequeños, un ejemplar de las publicaciones que vayan a estudiarse. A medida que los niños crezcan, ayúdelos a prepararse para intervenir en las reuniones que requieren los comentarios del auditorio.

Las Escrituras revelan que existe una relación directa entre escuchar a Jehová y obedecerlo, como se desprende de las palabras de Moisés a la nación de Israel: “He puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la invocación de mal; y tienes que escoger la vida; amando a Jehová tu Dios, escuchando su voz y adhiriéndote a él” (Deu. 30:19, 20).

Hoy día es esencial que escuchemos lo que Jehová nos enseña y lo pongamos en práctica, pues solo así nos granjearemos su aprobación y la bendición de vivir eternamente. Para ello, es imprescindible que sigamos la exhortación de Jesús: “Presten atención a cómo escuchan” (Luc. 8:18).

PARA ESCUCHAR CON PROVECHO
  • Pídale a Jehová que le ayude a concentrarse en el programa
  • Fije la mirada en el orador
  • Siga en su Biblia los pasajes que se lean
  • Pregúntese cuál es el objetivo del discurso
  • Responda mentalmente a las preguntas formuladas; esté atento a los comentarios que se ofrezcan
  • Tome notas breves
  • Seleccione los puntos que piensa poner en práctica
Porción del libro "Benefíciese de la Escuela del Ministerio Teocrático" publicado por los testigos de Jehová, el cual puede descargar del siguiente enlace

lunes, 20 de enero de 2014

Cántico 19: Dios promete un Paraíso

Y él le dijo: “Verdaderamente te digo hoy: Estarás conmigo en el Paraíso”.
(Lucas 23:43)


Promete Dios un paraíso
de dicha y gran felicidad.
No reinará más el pecado,
la muerte ya no existirá.

La Tierra va muy pronto a ser
un gran jardín, un bello Edén.
Será Jesús quien cumplirá
la voluntad del Dios veraz.

“Conmigo en el Paraíso
tú estarás”, dijo el Señor
al criminal
arrepentido
que suplicó su compasión.

La Tierra va muy pronto a ser
un gran jardín, un bello Edén.
Será Jesús quien cumplirá
la voluntad del Dios veraz.

Hoy vemos ya el Paraíso
con ojos de radiante fe.
De corazón las gracias damos

a ti, Jehová, y a Cristo, el Rey.

(Véanse también Mat 5: 5, 6: 10 y Juan 5: 28 y 29) Se puede descargar el archivo en mp3, que es parte de Cantemos a Jehová (coro y orquesta) disco 3, Así como El libro de canticos. con las letras y partituras.

sábado, 18 de enero de 2014

La envidia: veneno que corroe

Napoleón Bonaparte, Julio César y Alejandro Magno tuvieron algo en común. Aunque los tres alcanzaron el poder y la gloria, permitieron que por sus venas corriera un veneno que los corroía por dentro: la envidia.

“Napoleón envidiaba a César, César envidiaba a Alejandro y Alejandro, me atrevería a decir, envidiaba a Hércules, que nunca existió”, escribió el filósofo británico Bertrand Russell. Está claro que cualquiera puede caer presa de la envidia, sin importar cuánto dinero, virtudes o éxito tenga en la vida.

La envidia es un sentimiento de tristeza o enojo por los bienes y privilegios de que otros disfrutan. ¿Establece la Biblia alguna diferencia entre los celos y la envidia? Una obra de consulta bíblica matiza que, en las Escrituras, a veces “la palabra celos se refiere al deseo de ser tan próspero como otra persona, mientras que envidia alude al deseo de arrebatarle lo que posee”.

De modo que, en cierto sentido, quien envidia a alguien no solo ansía lo que tiene, sino que además pretende quitárselo. Así pues, analicemos cómo nace la envidia y cuáles son sus consecuencias. Y, sobre todo, veamos qué medidas tomar para que este veneno nunca infecte nuestra vida.

UNA ACTITUD QUE AVIVA LAS LLAMAS DE LA ENVIDIA

Por ser imperfectos, todos tenemos “tendencia hacia la envidia”, pero hay varios factores que pueden avivar sus llamas (Sant. 4:5). El apóstol Pablo destacó uno de ellos en este consejo: “No nos hagamos egotistas, promoviendo competencias unos con otros, envidiándonos unos a otros” (Gál. 5:26). Como vemos, una actitud competitiva no hace más que empeorar nuestra inclinación innata a la envidia.

La Biblia contiene muchos ejemplos que nos sirven de advertencia (1 Cor. 10:11). No solo revelan cómo nace la envidia, sino también cómo envenena a quienes se dejan dominar por ella.

Comencemos con Caín, el primer hijo de Adán y Eva. Él se enfureció porque Jehová rechazó su sacrificio pero aceptó el de Abel. Y aunque estaba en sus manos remediar la situación, se dejó cegar por la envidia y acabó asesinando a su hermano (Gén. 4:4-8). Con razón afirma la Biblia que Caín “se originó del inicuo”, Satanás (1 Juan 3:12).

Hablemos ahora de los diez hermanos de José. Ellos lo envidiaban por la relación tan especial que lo unía a su padre. Y más lo odiaron cuando José les contó sus sueños proféticos. ¡Hasta quisieron matarlo! Al final, lo vendieron como esclavo y tuvieron la crueldad de decirle a su padre que su hijo había muerto (Gén. 37:4-11, 23-28, 31-33). Eso sí, años después reconocieron su pecado: “Somos culpables tocante a nuestro hermano, porque vimos la angustia de su alma cuando suplicaba de nosotros que tuviéramos compasión, pero no escuchamos” (Gén. 42:21; 50:15-19).

Otro caso es el de Coré, Datán y Abiram, quienes cayeron presa de la envidia al comparar sus privilegios con los de Moisés y Aarón. Llegaron a acusar a Moisés de querer hacerse “príncipe” y ponerse por encima de los demás (Núm. 16:13). Pero nada más lejos de la verdad (Núm. 11:14, 15). A Moisés lo había nombrado Jehová mismo, pero aquellos rebeldes codiciaban su puesto. Finalmente, la envidia los condujo a la destrucción a manos de Dios (Sal. 106:16, 17).

Por su parte, el rey Salomón comprobó que la envidia no conoce límites. Una mujer cuyo recién nacido había muerto intentó que otra madre creyera que el bebé fallecido era el suyo. Se celebró un juicio, y la malvada mujer llegó al extremo de aceptar la idea de asesinar al bebé vivo. No obstante, Salomón se encargó de que se lo devolvieran a su verdadera madre (1 Rey. 3:16-27).

Estos ejemplos bíblicos subrayan que la envidia solo conduce al desastre, al odio, a la injusticia e incluso al asesinato. Además, notemos que, en todos los casos, las víctimas no hicieron nada para merecer el trato recibido. ¿Qué podemos hacer para impedir que la envidia controle nuestra vida? ¿Hay algún antídoto para este veneno?

ANTÍDOTOS INFALIBLES
Sentir amor y cariño por los hermanos. El apóstol Pedro exhortó a los cristianos: “Ahora que ustedes han purificado sus almas por su obediencia a la verdad con el cariño fraternal sin hipocresía como resultado, ámense unos a otros intensamente desde el corazón” (1 Ped. 1:22).

¿Y cómo es el amor verdadero? El apóstol Pablo responde: “El amor es sufrido y bondadoso. El amor no es celoso, no se vanagloria, no se hincha, no se porta indecentemente, no busca sus propios intereses” (1 Cor. 13:4, 5). Sin duda, un sentimiento como ese contrarrestará cualquier tendencia a la envidia (1 Ped. 2:1). Jonatán dio un gran ejemplo a este respecto, pues en lugar de envidiar a David, optó por “amarlo como a su propia alma” (1 Sam. 18:1).

Relacionarse con personas espirituales. El compositor del Salmo 73 sintió envidia de los malvados que llevaban una vida de lujo y despreocupación. ¿Qué hizo para no dejarse vencer por esos pensamientos? “Entrar en el magnífico santuario de Dios.” (Sal. 73:3-5, 17.) Al relacionarse con otros siervos de Jehová, volvió a apreciar los beneficios de estar cerca de Dios (Sal. 73:28). Y lo mismo nos ocurrirá a nosotros si nunca dejamos de asistir a las reuniones cristianas con nuestros hermanos.

Hacer el bien.
Cuando Caín comenzó a cultivar odio y envidia, ¿qué le aconsejó Dios? “Hacer lo bueno.” (Gén. 4:7.) Este consejo también es útil para los cristianos. Jesús mandó: “Tienes que amar a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”. Y también: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo” (Mat. 22:37-39).

Cuando nuestra vida gira en torno a servir a Jehová y ayudar al prójimo, sentimos una satisfacción que elimina cualquier rescoldo de envidia que haya en nuestro interior. Si servimos a Dios y al prójimo participando cuanto podamos en nuestra labor de predicación y enseñanza, recibiremos “la bendición de Jehová” (Pro. 10:22).

Alegrarse “con los que se regocijan” (Rom. 12:15). Jesús celebró el éxito de sus discípulos y les aseguró que alcanzarían mayores logros que él en su predicación (Luc. 10:17, 21; Juan 14:12). Los siervos de Jehová somos un pueblo unido; cada éxito individual es una bendición para todos nosotros (1 Cor. 12:25, 26). Por eso, si a un cristiano se le asigna una nueva responsabilidad, ¿no deberíamos alegrarnos por él, en vez de tenerle envidia?

NO HAY QUE BAJAR LA GUARDIA


La lucha contra la envidia puede ser larga. No olvidemos que la envidia es una de las “obras de la carne” contra las que todo cristiano debe luchar (Gál. 5:19-21). Si resistimos sus embates, seremos más felices y agradaremos a Jehová, nuestro Padre celestial.

Artículo publicado en la revista "La Atalaya" del 15 de febrero del 2012. Puede ser de su interes el tema "¿Por qué la gente actúa tan mal?"