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jueves, 14 de noviembre de 2013

En busca de las causas de la muerte, hallé la vida (La historia de un patólogo)

“Tengo la esperanza de no morir jamás”, afirmó mi amigo. Esto provocó en mí una sonrisa de ironía. Pero a la vez me suscitó una intensa curiosidad. Conocía muy bien a mi amigo. Habíamos sido condiscípulos y él nunca me había dado motivos para pensar que él no estuviese cuerdo. Como patólogo, yo estaba familiarizado con la muerte y sus múltiples causas, pero nunca me había venido a la mente la idea de una vida interminable.

Terminada la conversación, él me obsequió dos libros: La verdad que lleva a vida eterna y ¿Es la Biblia realmente la Palabra de Dios? Aquél fue mi primer contacto con el mensaje de la Biblia que predican los testigos de Jehová. Aquellos dos libros iban a significar un gran cambio en mi vida, y hasta una nueva orientación en mi labor de investigador médico.

Había dedicado muchos años a la investigación oncológica... el estudio de tumores. Como patólogo, me interesaba en el origen de las enfermedades y sus causas. Estaba diariamente ante las dos constantes... la vida y la muerte. Me fascinaban el milagro de la vida y el misterio de la muerte. Y ahora, inesperadamente, había oído a alguien afirmar que tal vez nunca moriría, puesto que esperaba que el Reino de Dios viniera durante su vida. (Mateo 6:9, 10.)

Mi carrera en la medicina

Había crecido en un hogar de poco fervor religioso. Mi padre, hombre inteligente y consumado lector, había llegado a conocer lo suficiente acerca de los líderes religiosos católicos de España como para no sentir el más mínimo deseo de inculcarnos las ideas de ellos. En aquellos días la enseñanza religiosa católica era obligatoria en las escuelas. Cuando llegué a la edad de 15 años y empecé a razonar sobre la doctrina católica, decidí apartarme de la iglesia.

En un tiempo estaba pensando en una carrera militar, pero a fines de mis estudios de bachillerato (escuela secundaria) la elección había llegado a estar entre la ingeniería y la medicina. Había leído mucho sobre médicos, y a menudo había oído a mi padre hablar favorablemente de prominentes médicos españoles, como Santiago Ramón y Cajal, ganador del premio Nóbel de medicina. Así que finalmente escogí la fascinante ciencia de la medicina.

Un teólogo católico trata de convertirme

Con el paso del tiempo llegué a ser más intransigente en mi oposición al catolicismo, hasta el punto de hacerme agnóstico. Constantemente argüía en contra de doctrinas como la Trinidad, el infierno, y la infalibilidad del papa.

Un día, durante una discusión con varios amigos en la Biblioteca Nacional de Madrid, uno de ellos me invitó a conocer a un teólogo católico de renombre que, según se me dijo, podría aclarar mis dudas y refutar mis argumentos. Acepté el desafío, y aquel mismo día fuimos de visita a la casa del clérigo.

Cuando llegamos él fue muy amable y dijo que tenía la tarde libre para atendernos. Que estaría muy complacido en ayudarme a volver a la Iglesia Católica. Después de media hora de argumento y “contraargumento”, ¡él repentinamente recordó que tenía una cita! Mi amigo se desilusionó al ver a su teólogo echarse atrás.

Yo no podía aceptar verdades a medias, adornadas por una falsa filosofía humana que a veces se atrevía a “despersonalizar” a Dios como parte de una Trinidad y presentarlo como
un cruel y malévolo diseñador de los tormentos del infierno, donde se retenía a la gente para siempre. No podía aceptar a un Dios así.

Me fascina la investigación médica
Pasaron los años rápidamente y obtuve el título de médico. Me especialicé en medicina interna y ejercía mi carrera con entusiasmo. Quería ayudar a las personas enfermas. Un día recibí una llamada para que atendiera a una jovencita que padecía de leucemia. Este caso me afectó grandemente... pensar que pronto ella tendría que morir. Llegó a obsesionarme el estudio de esta terrible enfermedad, que da fin prematuro a muchísimas vidas.

Cuando llegué a casa aquel día, entré en mi despacho, tomé todos los libros y publicaciones que trataban el tema, y comencé a estudiar intensamente. Quería descubrir la raíz y causa de la enfermedad, y, con ello, la cura. Estudié toda la noche.

Al llegar la madrugada estaba muy excitado porque había elaborado toda una teoría sobre las posibles causas de la leucemia. Estaba resuelto a publicar mi teoría. Pero recordé un consejo de Santiago Ramón y Cajal: Una cosa es teorizar; otra, demostrar la teoría. No bastaba con solo la teoría. Necesitaba hacer investigación experimental que la probara cierta. ¿Cuál fue el resultado final? Decidí dedicar mi vida a la investigación médica. Así que resolví especializarme en la oncología, la anatomía patológica, y otras ramas de la patología.

Hice progresos en mi investigación hasta el punto en que se me pidió que aplicara los resultados de mis experimentos con animales a personas enfermas de cáncer. Me negué a hacerlo, ya que solamente había experimentado con un tipo de tumor. Primero quería experimentar con otro tipo que también conocía bien. Estaba convencido de que cada tipo de tumor requiere una inmunización específica.

Estaba ocupado con mis experimentos y disfrutando de los beneficios de becas anuales de una asociación española contra el cáncer y de la Organización Mundial de la Salud. Entonces ocurrió algo totalmente inesperado. Se me comunicó que, para seguir recibiendo tales becas, tendría que entregar los resultados de mi investigación a otra unidad de investigación, la cual no estaba bajo mi supervisión. Yo no estaba dispuesto a seguir esta norma. Debido a tal política médica, tuve que descontinuar mi labor investigadora.

Un nuevo campo de investigación

Ésas eran mis circunstancias cuando me encontré por primera vez con mi amigo Testigo. Poco antes mi esposa y yo habíamos obtenido una Biblia, y yo había leído parte del “Nuevo Testamento”. Mi interés en temas espirituales había renacido. Aquella noche comencé a leer el libro La verdad que lleva a vida eterna.

Estaba amaneciendo cuando —después de una lectura sosegada, profunda, y a la vez excitante— llegué casi al final del libro. Tenía que dormir un poco. Pero primero, con gran gozo, respeto, y profunda emoción, me dirigí a Dios en oración. Le expresé mi gratitud por todo lo que había aprendido aquella noche acerca de él no solo como Creador, sino también como Dios vivo con las maravillosas cualidades del amor, la sabiduría, la justicia y el poder. Éste era un Dios a quien yo podía respetar y adorar.

Leí ese libro y ¿Es la Biblia realmente la Palabra de Dios? en dos días. Al día siguiente llamé por teléfono para que los Testigos me trajeran otros libros que se anunciaban. Ellos me los trajeron pronto, junto con un libro que versaba sobre la evolución. Los devoré y llegué a la conclusión de que solo los testigos de Jehová tenían la verdad en cuanto a la adoración y el servicio al Dios verdadero, Jehová. Nunca antes había leído nada semejante en materia religiosa... esto era el extracto de la sencillez y la claridad.

Puesto que estaba acostumbrado a leer tratados científicos que tenían extensas bibliografías, me impresionó la norma de los Testigos. ¡En la publicación de ellos titulada ¿Llegó a existir el hombre por evolución, o por creación? había una lista de 248 citas bibliográficas! Era patente que se había efectuado mucha investigación para preparar el libro.

Hablé con mi esposa acerca de mis conclusiones respecto a la Biblia y los Testigos. Ella entonces leyó por sí misma el libro La verdad y estuvo de acuerdo en unirse a mí para un estudio sistemático de la Biblia con los Testigos. Utilizábamos dos Biblias, la versión Nácar-Colunga, católica, y la Traducción del Nuevo Mundo, de los Testigos. En cierta ocasión recibíamos tres estudios semanales. Pronto comenzamos a asistir a las reuniones en un Salón del Reino localizado en Madrid.

Mientras más estudiaba la Biblia, más me daba cuenta de que la medicina nunca iba a tener la verdadera solución a los problemas del hombre. Puede que lográramos algún progreso contra ciertas enfermedades, pero, como médico, siempre me encaraba a lo inalcanzable: doblegar la muerte. Ninguna rama de la medicina podría pronunciar las enérgicas palabras que se hallan en la Biblia: “La muerte es tragada para siempre” y “la muerte no será más”. Solo Dios, ‘para quien es imposible mentir’, puede garantizar el cumplimiento de esta esperanza, que mucha gente anhela. (1 Corintios 15:54; Revelación 21:4; Hebreos 6:18.)

Con un punto de vista diferente, decidí dejar la investigación oncológica y aceptar la plaza de Jefe de Servicio de Anatomía Patológica en la ciudad de Orense, al noroeste de España. En comparación con la labor investigadora, esta plaza parecía como una pérdida de prestigio en el mundo médico. Pero otro factor que influyó en mi decisión fue que me enteré de que la congregación de Orense de los testigos de Jehová necesitaba ayuda. Más tarde nos bautizamos como testigos cristianos de Jehová el 29 de mayo de 1971, en Orense.

Testifico a una reina


Desde entonces he tenido muchos privilegios en relación con la congregación. He servido de anciano por varios años y también he sido responsable de dirigir el departamento de Primeros Auxilios en muchas asambleas de circuito, distrito e internacionales. Como médico y patólogo, he defendido —por la radio, la televisión y la prensa— la posición de los testigos de Jehová contra el uso de transfusiones sanguíneas. Nuestras razones bíblicas están bien fundadas, y hay cada vez más evidencia en el mundo de la medicina para tener restricciones en este campo. (Génesis 9:4; Levítico 17:14; Hechos 15:28, 29.)

En 1978 recibí una invitación para dar un discurso sobre “La sangre, la medicina y la ley de Dios” en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. En este mismo lugar, nueve años antes yo había pronunciado un discurso sobre la investigación oncológica. ¡Qué contraste! Ahora tenía un auditorio de médicos y clérigos, junto con la reina Sofía de España, quien asistió como estudiante de humanidades. Se suponía que el discurso durara una hora.

En realidad, la consideración se extendió por casi tres horas. Pude contestar muchas preguntas, y al final la reina Sofía me felicitó con gran gentileza. Yo estaba alegre de que había podido dar testimonio para la alabanza de Jehová.

Ahora, cuando me asomo al microscopio para investigar las causas de las enfermedades y la muerte, me siento impulsado también a alabar a Jehová Dios por la maravillosa complejidad del mundo microscópico. El milagro de la vida sigue siendo una fuente de fascinación y asombro, y el enigma de la muerte tiene ahora respuestas concretas... la muerte es el salario que el pecado paga. (Romanos 6:23.)

En mi estudio de la Biblia he descubierto que la verdadera esperanza para los muertos es la resurrección que Jesús enseñó. Él mismo dijo: “No se maravillen de esto, porque viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán”. (Juan 5:28, 29.)

Estoy profundamente agradecido a Jehová por el conocimiento de la verdad que me ha dado, por saber que pronto la humanidad obediente disfrutará de salud y vida. Como médico y patólogo, quedaré sin trabajo, pues entonces nadie dirá: “Estoy enfermo”; hasta “la muerte no será más” (Isaías 33:24; Revelación 21:3, 4). Pero me alegraré de perder esa clase de trabajo. ¡Así, como el amigo a quien mencioné en la introducción de esta historia, yo, también, tengo ahora la esperanza de no morir jamás!

—Según lo relató el doctor Salvador González.

El origen de la vida: Cinco cuestiones dignas de análisis

Relato aparecido en la revista ¡Despertad! con fecha 22 de enero de 1985, publicada por los Testigos de Jehová;
El siguiente folleto puede ser de su interes: "El origen de la vida: Cinco cuestiones dignas de análisis"

Who wants to live forever? (Performed by Sarah Brightman)


There's no time for us
There's no place for us
What is this thing that builds our dreams yet slips away
from us

Who wants to live forever
Who wants to live forever....?

There's no chance for us
It's all decided for us
This world has only one sweet moment set aside for us

Who wants to live forever
Who wants to live forever?

Who dares to love forever?
When love must die

But touch my tears with your lips
Touch my world with your fingertips
And we can have forever
And we can love forever
Forever is our today

Who wants to live forever
Who wants to live forever?
Forever is our today

Who waits forever anyway?


¿Quién quiere vivir para siempre?

No hay tiempo para nosotros.
No hay lugar para nosotros.
¿Qué construye nuestros sueños,
Y se escapa de nosotros?

¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién quiere vivir para siempre?

No hay oportunidad para nosotros.
Todo está decidido para nosotros.
Este mundo tiene sólo un dulce momento a lo lejos para nosotros.

¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién se atreve a vivir para siempre,
Cuando el amor debe morir?

Entonces, toca mis lágrimas con tus labios.
Toca nuestro mundo con la punta de tus dedos.
Y podemos tenernos por siempre.
Y podemos amarnos para siempre.
Nuestro presente es para siempre.

¿Quién quiere vivir para siempre?
¿Quién quiere vivir para siempre?
Nuestro ahora es para siempre.

¿Quién esperaria para siempre?

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Aguanté casi 30 años de guerra (2a Parte)


Según lo relató Nguyen Thi Huong

La guerra civil


Después que Vietnam se independizó de Francia, otra vez fue dividido nuestro país. Esto dio a las superpotencias otra oportunidad de intervenir de nuevo, y así comenzó una guerra entre el norte y el sur del país que duró unos 20 años, hasta abril de 1975. Con los adelantos en la tecnología respecto a la capacidad para guerrear de las superpotencias que intervenían, la destrucción fue más allá de toda comprensión humana.

Casi todos los días morían miles de soldados y civiles... en los arrozales, mientras trabajaban, en el mercado, en la escuela, mientras dormían. En los escondites, los niños estaban condenados a morir de inanición en los brazos de su madre. Murieron unos dos millones de combatientes vietnamitas, al igual que una cantidad innumerable de civiles. Si los cuerpos se hubieran amontonado, habrían alcanzado las cumbres de las montañas. Otros millones fueron heridos y mutilados. Unos diez millones de sudvietnamitas, o aproximadamente la mitad de la población, llegaron a ser refugiados debido a la guerra.

Mis hijos crecieron y fueron obligados a prestar servicio militar para guerrear contra sus hermanos del norte. Durante las noches de desvelo, cuando se podía escuchar el eco del rugir de los cañones tan lejos como en la ciudad, mi corazón se afligía y yo oraba por la paz de mi país y por la protección de mis hijos.

En 1974, cuando la guerra se acercaba a su fin, uno de mis hijos y unos cien compañeros de tropa fueron rodeados y obligados a vivir bajo tierra por tres meses. Solo cinco de ellos sobrevivieron, incluyendo a mi hijo. Después de servir durante cinco años como combatientes, mis tres hijos regresaron vivos y en buenas condiciones. Mi hija también sobrevivió a los combates. Cuando la guerra terminó, los comunistas del norte habían obtenido una victoria total sobre el sur.

Bajo un régimen comunista

Entonces vino la venganza de los comunistas en contra de los que sirvieron al gobierno del sur. Estos, de acuerdo con los comunistas, eran responsables por los casi 20 años de guerra entre el norte y el sur. Un millón de personas fueron puestas en prisiones.

Estas prisiones fueron construidas en los bosques por los mismos prisioneros, a quienes se sometía a los tratos más crueles. Muchos murieron por falta de alimento y medicamentos, y especialmente por el trabajo excesivo. Se les daba solo una pequeña ración de arroz a la semana, con un pedacito de carne. Y el trabajo que se les asignaba era más del que podían efectuar.

Si no habían completado el trabajo que se les asignaba, los prisioneros tenían que quedarse hasta que lo terminaran. A veces sus áreas de trabajo estaban a unos ocho kilómetros (5 millas) del campamento. De modo que era muy tarde cuando regresaban. Dormían solo por unas cuantas horas y luego tenían que volver a trabajar el día siguiente. A medida que pasaba el tiempo, la salud de ellos empeoraba y muchos morían. Muchos otros se suicidaron. Mis hijos experimentaron las mismas penalidades.

Puesto que el gobierno comunista no podía satisfacer las necesidades de un millón de prisioneros, so pretexto de humanitarismo, se permitió que los parientes visitaran a los prisioneros una vez al mes y que les llevaran alimento.

Nosotros, los padres, las esposas, y los hijos de los prisioneros, hacíamos lo que el gobierno comunista esperaba que hiciéramos, darle las gracias por permitir que alimentáramos a nuestros parientes encarcelados y así prolongarles la vida. Con un millón de hombres en prisión, unos cinco millones de personas fueron afectadas directamente.

Renuncié a mi trabajo para cuidar de mis hijos, y mi hija me ayudaba. A los muchachos se les transfería constantemente de un campamento a otro... cada vez más lejos. De manera que por todo medio de transportación —a pie, en automóvil, en sampán— todos los meses yo llevaba al campamento unos 15 kilogramos (33 libras) de comida seca. Muchas veces tuve que caminar por el lodo o por carreteras resbalosas para llevar el alimento.

Cuando llegaba al campamento, podía ver a mis hijos por tan solo dos horas. No hablábamos mucho. Apenas podíamos hablar debido a la aflicción que nos embargaba. Teníamos que contener las lágrimas. La mala apariencia física de ellos reflejaba las penalidades que estaban sufriendo. A pesar de nuestros esfuerzos, siempre estaban hambrientos, pues compartían su alimento con aquellos cuyos parientes habían muerto, habían huido del país o eran demasiado pobres para traerles algo de comer.

Por más de 30 meses llevé alimento a mis hijos, y muchas otras personas hicieron lo mismo por los suyos. Nos parecíamos a una gran muchedumbre de mendigos con ropa sucia, grandes cestas en las manos y sombreros grandes hechos de hojas de palma que casi nos cubrían la cara.

Bajo el calor y la lluvia, esperábamos en estaciones de autobús y paradas de botes. Vendí todas mis posesiones, incluso nuestra propiedad, para poder comprar alimento. En la pobreza extrema, clamé a Dios para que salvara a mis hijos de aquel infierno. Finalmente, después de casi tres años, fueron puestos en libertad.

El precio de la libertad


AUNQUE mis hijos habían quedado en libertad del campo de concentración, todavía eran prisioneros dentro de los límites de la aldea. No teníamos futuro en Vietnam. Por eso, después de unos meses, en mayo de 1978, dos de mis hijos, mi hija y yo escapamos. Puesto que nuestro hogar quedaba bastante alejado del mar, cruzamos el río en una embarcación pequeña, temerosos durante todo el trayecto de que una patrulla comunista nos detuviera y fuéramos encarcelados.

Finalmente, de noche nos hicimos mar adentro —éramos 53, y la mayoría consistía en mujeres y niños— todos nosotros en una embarcación pequeña y atestada, construida para navegar en ríos. Tenía motor, pero la dirigían por medio de un timón. Íbamos hacia el sur rumbo a Malaysia, a más de 640 kilómetros (400 millas) de distancia.

Una brisa suave ondulaba la superficie del mar y nos refrescaba, mientras la Luna llena, en todo su esplendor, alumbraba nuestra ruta. Rebosando de alegría por haber logrado escapar, nos pusimos a cantar.

Durante los siguientes dos días, el mar estuvo relativamente tranquilo, y avanzamos a buen paso. El tercer día fue el más hermoso, pues el mar estaba perfectamente tranquilo, como un espejo gigantesco. Echamos ancla, y pasamos un rato aseándonos en el mar. Pero nuestra actividad atrajo a una gran cantidad de tiburones, y, puesto que podían causar una avería a nuestra embarcación por ser esta muy pequeña, levamos ancla y partimos.

Esperábamos encontrar un barco extranjero en la ruta internacional y quizás ser invitados a subir a bordo, o por lo menos recibir comida y agua. Entonces, aproximadamente a las diez de la mañana, nuestros hombres divisaron un barco grande.

El corazón nos comenzó a latir más rápidamente, pues esperábamos que se nos ayudara y, tal vez, se nos salvara.

Pero, a medida que la embarcación se acercaba, nos dimos cuenta de que era lo que más habíamos temido... ¡un barco de piratas tailandeses! Habíamos oído acerca de cómo atacaban a los refugiados indefensos que huían de nuestro país y cómo violaban despiadadamente a las mujeres.


En manos de los piratas


Los piratas esperaron en la cubierta con cuchillos en la mano y con el rostro pintado para parecerse a diferentes animales grotescos. Aterrorizados, empujamos a las mujeres jóvenes en el compartimiento del frente de la embarcación y lo cerramos con barricadas justamente a tiempo. Los piratas saltaron a nuestra embarcación y, como un viento impetuoso, se apoderaron de todo lo que quisieron... cadenas de oro, brazaletes y aretes. Se apropiaron de nuestro equipaje y registraron nuestros bolsos en busca de oro y plata.

Arrojaron al mar todo lo que no querían, incluso ropa, y la leche y harina para los niños. Entonces, tan súbitamente como llegaron se fueron, dejándonos pasmados.

El jefe de los piratas, hombre alto y corpulento, que no tenía ni un solo pelo en la cabeza, llevaba alrededor del cuello una cadena de la cual colgaba un cráneo que le llegaba hasta la cintura. Con el rostro hacia el cielo, se reía estrepitosamente, alegre de los resultados de su piratería. Entonces hizo una señal con la mano para que liberaran nuestra embarcación.

Seguimos nuestro trayecto, pero, después de solo aproximadamente una hora, una tormenta empezó a levantar enormes olas, las cuales eran más grandes que la embarcación misma. Estas nos lanzaban despiadadamente de un lado a otro. Dentro de poco casi todos se marearon y el interior del bote se llenó de vómito baboso. Al notar que mi sobrinita, a quien tenía en los brazos, había dejado de respirar, grité. Pero utilizando la resucitación de boca a boca, pude revivirla.

Después, la embarcación empezó a avanzar más suavemente. Mi hijo había cambiado de rumbo para que la embarcación navegara a favor del viento y las olas. ¡Pero aquel viraje nos hizo ir en dirección del barco de los piratas!

Efectivamente, con el tiempo, lo avistamos. Al vernos, los piratas levaron anclas y vinieron hacia nosotros. Los aterrorizados pasajeros de nuestra embarcación vociferaron acusaciones contra mi hijo. Pero, como él explicó más tarde: “Aquella era la única manera de salvar la embarcación y a los pasajeros”.

Felizmente, los ojos del jefe de los piratas reflejaban ahora cierta compasión. Nos hizo señal de que nos acercáramos, y tiró una cuerda para que pudiéramos atar nuestra embarcación a su barco. Pero la tormenta era tan violenta que nuestros pasajeros ya no podían aguantar más. En ese momento, uno de los piratas pasó a nuestra pequeña embarcación y nos ofreció refugio. Así, uno por uno, se nos ayudó a los 53 pasajeros a pasar al barco pirata, que era mucho más grande que nuestro bote.

Caía la tarde y otra señora y yo preparamos una cena con el arroz y el pescado que los piratas nos habían dado. Después, me senté en un rincón con mi sobrinita en los brazos, la cual ya estaba sintiéndose mejor. La tormenta había disminuido, pero soplaba un viento frío, y lo único que yo tenía era un suéter, con el cual abrigué a mi sobrina. Yo temblaba de frío.

Uno de los hombres, a quien por respeto yo llamaba “pescador”, se mostró amigable conmigo. Dijo que, cuando me veía, yo le recordaba a su madre. Ella y yo éramos más o menos de la misma edad. Amaba a su madre y le entristecía que siempre estaba tan lejos de ella.

Entonces me preguntó si tenía dónde pasar la noche y, sin esperar una respuesta, dijo que yo podía dormir arriba en la cubierta. Tomó en brazos a mi sobrina, y yo le seguí, pero me preocupaba el estar aislada de los demás, que estaban abajo. No olvidé que aquel hombre, aunque se mostraba amable conmigo, era realmente un pirata.

Desde arriba, nuestra embarcación se veía muy pequeñita en comparación con el barco. Suspiré. ¿Cómo podíamos recorrer más de 640 kilómetros (400 millas) de océano en aquella embarcación a no ser con la ayuda de Dios? Percibí nuestra insignificancia en comparación con la grandeza y la eternidad del universo. “¡Oh, Dios —oré—, si nos proporcionaste este barco para salvarnos de la tormenta, por favor, vuelve a protegernos del daño que puedan causarnos los piratas!”

El pirata me condujo a un compartimiento grande y me devolvió mi sobrinita. Pero yo temía estar a solas, y cuando él se fue, regresé abajo y llevé conmigo a otras siete personas para que se quedaran en el compartimiento conmigo.

Durante la noche, me despertaron unos gritos y lamentos provenientes de abajo. Aterrorizada, desperté a los que estaban conmigo, y aunque solo eran aproximadamente las dos de la madrugada, decidimos bajar a investigar lo que había sucedido.

Todos estaban despiertos. Algunas de las mujeres lloraban, y les temblaban los hombros por sus sollozos. Los hombres estaban reunidos en la parte de atrás, cerca de la cocina. Nos enteramos de que uno de los piratas había peleado con uno de los hombres y luego había violado a la esposa de este. Pedí permiso para preparar algo de alimento, y todos comimos un poco. Al amanecer, el jefe de los piratas nos dejó ir, y proseguimos hacia Malaysia.


Experiencia relatada en la revista ¡Despertad! del 22 de octubre de 1985, publicada por los Testigos de Jehová. Pueden descargarse los numeros mas recientes del siguiente enlace